CULTURA PROPIA DE LA ESCUELA

Toqué este tema hace tiempo, pero me ha parecido que no quedó suficientemente perfilado. Tal vez, José Antonio Marina puso de moda la expresión «toda la tribu educa» en nuestro país. Nos pone el ejemplo de cómo, en su pueblo en la infancia, cualquier adulto se sentía obligado a transmitir valores a cualquier niño que se desmadrara en la calle. Después lo recordé leyendo a Jared Diamond en El mundo hasta ayer sobre las actitudes que han tenido las comunidades humanas y que aún pueden ser reveladoras para nosotros.

En épocas primitivas, cualquier adulto poseía casi toda la cultura de la tribu, excepto algunos saberes médicos i/o chamánicos. En las sociedades avanzadas de hoy… En fin, no hace falta que lo diga. Hasta el comportamiento actual tiene sutilezas y disciplinas que no todos conocen. A un maestro que viene sustituto a un centro hay que ponerlo al día sobre la «cultura propia de la escuela».

PLANETAS DISTINTOS

Otro tipo de tribu y otro tipo de alumno

De un centro a otro puede uno sentirse en planetas distintos. Eso sin hablar de «la materia». Pongamos que aterriza uno en un aula en la que el maestro de baja es un apasionado de la poesía y los alumnos están acostumbrados a escuchar ejemplos, recitarlos y esperan cada día un poema. El sustituto, (¡mala suerte!) está ducho en análisis sintáctico, pero la poesía nunca ha sido su fuerte (por decirlo con prudencia). Si se da esa coincidencia, una escuela dirigista dejará al profesor bastante desarmado y a los alumnos bastante huérfanos. Resumiendo, aquello era el mundo hasta ayer.

Hoy han pasado demasiadas cosas. Por eso, necesitamos, no sólo otra escuela y otro profesor, porque tenemos otro tipo de tribu y otro tipo de alumno

Resulta que las tribus que describía Jared Diamond podían ser de cuarenta individuos y las nuestras, de cuarenta millones. La cosa es distinta. Pero, quizá, no tanto. Pensemos en el «momento escolar» fundamental de esas tribus: la reunión nocturna ante el fuego. Toda la visión del mundo de la tribu se trata allí. Los niños aprendern de las historias de sus mayores.

Y los cantos y las danzas suponen una didáctica de cierta sofisticación. Allí se oirán todos los conocimientos y todas las experiencias. Y se debatirán. Y la noche siguiente, alguna experiencia de la jornada dará la razón a alguien. Durante el día, se harán las prácticas. Hoy, los centros excursionistas ejercen una tarea educadora innegable, pero no es suficiente.

Nuestra escuela y nuestra vida no están tan integradas, pero podrían estarlo más. Y «la tribu» podría estar mejor soldada (solidaria). Los expertos no se sientan al fuego, están en sus despachos o laboratorios. Los que recorren mundo y ven cosas lo explican en periódicos o libros para adultos. Las técnicas específicas, que en aquellas tribus podrían ser 15, hoy se multiplican exponencialmente por factores que se pierden de vista. No es suficiente que «la tribu» delegue en los profesores y edite unos flamantes prontuarios llamados «libros de texto». Reúnanse todos los libros de texto de una escolaridad y se tendrá la imagen de un mundo limitado y con apariencia de estancado.

Representar a la tribu no es una cuestión técnica de redacción de conocimientos, diseño de ejercicios, maquetación, impresión, publicidad y márqueting. Es mucho más.

APENAS HAY EXPERIENCIAS

En los libros de texto, apenas hay experiencias (y no me refiero a cómo montar un circuito eléctrico o diseccionar una rana). Y los maestros, por muchos que sean (más de medio millón en España) no reúnen más que un porcentaje de experiencia muy pequeño y una experiencia muy homogénea. Hace falta más gente que los editores y los profesores.

Muchos claman por las sinergias de zona, de barrio entre escuelas y centros culturales y son reacias a aparecer. ¿Por qué? Tal vez, porque el peso que damos al manual nos acostumbra a prescindir de los demás y la sociedad (tribu) no se ve implicada. Y en los consejos escolares suele hablarse más de comedores y cuotas que de currículos.

Y perdonen que me centre tanto en el libro de texto, que inventó Comenius hace cuatro siglos y que ha tenido su momento en exceso. Sigue siendo necesario en algunos aspectos pero inhibe a «la tribu» en muchos.

Los saberes fijos necesitan –sin duda– textos fijos: la conjugación, las normas ortográficas, las fórmulas y tablas, las divisiones administrativas (a menudo, no tan fijas), los datos históricos… todo eso proporcionan los libros de texto que no necesita a «la tribu». Pero también intentan proporcionar itinerarios, ejercitaciones y voces diversas de la experiencia humana y eso lo hacen mal, sincopadamente, porque no tienen espacio ni libertad para ello.

Y eso es, tal vez, lo principal en la educación, la transmisión de experiencias, tantas y tan diversas que ni todos los maestros pueden tener. Y ahí es donde llegan los libros (incluso un vídeo es algo encorsetado y estático para ello). En el libro es donde un maestro de la vida y del conocimiento, que no de la escuela, se expresa con toda la espontaneidad y sabiduría que le es propia y le asiste el editor.

EN LA FOGATA QUE ES LA ESCUELA

Alumnos obligados a perseguir su propia formación

En los consejos escolares suele hablarse más de comedores y cuotas que de currículos.

Los editores escolares podrían ser los directores de la orquesta de «voces» (léase ‘libros para la lectura de jóvenes’) de los conocedores de la tribu, los que atesoran la tradición y el saber de diez mil años de civilización, los que entienden a los clásicos. El editor, si es escolar, debe acumular experiencia en «hablar» a los niños, con calor y con humor. Con todas esas «voces», cada centro interpretará el currículo creando sus bibliotecas propias, que yo veo más en manos del Consejo Escolar que del Estado, a quien siempre le quedará la Inspección. Un diálogo permanente entre Consejos, Estado, editores, centros y realidad cambiante, puede darle al currículo esa flexibilidad que tanta falta le hace. Y de sus acuerdos saldrán las conversaciones en la fogata que es la escuela. Y los adultos se estarán comunicando con los jóvenes en un diálogo real y honesto, no con una relación vertical para mantener a toda costa el mismo edificio de siempre.

Mientras tanto, el libro de texto puede deconstruirse. De él saldrán los tutoriales breves de técnicas concretas, los cuadernos de ejercicios, los mapas, los esquemas, los gráficos infirmados, las imágenes artísticas de gran formato, los retratos biográficos… que si son sólidos (plastificados) pueden ser públicos y habrán de ser buscados, como todo lo que ha de reclamar mayor atención de unos alumnos obligados a perseguir su propia formación.

Ahora, un «texto» completísimo exige su abúlica mirada, mientras intenta dárselo todo hecho y el maestro cree verse obligado a encadenar el niño al objeto, cuando su misión sería mejor dedicando su tiempo sólo al niño por si lo ve escaquearse o desfallecer. Un objeto más modesto y vigilante como es el «mural curricular» vigila desde una pared. Hablaré de él otro día.

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Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.