Sabemos que la universidad española tiene muchos defectos históricos que hay que resolver: el corporativismo, la mediocridad de unos currículos y prácticas educativas, la falta de apertura social, la carencia de sinergia con las empresas que podrían dinamizarla. Todos estos defectos se han visto reflejados en las diferentes evaluaciones internacionales. Lo sabemos.

Pero la existencia de unos problemas crónicos, no puede ser la ocasión para una política universitaria tremendista y cerrada al diálogo. Hay dos errores que deberíamos evitar: creer que hay una solución inmediata y mágica que hay que imponer, más allá de todo diálogo, la actual política universitaria va en este camino; creer que no debe cambiarse nuestra universidad, el inmovilismo por respuesta.

Hay otra universidad posible: una universidad de investigación y sinergia social y empresarial; una universidad que se globaliza, frente a toda tentación localista y corporativa: la excelencia de profesorado es la consecuencia; una universidad que adopta una cultura de evaluación continua, eficaz y de doble dimensión, interna y externa. Si es posible, hay que intentarlo. El pesimismo es un lujo que no nos podemos permitir.