La educación necesita, creo, su desamortización, bien hecha que quiere decir bien aprovechada por los que deben aprovecharla. Las manos muertas son los libros de texto, el currículo cautivo de intereses y poderes.

Intereses y poderes los hay y ha de haberlos, pero deben poder medirse en pie de igualdad. Cuando un poder dicta un currículo, cuando un grupo editorial lo expresa, lo que hay es el resultado de una concentración política y una concentración económica. Hay quien defiende hoy que el futuro es de los fuertes. Yo le diría que el futuro, el buen futuro, está más bien en el contraste y cooperación de los pequeños y débiles. La fuerza debería estar en el conjunto. Eso, creo, haría una sociedad realmente fuerte.

Si el currículo representa a un estado director, la sociedad deja de implicarse a no ser para protestar. El proceso resta. Si el estado se ve como garante y facilitador y su currículo es abierto, la sociedad debe implicarse y el proceso suma, tal vez multiplique. Los protagonistas son los profesores, profesionales de Humanidad, de entenderla y de transmitirla. Los padres y alumnos son los interesados, los intereses reales y legítimos, son los de la sociedad. Debe haber sintonía entre ambos.

Si el currículo lo expresan sólo editoriales fuertes, el currículo será latifundista. Unas pocas visiones compactas competiran en un mercado y a eso pretenderán llamarlo cultura educativa. Parte sustancial de los salarios y los impuestos se irán en eso, cultura amortizada.

Una buena desamortización requiere que la cultura escolar se abra. Pero creo que ha de ser una apertura palpable, concreta. Por eso propongo libros y bibliotecas de aula, y mediatecas y talleres en la educación obligatoria. Cosas muy concretas y palpables. Pero a la vez flexibles, no fungibles y socializables per se. El profesor ha de tener una guía, un marco curricular, pero debe construir y aprender siempre. Los libros y materiales que editoriales grandes y pequeñas van sacando le ayudan, le motivan, le empujan. No hace un único acto de decisión entre 15 editoriales, hace cientos de pequeños actos de elección que le obligan a crecer.

El maestro debe poder decir “Ésta es mi aula, con esto enseño yo”. Obviamente no es sólo de él, lo hago extensivo a grupos y claustros, a espacios educativos y escuelas. “Profe, ¿y si compramos…?” “Mira, senyu, he comprado este libro, que no lo tenemos y me parece muy bueno, ¿lo dejo en la biblioteca?” “Mi madre dice que deberíamos ver este libro…”. Y obviamente dentro dentro de un marco definido, sea segundo curso, o primer ciclo de ESO, o ciclo medio de Primaria o quinto de Primaria, él, ella o ellos construyen su espacio educativo que contiene cosas concretas como libros, murales, discos y ordenadores o tabletas. Las fotocopias o los materiales propios siempre pueden hacerse y llenan los huecos que haga falta. Pero el espacio educativo está poblado por habitantes censados. Los editores los dan a luz. Hasta pequeñas nuevas librerías podrían crecer en los barrios más apartados.

El editor siempre ha sido necesario desde Ático (el que se carteaba con Cicerón) hasta hoy. Pero una cultura escolar abierta requiere toda la diversidad editorial posible. El mundo es el que es pero hay infinidad de maneras de curricularlo, aunque con casi todas se puede llegar a la Humanidad, que es la profesión de los maestros. Los editores deben expresar los currículos, pero con objetos naturales y reconocibles: libros, discos, programas. Aquello que el mundo adulto usa pero reconvertido en un “juguete” muy serio. Cuando el mundo adulto usa manuales suele ser para fines prácticos y concretos: opositar, obtener títulos. No otra cosa acaban siendo muchos de los cursos escolares que hemos visto y vemos. ¿No les resulta un libro de texto como un manual de oposiciones “ajuguetado“? Los niños han de educarse haciendo cosas a su nivel. Y leer (no estudiar el libro de texto) es de las cosas más naturales que ha inventado el ser humano. En común o en privado.

Si desamortizamos la escuela, si recuperamos esos 60.000 € que en un solo centro pueden invertirse (da igual si lo hacen los padres o el ayuntamiento o la comunidad autónoma, es dinero social) en un año, podremos ir construyendo esos espacios culturales que realmente deberían ser las aulas. Con saber homologado por profesionales (los editores), elegido, conservado y aumentado por profesores con ayuda y aprobación de su sociedad local, familias, alumnos, colectivos. Controlado, si se requiere, por inspectores que pueden opinar, ayudar y ser puente entre las diferentes visiones (bibliotecas y mediatecas) de la sociedad local (barrio, pueblo o ciudad). Y en esos espacios, los alumnos leerán, escucharán, dialogarán, debatirán, investigarán, escribirán, diseñarán, proyectarán, opinarán y producirán. Todos los métodos serán posibles (dialógico, portafolio, clase al revés, proyectos, problemas, competencias…), pero el medio será el mensaje y el modelo.

Creo que es un modelo social, competitivo… Ah, y sostenible, porque el libro escolar deja de ser fungible, papel acumulado al cabo de tres o cuatro cursos. Y aparecerán muchos sellos editoriales pequeños pero con grandes cosas que decir en educación.