DILUVIO CONTROLADO

A estas alturas me preocupa mucho que tanta innovación como estamos promoviendo desaproveche o ignore el potencial y las imperfecciones del sujeto al que va dirigida: el niño.

No educamos

a seres abstractos o idénticos unos a otros

Si les pretendemos protagonistas de su aprendizaje deberemos asumir sus diferentes estilos trabajando para hacerlos constructivos. Sólo hay que temer a los niños «pululando» si ese deambular resulta destructivo. Y hay que confiar en que el ser humano es un ser principalmente constructivo que sólo puntualmente necesita piromanías festivas. Como Dios, de vez en cuando necesitamos purificar con un diluvio controlado.

La escuela es donde aprendemos a armonizar lo idiosincrático y lo social y hemos de tener presente que los niños son tan diversos como lo somos los maestros. Estamos los pausados, los hiperatentos, los soñadores, los impulsivos, los meticulosos, los descuidados, los ansiosos… Y todos hemos aprendido (o deberíamos) a controlar tanto nuestros excesos como nuestros defectos. Empieza en la cuna con los padres, pero los maestros debemos intervenir y compensar ya desde los tres años.

AUTÓNOMOS Y ATENTOS

Ésa es la principal función que los claustros deben coordinar desde el principio y siempre. En ese aspecto sólo los formadores profesionales podrán relajarse. La medida en que los niños de cinco años sean autónomos y atentos es la mejor prueba de lo bien o mal que funciona un parvulario y mantener esas virtudes prestigia a todo el centro. Entonces cualquier materia circulará por buena pista. Lo contrario es proteger el narcisismo de los niños, privilegiar ese disfrute espontáneo que tan buena prensa tiene en algunos ambientes presuntamente innovadores.

Si queremos que el niño sea protagonista de su aprendizaje deberemos hacerle responsable de una forma natural. La escuela es su «trabajo», aunque no haya que decírselo ni machacarlo. Lo sentirá así si hemos analizado bien en qué consiste esa responsabilidad que le pedimos y que definiremos en los seis apartados del gráfico que es pura especulación que expertos y neuropsicólogos sabrán perdonarme.

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Interés

Todos los niños han de encontrar interesante su escuela, nadie se esfuerza por algo que le es indiferente. Lo que hay en el aula, incluso en los pasillos, ha de atraer la atención y la palabra del maestro ha de mantenerla. La escuela puede estar llena de objetos y de rincones, pero llega un momento en que parecen triviales, a no ser que se saque a colación maravillas que andan escondidas en historias viejas o relaciones profundas. El maestro es un «reponedor de interés». Todos adoramos lo nuevo y aprender es una cacería de novedades.

Atención

Atraído el interés por lo nuevo, hay que mantenerlo entendiendo que lo interesante siempre guarda dentro algo más interesante. Pararse en la superficie lleva al aburrimiento con demasiada rapidez. No digo que los ejercicios de respiración o de meditación no sirvan para fomentar la atención en general, pero, creo, deberían ir enfocados a lo concreto, a descubrir que la paciencia multiplica y prolonga la novedad en cualquier cosa que estemos examinando. Y de esa paciencia atenta se obtiene el fruto, el oro que escondía la piedra. Así haremos filósofos y científicos. De otra manera, diletantes sin metas.

Autocontrol

Es fascinante ver como niños que parecían hiperactivos encuentran un día un objeto o una tarea que les impulsa a gobernarse y perseverar con calma. No digo que no haya casos dignos de medicación, pero posiblemente muchos menos de lo que pensamos. Tuve un alumno ávido de llevar mensajes. Le decía: «Dani, ¿podrías ir a…?». A estas alturas ya había desaparecido y andaba a medio patio central. Los demás (sus compañeros y yo) le observábamos desde la ventana. Los más avispados predecían: «Ahora se parará y volverá». En efecto, a mitad de algún camino se detenía y parecía pensar un momento. Inmediatamente volvía para preguntar: «Profe, ¿a dónde me has dicho que fuera?». En fin, con el tiempo comprobamos que él también era capaz de estar sentado haciendo cosas delicadas durante mucho rato. Eran tiempos en que uno apenas sabía lo que cada alumno había hecho en su curso y el anterior como mucho. Por eso digo que tan importante como conocer a Dani era que todos los maestros nos conociéramos entre nosotros, relativizáramos nuestras diferencias y fortaleciéramos nuestros puntos en común. Es decir, creáramos una cultura común de centro. Es más fácil el autocontrol en común. Nos autocontrolamos en aras de algo bien entendido.

Esfuerzo

Después de los primeros tres puntos, me parece que tenemos todos los elementos para hacer muy natural el esfuerzo. No habrá que decretar ninguna cultura de él. Tenemos algo que reclama nuestro interés. De hecho aprendemos a descubrir el interés escondido en las cosas, sean colecciones, ficheros, bibliotecas, objetos… Interés basado en su novedad (extrañeza) pero también en su historia, en sus relaciones, en sus posibilidades. Un interés sostenido que bien puede llamarse atención y que no admite desvíos (autocontrol). Posiblemente hasta el cansancio pasará desapercibido hasta que sea intolerable. En ese momento, todo el mundo tiene que descansar a menos (y esa es una nueva fase) que sepamos que lo que depende de nosotros es crítico. ¿Quién sino un cirujano experto puede pasar horas fijo y atento a un pequeño punto del que dependen cosas graves?

Orgullo

Siempre ha de llegar el momento de la satisfacción. No creo que haya sobrevivido a la dureza de la evolución ninguna especie totalmente masoquista. Uno ha de saber que al final del esfuerzo está la recompensa. De hecho, mantenemos el esfuerzo en el tiempo anticipando la recompensa en la mente. Por eso, los humanos podemos construir pirámides y los castores no llegan a tanto (en fin, obviemos la esclavitud, cuyo papel no está tan claro). El orgullo bien entendido está en la base de todo logro, de la creación, de la nota, de la graduación, del currículo, del liderazgo… De todo lo que sea humano. Hemos de conseguir que todos y cada uno de los alumnos esté espoleado por el orgullo esperanzado, previsto, demorado y al final triunfante en uno u otro momento. Cuidando de que sea auténtico. El logro falso o mediocre acaba destruyendo la autoconfianza. Ni los niños ni Picasso lo hacen o lo hacían todo bien.

Crítica

Es la capacidad que sostendrá el orgullo en el tiempo. No estaría mal que tuviéramos carpetas con todos los preparativos y ensayos que los artistas descartaron antes de conseguir lo que les satisfizo. Que los niños vean que casi nadie consigue algo bueno a la primera. Y cuando lo consigue una vez, no suele repetirse. Que vean que la excelencia, la que sea, siempre es una lucha con uno mismo hasta que se vence. Y que no vale la pena compartir algo hasta que no sea realmente bueno. Y no es fácil para un maestro gestionar eso, especialmente reconociendo cuán pocas veces somos excelentes, si alguna.

Pero esto sólo es el principio. Al final, el mural curricular quizá parecerá importante.