Hay dos tipos de autores: aquellos que nos gustan en cierto momento, pero el tiempo hace desvanecer su huella: él o nosotros hemos cambiado; pero hay autores que nos persiguen durante toda nuestra vida -cada uno tiene su biblioteca íntima-, nos siguen donde vamos, hasta que finalmente reconocemos una verdad intransferible, más allá de lo que pensemos: son parte de nuestra vida. Hoy quiero invitarles a una tarde con Guy Debord.

Un año antes de mayo del 1968, se publica La sociedad del espectáculo, una obra que gravita en toda la crítica de la cultura contemporánea. Su corolario será Comentarios a la sociedad del espectáculo, en 1988. Hay un fenómeno que ocurre con ciertas influencias, se las borra o se las silencia, para sentirse libre de referenciarlas directamente: ocurre con Guy Debord. Cuántas obras menores llevan su sello y no aparece en primera línea. Quien se haya acercado a Baudrillard y su concepto de simulacro, quien haya leído esas descripciones postmodernas del consumismo y su apoteosis, comprobará lo anterior. Citado lateralmente o invisible. A veces, simplificado desde un liberalismo superficial, como en Vargas Llosa y su La civilización del espectáculo.

Es el precio de ser un maldito en vida, un testigo insobornable de nuestra sociedad alienada. Una opinión personal: Guy Debord es un ejemplo de hermenéutica renovada, actualizando un concepto que, muchos habían dado por secundario o prescindible: el fetichismo de la mercancía. Su lectura de Marx, queda transformada, reordenando la jerarquía de todo el análisis capitalista. Qué innovador y crítico para aquella época donde el marxismo reinante en Francia, era la lectura marxista de Althusser, o donde los grupúsculos trotskistas y maoístas proliferaban. Hoy vemos quién mantiene su fuerza, quién contiene una fuerza conceptual y un abanico de líneas reflexivas, más allá de que estemos de acuerdo con él o no, ese subterráneo tiene nombre: Guy Debord. El mismo que no soportaba al genial canadiense: McLuhan. Hay apocalípticos que nunca pasan de moda, parafraseando a U. Eco.

Escritor y pensador, cineasta, amante del alcohol, uno de los impulsores del letrismo y creador del movimiento situacionista, urbanita y parisino heterodoxo: hay muchos París en la estética y cultura del s.XX. Debord me lleva lejos, a rincones que creía olvidados: mi lectura adolescente de Baudelaire, ese voyeur de la ciudad, que nos precipita en su spleen. Siempre las ciudades como geografía emocional: nuestra juventud tiene la locura de alguna de sus calles. De ahí que las ciudades se multiplican con rostros que muchas veces desconocemos: en la ciudad que amamos, hay otras que nos esperan. Pasear sin motivo, pasear para huir de uno mismo, sabiendo que es imposible, sigue siendo una aventura fascinante: el azar siempre acompaña a la mirada apasionada. Debord recorrió ese París canalla y peligroso como un activista de la vida cotidiana, como un fotógrafo del instante donde arte y vida ya no tienen separación: “la fórmula para trastocar al mundo no la buscábamos en los libros, sino vagando”.

Con un estilo contundente y clásico, Debord es un cirujano de la sociedad actual, un cirujano sin compasión muchas veces: hay enfermedades que son incurables. Por ejemplo: el capitalismo en su modalidad del espectáculo. Cuántas veces se ha malentendido este concepto, trivializándolo o deformándolo. Veamos la interpretación que le confiere Debord: “El espectáculo no es sólo un conjunto de imágenes: es una relación social entre individuos mediatizada por las imágenes”; “Es el núcleo del irrealismo de la sociedad actual”; “Pero la crítica que alcanza la verdad del espectáculo lo descubre como la  negación visible de la vida, como una negación que se ha tornado visible”; “El espectáculo no conduce a ninguna parte salvo a sí mismo”; “El espectáculo somete a los seres humanos en la medida en que la economía los ha sometido ya totalmente”; “El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se ha convertido en imagen”. Puro Debord.

La historia le da la razón en el mayo del 1968. Como apunta José Luis Pardo, “El 68 estuvo a la altura de las situacionistas, mientras que casi todos los demás tuvieron que procurar ponerse a la altura del 68”. Una historia que desarrollará sus presupuestos hasta sus Comentarios a la sociedad del espectáculo. Allí sintetizará las dos formas anteriores: el espectáculo concentrado (las democracias populares del Este) y el espectáculo difuso (las democracias occidentales), en una nueva modalidad que monopoliza la vida contemporánea: el espectáculo integrado. Uno de los grandes pensadores actuales, G.Agamben, lo reafirmará: “una de las tesis centrales de los Comentarios, que mucha gente en su época encontró paradójica, se muestra en el presente como una evidencia trivial”. Hay mucho análisis de la sociedad red y de su dimensionalidad, que ni siquiera se ha enfrentado al análisis de Guy Debord. Dejo dos preguntas que habremos de responder: ¿nuestra comunicación está totalmente alienada en términos de Debord?, ¿es posible otro lenguaje frente al lenguaje del espectáculo que monopoliza nuestra vida y sociedad? El lector decide.

No quiero hacer una apología vacía de Guy Debord: su afirmación de los soviets como alternativa a la estructura actual; su egocentrismo e intrasigencia con muchos planteamientos alternativos; su misticismo solitario, donde la soledad es un argumento de pureza, me suenan anacrónicos y criticables en su concreción vital. Pero matizar es el verbo que nos permite avanzar en el pensamiento: tiene un clasicismo, que se reconoce en sus lecturas. Debord es un lector de Shaheaspeare, Calderón, Gracián, Chateaubriand, Hegel, Marx, Lukács o Lautreamont. Ahora comprendemos el tono y ritmo de sus memorias: Panegírico.

Allí escribirá su autobiografía, desgarrada y melancólica a la vez:En toda mi vida, no he visto más que tiempos de desorden, desgarros extremos en la sociedad e inmensas destrucciones; yo he participado en ellas”; “lo que sin duda alguna marcó mi vida entera fue el hábito de beber, que adquirí rápidamente”; “(…) yo soy el ejemplo destacado de lo que esta época no quería”. Se ha dicho respecto a Debord, que conjuga a Marx y a Rimbaud: transformar el mundo y cambiar la vida. Un detalle: hay en su crítica total del mundo que vivimos, una tristeza que recorre sus páginas. Quien conoce el instante y su intensidad, tiene ese peligro. Guy Debord se suicida en 1994. Incómodo, escribir es un lujo. Ya es tarde: anochece.