«Estefanía cuantas certezas,

no sé si envidiarte o si alejarme de ti».

Del protagonista de la película: La gran belleza

CUESTIONES PREVIAS

Cualquier tema relacionado con la educación resulta sumamente difícil de abordar. De ahí que aportar certezas, verdades absolutas o recetas, resulta pretencioso, incluso pudiendo llegar a la ridiculez, como suele ocurrir con los, cada vez más frecuentes, gurús educativos.

La educación de un ciudadano depende de un entramado de factores, en muchos casos sofisticados, no dependientes de casuísticas simples o unívocas, sino de un conjunto de variables interrelacionadas, interdependientes y, a veces, con difícil conexión entre ellas, lo que supone una gran dificultad para afrontar el análisis desde una perspectiva única.

Para colmo, hoy no educa sólo la familia y la escuela, educan en gran medida los medios, así lo expresaba Rafael Sánchez Ferlosio, al referirse a la publicidad, en el artículo titulado «Educar o Instruir» (2007):

«Al mercado pertenece, por lo demás, el que es hoy prácticamente único y supremo educador: la publicidad en general y especialmente la de la televisión».

A lo que habría que añadir, la gran influencia de las redes digitales, incorporadas con especial virulencia a la cotidianidad de mayores, jóvenes y pequeños. Por tanto, la escuela y los docentes educan, sin duda, pero no olvidemos el marco limitado, por la prevalencia actual de otros entornos que condicionan, considerablemente, la influencia directa de la institución escolar e, incluso, llegan a contaminar los objetivos y principios de la misma.

Hablar de función docente (‘docere’), supone hablar de magisterio, de enseñanza y de aprendizaje. Como es sabido por todos los que se han acercado a este tema, nos encontramos ante una tarea difícil. Educar es complicado, hasta al extremo de que a la buena enseñanza se le ha llegado a atribuir la categoría de ‘arte’. En consecuencia, los que se dedican a este quehacer de forma profesional, portean una gran responsabilidad y, a la vez, pueden saborear el orgullo que produce un cometido excelso. Entre otros motivos, porque como ha dicho el filósofo Emilio Lledó«La escuela no tiene sólo que enseñar a entender, tiene que enseñar a sentir».

Y, precisamente en esto último, hoy tiene poderosos competidores, cuyas finalidades contradicen, en innumerables ocasiones, los grandes principios en los que debe basarse la institución escolar en una sociedad democrática.

La enseñanza se puede producir de manera informal, no cabe duda; sin un sistema reglado y planificado ex profeso, para satisfacer la curiosidad de los individuos, o para conducirlos a cotas más altas de conocimiento y saber. Pero a lo que me voy a referir en este texto, es a la propagación de un sistema de enseñanza, denominado modernamente sistema educativo, preparado por los Estados para la formación de los ciudadanos, en aras de satisfacer las necesidades que el devenir de la evolución social, cultural y económica ha ido demandando en los últimos dos siglos. Y, en concreto, a los profesionales que desarrollan su labor en ese sistema, como principales artífices del acceso al conocimiento y a la cultura de los ciudadanos.

Indudablemente, los docentes juegan un papel fundamental. G. Steiner, en su libro Lecciones de los maestros, afirma:

«La necesidad de transmitir conocimiento y habilidades, el deseo de adquirirlos, son unas constantes de la condición humana. El Magisterio y el aprendizaje, la instrucción y su adquisición tienen que continuar mientras existan las sociedades. La vida tal como la conocemos no podría seguir adelante sin ellos. Pero ahora se están produciendo cambios importantes».

El pensador Inglés, reivindica la figura de aquellos que se dedican al arte de enseñar, utilizando la expresión que da título al clásico de Marland, independientemente de las circunstancias históricas que puedan condicionar su quehacer.

Vivimos tiempos de grandes cambios sociológicos, demográficos, técnicos y culturales, que requieren una reflexión sobre los objetivos, principios, así como los modelos educativos de la institución escolar. Los centros de enseñanza, están sufriendo una revisión social, de la misma forma que la familia, sin que internamente exista una clara tendencia al estudio de alternativas.

