TQ

TE QUIERO

AMOR, tan fácil de pronunciar como difícil de definir y comprender. Si nos paramos a analizar la palabra en sí desde una perspectiva etimológica, podemos ver que es un término que proviene del latín relacionado con la raíz indoeuropea “amma-”, cuya traducción alude a la ‘llamada de la madre’. Por otro lado, dirigiéndonos esta vez a su definición actual según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, podemos ver que existe una gran variedad de acepciones dependiendo del contexto en el que se aplique el término.

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Ahora bien ¿a qué se refiere una persona en un momento determinado cuando dice las palabras mágicas “te quiero”?, es más ¿cómo se interpretan realmente esas palabras por la persona que las recibe?

MOMENTO VACÍO

Estamos más que acostumbrados a oír, en el ámbito familiar o educativo, expresiones relativas al amor como, “te quiero mucho”, “eres lo que más quiero en este mundo” o “¿cuánto me quieres tú a mí?”, y sin embargo ese derroche de palabras no cubre las necesidades afectivas de los niños hoy en día. Esto nos lleva a pensar que quizás con el mero hecho de decirlo no sea suficiente, pues están tan acostumbrados a oírlo que llega a perder su verdadero valor, en especial cuando tras semejante confesión solo queda un momento vacío.

Es cierto que la sociedad ha cambiado y, con ella las posibilidades de atender las necesidades de los niños, aunque el verdadero problema surge en el momento en el que se confunde la necesidad con el deseo, pues cada vez hay mayor tendencia a pensar que la mejor manera de demostrar el amor es a través de objetos ya que es lo único que nos podemos permitir. Esto se debe a que se prima lo material sobre lo sentimental haciéndonos perder demasiado tiempo en el trabajo, permitiendo o viéndonos obligados a que otras personas desempeñen esa labor que habría de pertenecer en su mayor parte al núcleo familiar para, al fin y al cabo, ganar un dinero que posteriormente será transformado en esa videoconsola último modelo o en ese teléfono móvil de alta gama. La cuestión es que a los hijos no les falte de nada, sin embargo olvidamos que lo único que logramos es un amor dosificado y perecedero que durará, con suerte, el tiempo que tarde el niño en acostumbrarse a ver sobre la mesa su nueva adquisición.

NECESIDAD ≠ DESEO

AMOR PERECEDERO

Augusto Cury, explica en su libro Padres brillantes, maestros fascinantes, que

“Los buenos padres dan regalos,

los padres brillantes ofrecen su propio ser”

Con esto, lo que pretende desatacar es que la buena educación no se logra a través de evitar frustraciones a los niños haciendo que consigan todo lo que deseen casi por arte de magia, sino que se ha de centrar en otros aspectos como son: el desarrollo de su autoestima, la protección de sus emociones y, por supuesto, el hecho de trabajar con ellos la capacidad de asumir y afrontar pérdidas y frustraciones a través del diálogo, la escucha y nuestras propias experiencias que algún día serán las suyas, ya que en esencia educar no es sino aprender el uno del mundo del otro.

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Muchos piensan que los niños de hoy en día no se conforman con nada. No nos equivoquemos, pretendemos crear pequeños Einstein estructurando cada minuto de sus vidas en horarios encasillados en los que, gracias a unas clases deberían desarrollar todas sus destrezas al máximo ¿es normal exigir a un niño una rutina más exigente que la de un adulto? ¿en verdad pretendemos que disfruten de algo cuando ni siquiera tienen la posibilidad de decidir?. Realmente creemos que es necesario, pues el día de mañana habrán de ser los mejores en su campo si quieren ser alguien en la vida.

LO QUE REALMENTE LES APASIONA

No se nos puede culpar, la sociedad nos obliga a asumir una perspectiva laboral basada en la competitividad, pero no hemos de olvidar que todavía son niños, y desde luego la forma más potente de desarrollar una destreza es a través de la pasión, pero para llegar a eso primero han de ser felices. El problema es que para lograr esa excelencia estamos sobre-estimulando a los niños a muy temprana edad con clases de inglés, música, ballet… por no hablar de los juegos educativos, las aplicaciones didácticas de los teléfonos móviles o los dibujos animados que enseñan vocabulario en siete idiomas diferentes.

Educar no es sino

aprender el uno del mundo del otro

Sin embargo, rara es la ocasión en la que los niños eligen alguna de estas actividades, por lo que lo único que se consigue es el efecto contrario a lo deseado aunque la intención sea buena. Es al niño al que se le debería erizar la piel cuando toca el piano, no a sus padres o vecinos al verlo. No se trata de alimentar el orgullo de los adultos a través de los hijos, sino la felicidad del niño haciendo de su tiempo un tiempo de calidad ya sea en casa, en la calle o en la escuela, en donde se han de sentir libres, relajados y con ganas de experimentar aquello que les gusta y lo que no, de esta manera algún día tendrán el criterio de decidir qué es lo que realmente les apasiona.

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Por eso padres, madres, tíos, maestros… referentes de los niños, si queremos realizar un verdadero acto de amor, deberíamos dejar de buscar objetos materiales que acompañen un “te quiero” y abogar por brindarles una educación que les permita crecer felices y amando aquello que hacen. Nuestro orgullo vendrá después, pues serán excelentes en su campo ya que trabajarán con pasión.

¿Imagináis lo que podría suponer eso

el día de mañana en nuestra sociedad?

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Maestra y psicopedagoga enamorada de la educación. Actualmente desarrollo mi labor docente en los ámbitos de la Pedagogía Terapéutica y la Educación Primaria, donde coordino el proyecto: "El blog de los retomáticos" dentro del área de las matemáticas.