La crisis económica tiene una ventaja que toda sociedad o individuo puede aprovechar: nos deja delante de nuestros errores, defectos o incovenientes. La acusación de la mediocridad de nuestro sistema productivo es cierta: durante mucho tiempo la construccion y el turismo, sectores con escasa innovación y poco cualificados en su dinámica española, fueron el motor de una economía especulativa, sin fundamento en la nueva globalización del conocimiento. Como decía Cioran, toda palabra es una palabra de más, al menos en esta evidencia.
Que nuestro sistema educativo no ha estado a la altura, todas las evaluaciones externas así lo indican. Nuestras universidades siguen en su espiral endogámica y ninguna clasificación mundial las valora entre las 100 mejores del mundo. La estructura económica de nuestro país, con una mayoría de pequeña y mediana empresa, siguen siendo argumentos que justifican la acusación central: la innovación no es una apuesta en España. Consecuencia: un país a la deriva y cortoplacista, que no ha iniciado una autocrítica constructiva.
Desde INED21 hemos identificado tres carencias de la formación que se da en nuestro país, esta formación desenfocada y anacrónica es una de las razones de que la empleabilidad en España sea tan baja. No basta con voluntarismo para crear un modelo productivo del s. XXI, de ahí que queramos compartir esos puntos débiles para iniciar un debate que tenga un objetivo: la creación de un capital humano para la construcción de una verdadera sociedad del conocimiento.
Primera: la excesiva especialización de los programas. Un error grave de no comprender lo que significa una sociedad del conocimiento: ésta se distingue por la necesaria flexibilidad profesional que toda vida laboral tiene, para ello es necesario construir sujetos que tengan una serie de competencias básicas que esa especialización extrema olvida.
Segunda: la falta de interdisciplinariedad, consecuencia de la anterior, una perspectiva de acumulación de contenidos por sector o perfil que no habilita ninguna visión panorámica y activa en el sujeto, seguramente influida por el academicismo vacío de nuestra universidad. Dicho de otro modo: la negación de un sujeto emprendedor .
Tercera: la falta de la individualización de una mayoría de los programas formativos laborales que se imparten. Se sigue utilizando el esquema tradicional: un contenido y la misma metodología para todos. ¿Cómo puede impartirse formación sin hacer una evaluación inicial, en desarrollo y final de cada sujeto que está en ese programa? ¿cómo construir una formación eficaz sin identificar aquellos puntos débiles que ese desempleado tiene delante de nosotros?  Si nos acercamos a los cursos y programas que circulan por el mercado formativo, nos asombraremos de este hecho. Una sociedad del conocimiento es una economía del capital humano, éste se compone de individuos, no de grupos que tienen un mismo título. La falta de productividad de nuestra economía tiene muchas razones, pero una de las más importantes es ésta.
Desde INED21 hemos diseñado y construido un programa innovador, desde las pautas que una sociedad del conocimiento demanda:  “Programa individualizado de desarrollo de competencias básicas y de integración laboral”. Un programa que quiere subsanar esas carencias que hemos analizado anteriormente. Desde nuestra perspectiva, no basta con analizar, hay que proponer: una idea o metodología innovadora tiene un criterio que aprendimos del mejor pragmatismo, su capacidad de solucionar aquello que analiza como problema.
Veamos las ventajas que desarrolla nuestro programa. Primera: una innovación metodológica que actualiza la propuesta formativa, la identificación de una serie de competencias básicas que permiten a cada individuo poder integrarse o renovarse en el mercado laboral. Segunda: una interdisciplinariedad estructurada, un programa que sintetiza eficazmente disciplinas como lengua, psicología, economía, nuevas tecnologías, derecho, ámbito laboral y marketing. Tercera: un programa que individualiza su desarrollo. ¿Cómo? A través de dos mecanismos que se retroalimentan: un sistema de evaluación continuo (inicial, desarrollo y final) que terminan con un informe individualizado con dos criterios finales: desarrollo y consecución de competencias, orientación para la integración laboral según el perfil individual que hemos evaluado. El segundo mecanismo es consecuencia de la anterior: una individualización de contenidos /recursos, que permiten un progreso eficaz para los objetivos del programa. Una formación de excelencia siempre es individual.