Revolución

educativa

Quiero comenzar con una cita de Hesíodo, contemporáneo de Homero, escrita hace muchos años pero creo que describe el sentir de muchos docentes del S XXI:

«La educación ayuda a la persona

a aprender a ser lo que es capaz de ser»

Los que ya peinamos canas, tenemos en nuestra mente recuerdos de la escuela que nunca se nos podrán olvidar. Muchos  positivos, pero también algunos negativos. Viví en primera persona llevarme una buena zurra por no saber resolver una raíz cuadrada en 4º de primaria y ver a algún compañero que era zurdo llevarse otra por no escribir con la derecha y amarrarle la mano para que así lo hiciera.

Este caso es un ejemplo claro de ir en contra de la filosofía de Hesíodo, ya que estas técnicas, brutales, ni ayudan a aprender ni tienen en cuenta la capacidad de cada alumno.

Corriendo un tupido velo a estas prácticas «maquiavélicas» que se hacían en las aulas con el beneplácito de todas las partes implicadas, el ambiente de las mismas, en pleno s. XXI, apenas ha cambiado en lo que respecta a su color, olor y podríamos decir sabor.

Desde hace muchos años ya, se hace necesario  en el mundo de la educación un aire de cambio, que ventile nuestras aulas y nuestra práctica educativa como docentes. Este cambio está costando más de lo esperado ya que se hace harto difícil trabajar con unos medios que siguen siendo los mismos, o casi los mismos, en la mayoría de los casos, que hace varios lustros.

Muchas veces nos empeñamos como docentes en crear «moldes» y no a «amoldar» la educación a cada discente, dependiendo de su capacidad y de sus inteligencias.

Un ejemplo de ello es María Montessori que revolucionó el mundo educativo italiano de principios de siglo, primero para niños deficientes mentales y sociales, pero luego para la escuela normal, y desarrolló una pedagogía basada en el absoluto respeto por el niño.

Una pedagogía que estimula la cooperación y la colaboración, invita a los alumnos a participar activamente en el proceso de enseñanza aprendizaje, considera al docente como un recurso y un facilitador que responde al potencial de cada niño, no crea ambientes de aprendizaje aislados, da a las familias un papel relevante, en definitiva un modelo que enfatiza sobre todo el desarrollo humano más que el curricular.

Las propuestas de cambios en la sociedad y en la educación deben ir de manera paralela, porque la educación tiene que estar en cambio continuo, en progresión, como la sociedad misma.

Es verdad que dentro del sistema educativo siempre nos encontraremos sectores que son más propensos al cambio que otros a los que no le interesa salir de su zona de confort, por comodidad o por intereses económicos.

Pero el sistema educativo, que somos todos, legisladores, padres, alumnos y educadores, debemos poner nuestro granito de arena para impulsar este cambio educativo y hacer que la escuela del s. XXI sea diferente a la del XIX y a la del XX, por lo menos. Como bien decía Hesíodo a mitad del s. VIII a. C.:

Ayudemos a nuestro alumnado y a nuestros hijos

a aprender a ser lo que sean capaces de ser