Según establece la Constitución Española, la educación es un derecho de los ciudadanos, que tiene como finalidad el pleno desarrollo de su personalidad, en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales. Por ello establece una enseñanza básica obligatoria y gratuita en la que las familias deben garantizar la escolarización de sus hijos e hijas, y los poderes públicos todos los medios y esfuerzos necesarios para asegurar el ejercicio de ese derecho.

Puede parecer obvio, pero en momentos como el actual, en donde buena parte del debate educativo respecto a la finalización del curso se ha centrado en aprobados y suspensos, promoción y repeticiones, conviene no olvidarlo. Insisto, de acuerdo con nuestra Constitución, la educación básica no es una carrera de obstáculos para los alumnos, sino un inmenso esfuerzo social para garantizar el pleno desarrollo de los más jóvenes, y es al sistema educativo a quien compete poner los medios y las medidas para hacer efectivo su derecho.

Todo ello, por otra parte, teniendo muy en cuenta que no todos llegan a ese sistema en las mismas condiciones y que nuestro ordenamiento legal (la propia LOMCE, sin ir más lejos, o la Ley de Educación de Andalucía, en el caso de nuestra comunidad) establece como uno de sus principios básicos la igualdad de oportunidades, apoyando de forma preferencial a quienes se encuentran en situación de desventaja, ya sea por motivos personales o familiares.

En este contexto, la repetición de curso es en todo caso una medida excepcional, que nunca debería utilizarse sin antes haber aplicado otras estrategias de ayuda al aprendizaje, desde las simples actividades de recuperación y refuerzo cuando los problemas empiezan a surgir hasta las adaptaciones en la forma de enseñar cada materia. Y no solo porque así lo determine, negro sobre blanco, la propia Ley Orgánica de Educación, sino porque es un hecho ampliamente contrastado que sus potenciales beneficios son prácticamente siempre muy inferiores a sus efectos negativos. Comenzando por las nefastas consecuencias que, por lo general, implica separar a un niño o niña del grupo de compañeros que, para ellos, son su colegio.

Suele prestarse poca atención a esta cuestión cuando se publican resultados de estudios comparativos, pero es un reproche constante de todas las agencias y expertos internacionales a nuestro sistema educativo el uso abusivo de una medida cara e ineficaz, como es la repetición de curso, de consecuencias habitualmente nefastas para el progreso individual del alumnado afectado y que nos lleva a invertir en costes innecesarios un dinero que necesitamos para otras cosas. Disminuir la ratio en las aulas, contar con un segundo docente para las materias instrumentales, proporcionar al alumnado con mayores carencias y necesidades recursos digitales… son solo algunas medidas en las que el coste añadido de la repetición estaría, con seguridad, mucho mejor invertido.

Si a ello le añadimos que, de forma aplastante, son los niños y niñas pertenecientes a entornos sociales más desfavorecidos quienes principalmente reciben esta medida, además de ineficaz y cara, la repetición de curso aparece como una medida injusta, contraria al sentido mismo de la palabra educación: si educar es promover el aprendizaje y el desarrollo, dando más apoyo y ayuda al que está en desventaja, la repetición castiga precisamente a este alumnado en desventaja.

Lo importante ahora es compensar el posible daño que este estado de desescolarización temporal sobre el progreso educativo de nuestros niños y niñas, especialmente en el caso de los más desfavorecidos, sin perder el tiempo en discutir si se les aprueba o se les suspende.

Nadie entendería este proceder si, en lugar de estar ante un virus, nuestro país hubiese sufrido un gran tsunami, si las escuelas estuviesen cerradas por haber sido físicamente destruidas: ¿suspender a las víctimas del tsunami? ¿hacerles repetir el curso? La gran ola sería entonces la de la indignación contra quienes simplemente se atreviesen a plantear el tema. Pero estamos ante algo equivalente.

La gran ola del coronavirus ha privado a nuestros alumnos más desfavorecidos del acceso a los pocos recursos que podían ayudar a compensar sus desventajas: su escuela y sus maestros. Nuestros eventuales candidatos a “repetidores” no solo carecen de los recursos para seguir una enseñanza virtual, sino también de la menor posibilidad de recibir apoyo escolar en casa. Por no hablar de que son también ellos quienes soportan este confinamiento en peores condiciones: falta de espacio en casa, dificultades económicas, estrecheces de todo tipo… Y actuamos frente a esta situación como algunos países del norte con España o Italia: “Si quieren algo… ¡Que lo paguen!”.

Volviendo al principio, parece claro que acogernos a la literalidad de unas normas pensadas para tiempos de normalidad puede constituir, en estos tiempos de excepcionalidad, el mayor atentando contra el mandato constitucional de la escuela: ayúdales a aprender y a desarrollar su personalidad de forma íntegra. Es su derecho y es tu obligación.
Afortunadamente, creo que al final se impondrán la profesionalidad y el sentido ético y cívico de nuestros maestros y profesores. Ellos saben que solo con comprensión y esfuerzo podrán hacer que este paréntesis no se convierta en un punto final para muchos de sus alumnos y alumnas. Y estoy seguro de que actuaran en consecuencia. Aunque nadie se acuerde de ellos y nadie pida un aplauso para su trabajo diario en la sombra de este confinamiento.

La inspección educativa, en el contexto actual de docencia no presencial debe intensificar el asesoramiento y apoyo a los centros docentes, priorizando el seguimiento del alumnado que requiera medidas de atención a la diversidad o que por diversos motivos, no está siguiendo su proceso de enseñanza-aprendizaje tal y como lo está diseñando su centro. Y aquí la Inspección puede y debe, desde el asesoramiento y el cumplimiento de la norma, prestar un servicio imprescindible.

El contacto con los centros, con criterios homologados y comunes, desburocratizando la labor docente, difícil siempre, pero especialmente IMPRESCINDIBLE en estos críticos momentos.