EMPODEREMOS

Piensen en esos clubes ingleses de caballeros, esas sociedades geográficas y científicas, reales todas (royal, creadoras de royaltis), con salones confortables, grandes bolas del mundo a la altura de dedos escrutadores, paredes forradas de libros… Todo el mundo a la consideración de personas que se sentían dueños del mundo y, en cierto sentido, lo eran (en mucho sentido, en realidad).

El poder tiene mala prensa en general, pero a mi entender, injusta. Lo malo del poder no es que exista, sino que esté tan poco repartido. Se podría decir que la sociedad anarquista es aquella que tiene el poder absolutamente repartido. El actual sistema privilegia a pocos que podrán mucho en ámbitos que afectarán a todos. La mayoría apenas tendrán algo de poder en el minúsculo ámbito de su vida. Y pensemos que en un mundo como el nuestro, un par de millones de personas son una minoría insignificante. ¿A cuántos se les podrá suponer ese poder ya en la infancia? Pues bien, «empoderemos».

Una escuela podría bien parecerse a un club de personajes poderosos, nuestros alumnos (tranquilos, profes, vosotros siempre seréis los más poderosos siempre que tengáis autoridad de la buena). Un lugar donde el mundo, la técnica y la historia estén representados y todos los niños puedan sentirse sus dueños, los dueños de ese mundo de juguete que la escuela debe ofrecerles.

Los caballeros victorianos tenían a su alcance, no el mundo real, pero sí todas las representaciones posibles. Libros, mapas, artilugios e instrumentos. Allí se planificaba y se elucubraba sobre las posibilidades del mundo, se planeaba el futuro. En la medida en que eran «caballeros» tenían todos las mismas oportunidades.

Nuestras escuelas han de ser pues, mucho más avanzadas. No hará falta que enuncie «caballeros y caballeras», se entiende el siglo y medio transcurrido. Un mundo con diez mil millones de caballeros es un mundo prácticamente ácrata. Y conservar el patrimonio de todos «es cosa de caballeros (y caballeras, por supuesto)».

EL CLUB DE LOS NIÑOS

Perdónenme el no saber aún bien qué hacer con el lenguaje de género, que sólo estamos en el siglo XXI y es tema no acabado de ventilar. Perdónenme también cualquier implicación y mixtificación ideológica de esas que desatan todas nuestras razones (que en el fondo son pasiones).

Sea como sea, el club de niños prepara a los futuros caballeros para regentar el mundo. Y deberemos avanzar hasta que todos los clubes de niños sean reconocibles por caballeros de todo el mundo en sus normas y en sus métodos. De manera que cualquier «caballero» pueda presentarse en un «club» de las antípodas y sentirse bastante en casa.

Eso ya pasa con nuestras aulas de pupitres alineados y pizarra al final. Lo único que falta es ese poder repartido, esa sensación de poder respetuoso que todo «caballero» siente con sus iguales y ese interés respetuoso por sus mayores. Eso falta bastante. En ésos clubes nadie interrumpe al personaje con autoridad y, en general, se recurre a él.

AÑOS DE HISTORIA

Entiendo que no es fácil imaginar la vida en ellos con caballeros de tantas edades y temperamentos. Pero piensen que todo club incorpora toda la dignidad de miles de años de historia, sus salas imponen respeto y los personajes que cuidan de él son una autoridad en sí misma.

Y acuden a ellos los miles de millones de caballeros que heredarán el imperio del mundo para ser responsables de él. Una escuela para que todos inventemos los siglos. Quizá imaginarla ya sea revolucionario.

Pensar las cosas con empaque, a veces,

les da sentido