La salud mental en el deporte de élite, un escenario estigmatizado que ofrece datos preocupantes

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Toda precaución es poca cuando toca enfrentarse a la exigencia del deporte de élite. Aquello que una disciplina como la psicología trata de remediar en estos casos de primer nivel es la presión, es la ansiedad, es el veneno que va talando el estado de ánimo hasta convertirlo en un bloqueo mental limitante. Es ahí donde aparecen los especialistas para ofrecer sus herramientas y su apoyo en momentos de competencia máxima.

Con independencia de los logros alcanzados a nivel deportivo, de las marcas estratosféricas y los oros resplandecientes, los atletas siguen siendo sobre todas las cosas seres humanos. Es decir, ninguno de ellos, por muchas cimas que se alcancen, está exento de sufrir una crisis de salud mental. La depresión y la ansiedad desfilan por todo este escenario con el mismo peligro de siempre, pero es ahora cuando el foco está puesto sobre ellas.

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Según la psicóloga Andrea Ambel, que desempeña su labor en la ciudad de Granada, las causas de una inestabilidad mental en el noventa por ciento de los casos hay que buscarlas en aquellos episodios de carácter interno que han hecho mella en el paciente. Ahora bien, también existe un grupo menor de personas, los deportistas de alto rendimiento, que se enfrenta a un enemigo que de igual modo boicotea el equilibrio psicológico: la competencia.

El mundo asistió atónito a la decisión de la gimnasta estadounidense Simone Biles en agosto de 2021, cuando en los Juegos Olímpicos de Tokio se retiró de la competición por equipos y de la final individual por una cuestión de salud mental. La atleta norteamericana, que ya tenía sobre el cuello el peso de siete medallas olímpicas, declaró en aquel entonces no sentirse preparada psicológicamente para continuar. Lo hizo además dejando claro que ya no confiaba tanto en sí misma, que sentía como si el mundo se volcará de repente sobre ella. Biles quiso parar y lo hizo. Lo hizo con el apoyo de su equipo de psicólogos y anteponiendo su estado emocional a las exigencias del deporte.

Son numerosos los ejemplos de deportistas que han pasado por el mismo bloqueo en situaciones extremas de competición. Sin ir más lejos, en la misma cita olímpica, la pesista ecuatoriana Alexandra Escobar, que se disponía a levantar 95 kilos y que se postulaba como una de las favoritas para llevarse una medalla, no pudo aguantar la intimidación mediática y acabó fallando en todos sus intentos. La atleta reconoció después que el nivel de autoexigencia, unido a lo que se esperaba de ella en las apuestas deportivas de Ecuador, fue tan elevado que terminó desmoronándose mentalmente.

Para Andrea Ambel, no se trata de señalar al rendimiento deportivo como una excepción, sino de entender que este también forma parte, al igual que el resto de los ámbitos de la vida, de un territorio que puede verse amenazado por el conflicto psicológico. La naturaleza del ser humano no puede desligarse de sí misma, por más que el ideario colectivo se incline por pensar que los atletas son máquinas desprovistas de sentimientos. La psicoterapeuta granadina entiende que son precisamente estas personas, sometidas constantemente a entornos de altas presiones, las que mayor ayuda necesitan en el plano mental.

Un estudio publicado por la graduada Zoe Poucher en la revista Psychology of Sport and Exercise aborda directamente el predominio de una sintomatología propia de trastornos mentales entre deportistas de la selección de atletismo de Canadá. Los datos son concluyentes: más del 40% de las personas analizadas presentaban una tendencia significativa para padecer cuadros depresivos, de ansiedad y alimenticios. En concreto, el 30% sostuvo síntomas propios de la depresión; el 12%, de una ansiedad de intensidad media y aguda; y el 8%, de un elevado riesgo de presentar problemas con la comida. Números que no pasan desapercibidos.

Se estima que la franja de edad en la que los deportistas de élite obtienen su mejor rendimiento está situada entre los 17 y los 35 años. Este es curiosamente el periodo de tiempo en el que una persona es más proclive a desarrollar la semilla de un trastorno mental. El modo en el que esta se manifiesta puede ser muy variado, pero comprende sobre todo ataques de pánicos, miedo a los malos resultados, desesperanza, aislamiento, baja autoestima y falta de concentración. Son dificultades que forman parte del día a día en estas esferas.

La visibilización de esta problemática no sólo está contribuyendo a mejorar la detección temprana, sino que además está ayudando a normalizar aquellas situaciones en las que un deportista especialmente exigido puede no estar a la altura de las circunstancias. En este sentido, se vuelve indispensable abordar el tema con absoluta naturalidad, siendo conscientes asimismo de que el entorno y el apoyo social son fundamentales en la carrera hacia el bienestar.

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