No intento definir cómo debe ser un profesor de historia, sólo imaginar el tipo de maestro que pondría en práctica ideas y métodos como los que vengo defendiendo en estas páginas. Entendiendo que sólo la práctica podría acreditar la justeza de lo que son simplemente intuiciones.

De entrada, un profesor que no daría por supuesto que en secundaria, y –sin duda– en primaria, la historia deba ser un temario aparte, aunque de vez en cuando pueda volar sola.

Es un profesor que entiende que la Historia contiene toda la cultura humana y está abierto a el nuevo concepto de la Gran Historia que incluye la evolución de la energía y la materia hasta encarnarse en el ser humano y sus trifulcas. Entonces, dirán, ya no es profesor de historia sino simplemente profesor. Y tendrán razón, a mi entender un buen profesor ha de tener incluso un nivel de matemáticas razonable y entienda lo que son las ecuaciones lineales y no lineales, el cálculo y la geometría descritptiva, por ejemplo, sobretodo por cuanto fueron producto e influyeron en el devenir humano. Pero eso no es impedimento para que los equipos que trabajan en primaria o secundaria inicial tengan especialistas en historia, que, ahora, debieran tener conocimientos que no eran frecuentes en las oposiciones de hace un tiempo.

Los conocimientos tradicionales solían dar por sentada la historia política y social, el arte y la ciencia a un nivel bastante elemental, tal vez algo de literatura representativa de cada época. Había personajes fetiche y «hechos históricos» canónicos que trazaban la ruta. Pero el campo se ha ensanchado y ha dado luz a muchas y nuevas perspectivas.

Poco se habla, tal vez, de los intereses españoles en el Pacífico; porque no entran en la línea de Historia Europea tradicional. Aunque la consecución de una ruta regular (el galeón de Manila) gracias al monje Urdaneta saliendo de Acapulco, tuvo un gran impacto en la historia de Asia. La plata del Potosí fluyendo hacia Filipinas y atesorada en China produciendo muchas crisis y burbujas monetarias en el Imperio del Centro.

Sólo la práctica podría acreditar la justeza de lo que son simplemente intuiciones.

El nuevo profesor debiera tener una visión más clara del dinero, de lo concreto y virtual que es a la vez, y del arma de destrucción masiva en que se puede constituir. En cómo la experiencia acumulada en Europa sobre él constituyó una gran diferencia. Así como de las correlaciones que a veces pasan desapercibidas como el descubrimiento del oro en California abrió los ojos del naciente Estados Unidos y le animó a chulear a los japoneses, que un siglo después intentaron devolverles el golpe (sigo en esto a Carles C. Mann en 1493, Katz editores, 2014). La Historia es un gran billar de carambolas inesperadas y un campo de entrenamiento para la mente abierta y el pensamiento complejo. En resumidas cuentas, el nuevo profesor de historia ha de ser capaz de trascender las categorías al uso en los currículos de historia tradicionales y encarar su estudio por infinidad de caminos inventados por él o creados conjuntamente con sus alumnos. No sé si para eso están preparando en las Facultades.

Dicho esto, no soy muy optimista sobre la mejora, generalizada, de los profesores, que a mi modo de ver comportaría estos apartados:

I

Trabajo en equipo

A primera vista, eso suena a reunión y sabemos que muchos sufren demasiada reunión. Pero yo diría que sólo agobian las reuniones excesivamente largas y que, además, se sienten improductivas o poco productivas. A una reunión donde se aprende y uno siente que comunica, no se le encuentran tantos defectos. Deben encontrarse los profesores que tengan cosas que comunicarse y a todos les interesa más lo que aprenden para enseñar.

Las ciencias, para no ser abstractas, dependen de los contextos históricos en que surgieron y de las necesidades que solucionaron. Las humanidades siempre dan cuenta de carencias materiales muy matemáticas o científicas y adoptan las ciencias en sus métodos. El economista Thomas Piketty recurre a la literatura para concluir que siempre han sido más provechosas las rentas del capital que las del trabajo; tal vez, con la excepción de los Treinta Gloriosos (1945-1975), por razones históricas bien conocidas.

Las ONG nos alertan de que estamos en las mismas de siempre, es difícil convencer a los jóvenes de que trabajar sale a cuenta. Sólo una visión «holística» (palabra de moda que no creo que haya que explicar) logrará convencerlos. Y, tal vez, antes los profesores deban convencerse a sí mismos en equipo.

II

Atención al mundo

Ni la Historia ni ninguna otra materia es un objeto externo a nosotros que podamos ver desde fuera. Visto así siempre será más tentador un videojuego o un acontecimiento deportivo. Sólo visto como un todo en el que estamos dentro el mundo curriculado se torna apasionante. Es por eso que el nuevo profesor, sea de Historia o de lo que sea, no puede dejar de tener todo el currículo en la cabeza, incluyendo las Matemáticas o las Artes. Y para eso apelo a una formación más sólida pero también al trabajo en equipo, al contacto dentro del centro y fuera de él. No descuiden su formación ni dejen de comunicar cualquier cosa que descubran. E interésense por todo lo que les cuenten sus compañeros. Nada es banal, todo significa algo. Rechacen ser estrellas o sentirse el patito feo del claustro. Todas las mentes son necesarias y entre los maestros, más.

III

Estar atento a cada alumno

Desde el dominio del currículo y el interés por lo que no se sabe. En teoría tenemos claro que el aprendizaje de ellos es lo importante y no nuestro brillante desempeño; por mucho que, a veces, puedan ir unidos. Pero tememos una pereza que, a veces, se ve en la cara o un despiste que se percibe en el cuerpo de los alumnos. Las clases tradicionales (y el que esté libre de pecado tire la primera piedra) nos dan una sensación de control.

Se parecen a los ejércitos en línea del siglo XVIII dirigidos por oficiales que no se fiaban de sus tropas y tenían que mantenerlas en fila por si acaso. Las bajas se daban por descontadas. Una comparación maliciosa (las escuelas, en principio, no se enfrentan) pero práctica como revulsivo. Por otra parte, ¿quién no se ha visto en la necesidad de improvisar clases de Literatura o Lengua para las que no estaba preparado? Dominio del currículo y trabajo en equipo, tal vez, flexibilización de horarios.

El profesor nuevo ha de ser capaz de poner en pie cuestiones (llámense proyectos, problemas o casos) pero en el marco de una totalidad del conocimiento en una escolaridad coherente (ahí juega mucha gente, de hecho toda la tribu). Ha de ser capaz de dirigir con calma el desorden de la laboriosidad fragmentada de sus alumnos en acciones individuales o de comando (otra vez la guerra) y ha de ser capaz de reunirlos para conferencias (me gusta más que clases magistrales) que inspiren campañas victoriosas. El buen general sabe siempre donde están todas sus unidades y les puede dar instrucciones sobre la marcha.

Pero…

No está claro que las «Academias» estén a la altura ni que las sociedades salgan fácilmente de sus letargos. ¿Qué clase de MIR tiene el señor Méndez de Vigo en la cabeza? Por ahí, mantengo un pesimismo moderado.