En nuestra serie: “Metáforas de…”, hoy conversamos con Peter Sloterdijk. Filósofó alemán, discípulo y crítico de la escuela de Francfort, en su biografía y obra, vemos delinearse a un pensador global: Occidente y Oriente en sus diferentes corrientes, aparecen entrelazadas. No es una anécdota menor la relación de influencia entre Osho y Sloterdijk, una influencia que algún día desarrollaremos.

Sloterdijk tiene dos características que en una época hipermediática como la nuestra, le conceden una visibilidad de la que es consciente: es un polemista innato, una cualidad que le permite desconstruir ideas y supuestos culturales de nuestra época. Nietzsche estaría contento de su discípulo. Una segunda que es consustancial a su personalidad desbordante: una escritura brillante, metáforica y deslumbrante a veces. Como vemos, el academicismo tiene razones para sospechar de él.

Su trilogía de “Esferas”, es la culminación de su pensamiento filosófico en marcha. Una obra que comenzó con la famosa: “Crítica de la razón cínica”, un análisis sugerente de la incipiente postmodernidad. Dos observaciones: Sloterdijk ha vuelto a la antropología filosófica como perspectiva de análisis principal. Segunda: su genealogía tiene raíces en Nietzsche y Foucault. Sabiendo esto, muchas afirmaciones serán mejor contextualizadas. Nuestro diálogo con su obra lo sintetizaremos en tres temas que directa o indirectamente, tienen consecuencias educativas.

Vivimos y debemos adaptarnos a una nueva sociedad posthumanista. Esta enunciación guarda todos los desafíos de nuestra época. Si entendemos el humanismo como el intento de educar a generaciones mediante la cultura clásica occidental y mediante la cultura escrita, Sloterdijk nos deja desamparados: esta educación humanista se ha vuelto anacrónica para un mundo de espumas. Esta metáfora describe la topología incierta y de redes continuas en múltiples combinaciones, propia de nuestro tiempo. Un mundo sin centro, es más, un mundo constitutivamente sin posible centro.

El sujeto humano es un sujeto que busca seguridad en un mundo donde no es posible. Sloterdijk ha leído las consecuencias de Nietzsche: la metafísica ha muerto y con ella, cualquier concepto que quiera sustituir ese centro que Dios tuvo. De ahí su descripción inmunológica y espacial de las diferentes épocas históricas. La cultura simbólica es un sistema de protección frente a las grandes avalanchas vitales: la muerte, el mal o la violencia consustancial a nuestra condición humana. Dejamos unas preguntas, desde la educación diaria, que quieren cuestionar estas afirmaciones: ¿todo valor ético o religioso actual es limitante e inútil frente a lo que describe Sloterdijk? ¿ es el universalismo moral solo una ilusión sin esperanza?…

La educación puede comprenderse como una serie de antropotécnicas. Cada cultura ha intentado moldear y construir individuos compatibles con esa cultura dominante. Valores, habilidades y técnicas concretas a disposición de conseguir un consenso social, a cambio los sujetos obtienen protección simbólica. Sloterdijk ama las grandes descripciones, pero quien ama los grandes períodos, muchas veces pierde los detalles. Dejamos dos en forma de preguntas: ¿es la educación una matriz reproductiva tan lineal de los individuos? ¿ una educación no es la matriz más compleja que existe?

Una precisión final: no es casual que la filosofía naciera como filosofía de la educación con Platón. Occidente tiene nombre de academia. Nuestra época actual es una época de síntesis, el humanismo no ha muerto. ¿Por qué? Porque solo se sintetiza lo que previamente nos constituye. Gutenberg y la revolución digital deben buscar nuevas modalidades de educación para un mundo globalizado y plural: Sillicon Valley nació en un lugar llamado Grecia…