Creo que la gente que desea un mundo estable, donde la ley lo prevea todo y no haya motivos de discordia ni protesta, se equivoca. Debería pedirle a Dios otro mundo. En éste, la estabilidad corresponde a muerte, y ni siquiera a la muerte del ser vivo, que sigue siendo fuente de lucha por el orden mientras él se desordena.

El ser vivo existe haciendo y reaciendo un orden que no es natural, que tiende a disiparse. Cada niño que nace supone una nueva lucha por reequilibrar el orden inestable de una família, de una sociedad, de un mundo vivo, consume recursos que aceleran el desorden global.

El conservadurismo es un esfuerzo sin recompensa, un lamento por lo que no podrá ser. Quien sepa algo de ciencia ve claramente que la termodinámica (eso de que todo se disipa y tiende al desorden) se mete también en la sociedad a niveles muy profundos.

Ser progresista consiste en maniobrar siempre por hacer soportable el desequilibrio. Incluso convertirlo en algo divertido.

ECOSISTEMAS INTERCONECTADOS

Los humanos hemos llegado a una nueva etapa en la creación de orden. Ya no mantenemos individuos, familias o progenies, mantenemos ecosistemas novísimos y construídos voluntariamente que hoy están interconectados en todo el mundo. Los científicos que se entretienen en mostrarnos el fin de la humanidad, con esas raíces arbóreas invadiendo ventanas de rascacielos, nos enseñan lo frágil que es todo ello.

Aún así, el superorganismo que podría llamarse Economía Global es resistente porque es una red tupida sin importantes centros reconocibles. Pero frágil en cuanto, a pesar de todo, concentra cosas.

¿Qué pasaría si se destruyese Wall Street, o la City?

¿Es inevitable concentrar cosas?

Hasta el espíritu concentramos.

La moral y los valores también tienen centros (el Vaticano, la Meca, las instituciones académicas y de filosofía…).

Y la escuela es la principal red de renovación de la civiliación después de la familia. Una especie más intelligente que la nuestra le dedicaría no un 6 % del presupuesto, sino tal vez el 20 %, algo proporcional al tiempo que dedicamos a la formación inicial en las sociedades modernas.

Eso tal vez detraería recursos de la producción enloquecida que tenemos y distribuiría mejor los valores y las fortalezas del espíritu entre toda la población. Tal vez haría una sociedad menos rica en su fachada, pero mucho más sólida en la base. Con unos individuos que supieran mejor lo que realmente necesitan.

¿Qué queda en un edificio escolar cuando deja de funcionar?

¿Algo más que paredes y muebles?

¿Unos instrumentos dispersos y algunas colecciones abandonadas de libros curiosamente repetidos?

¿Cuanto más una pequeña biblioteca con libros generales que apenas dan cuenta de la actividad que allí dentro se realizaba?

Cuando lo que debería quedar es un mundo en miniatura, con espacios que seguirían mostrando lo que preocupaba en todos los días lectivos que allí se vivían, restos de los proyectos y de la imaginación que allí se fraguaron.

Los libros que se iban comprando, no cada septiembre y que los alumnos se llevaban a casa o no, sino los libros que se adquirían constantemente mientras las mentes escolares funcionaban descifrando los misterios de la civilización.

NODO DE CIVILIZACIÓN

Un edificio escolar debería ser un santuario donde, después de un apocalipsis, cada comunidad local pudiera empezar a recuperar la civilización que tal vez se apagó momentáneamente. Un lugar donde se reconstruyen tecnologías, se discuten problemas sociales y se refinan valores.

Una escuela fuerte y activa es un nodo potente de civilización. Contribuye a que los centros del mundo se distribuyan. Un animal no humano aprende todo lo que necesita para vivir en pocos días. Lo que hemos creado nosotros ya está requiriendo toda una vida de aprendizaje.

Es cierto que siempre habrá proyectos que requieran concentración. Pero lo fundamental, lo que nos permite vivir, al menos en el suelo, debe estar muy distribuido. Saberes y valores concentrados, incluso en centros universitarios o en grandes instituciones, están ya demasiado concentrados y son frágiles.

Por eso, no puede ser que la escuela tenga que adaptarse a la universidad sino al revés. Todo lo que la universidad descubra y establezca, ha de llegar y conservarse en las escuelas cuanto antes. Medien los mismos investigadores o los editores y lo faciliten las administraciones y las sociedades.

Y eso no lo logran los sistemas burocráticos de los que el libro de texto escolar (no profesional) es sólo una expresión.