La sociedad va por unos derroteros y los centros no actúan en consonancia con los nuevos tiempos, constatando el conservadurismo de unas instituciones que deberían colocarse a la vanguardia de los tiempos. Stefan Zweig, tenía un recuerdo olfativo de las escuelas de su infancia, al que denominaba olor fiscal. Al referirse a los maestros, escribió:

«Nuestros maestros tampoco tenían la culpa del desolador ambiente que reinaba en aquella época. No eran ni buenos ni malos, ni tiranos ni compañeros solícitos, sino unos pobres diablos que, esclavizados por el sistema y sometidos a un plan de estudios impuesto por las autoridades, estaban obligados a impartir su “lección”, igual que nosotros a aprenderla y que, eso sí que se veía claro, se sentían tan felices como nosotros cuando al mediodía, sonaba la campana que nos liberaba a todos».

La escuela de Zweig no respondía a los muchos intereses culturales e intelectuales de los jóvenes burgueses que acudían a ella. La institución vivía de espaldas a la sociedad de la época. Dela misma forma que la escuela actual vive, en cierto modo, ajena a los profundos cambios producidos y los que vendrán.

Por lo que no se plantea siquiera una revisión de lo que se enseña y cómo se debe enseñar, de su funcionamiento, de sus tiempos y espacios. Los docentes, como principales actores, junto al alumnado, pueden ser víctimas de la situación, como refleja el autor austriaco en su texto.

Quizás porque habitualmente usamos, como sinónimos, los términos Escuela y Educación, lo que conduce a errores de asignación de papeles. Conviene diferenciarlos para poder deslindar los fines políticos asignados a la institución escolar. Quizás, así, podamos entender por qué no evoluciona a la luz de los nuevos tiempos. A pesar de todo, de lo que no cabe duda, es de que la Escuela debe mirar hacia fuera, para poder prestar el mejor servicio público, ya que de esto se trata.

Es necesario un cuestionamiento, tras un debate social profundo y amplio, de los objetivos, principios y fines de la educación del Estado, en la que la institución responsable debería tener un papel preponderante.

A lo largo de decenios, se han ido configurando los distintos cuerpos docentes, según para qué y cómo se debía desempeñar el puesto. Desde los inicios del siglo XX, como en aquellos maestros que tan magistralmente retrataba Luis Bello en su gran obra: Viaje por las escuelas de España, que ejercían su oficio de forma aislada, dependiendo del lugar, cobrando unos reales, al amparo del cacique o alcalde de turno, y al albur de los intereses de, precisamente, aquellos a quienes menos convenía que la exigua población de las escuelas ampliara sus conocimientos. Hasta nuestros días en los que el número de docentes, cientos de miles en nuestro país, organizados en distintos cuerpos, con funciones relativamente diferentes, según la etapa o enseñanza en la que ejercen, se conforman como una masa aparentemente informe, pero con potencialidades enormes.

Pero esa ingente amalgama de profesionales de la docencia, necesita unos principios sólidos y una estructura bien definida, para servir a los fines que los tiempos y la sociedad requieren. Rodolfo Llopis, en su libro La revolución de la escuela, defendía que cada época necesitaba sus docentes. Precisamente, en momentos de grandes cambios, teniendo en cuenta, además, el páramo en el que nos encontramos desde hace décadas, es necesaria una política para la docencia.

POLÍTICA DOCENTE Y DECENTE

«Los profesores en España parece que

trabajan en una cadena de producción».

 Andreas Scheleicher, Director de la OCDE

La función docente responde a una política, entendiendo que «la misión y el fin de la política es asegurar la vida en el sentido amplio» (H. Arendt). Los docentes, serán responsables de una parte importante de la vida de los futuros ciudadanos. Una política responsable, requiere una concepción de ciudad y de ciudadano. Por tanto, es necesario el planteamiento previo de tres preguntas: ¿Qué vida? ¿Qué sociedad? Y, por tanto, ¿Qué educación? Como consecuencia, se sabrá qué deben saber y hacer los docentes.

A partir de lo cual se podrá determinar la formación necesaria, así como los procesos de selección previa para recibir la formación de quienes se van a dedicar a la enseñanza, y la consiguiente selección para el puesto. Después, tras estos pasos previos –pero claves–, una vez en el desempeño docente, será más fácil establecer el desarrollo de la denominada carrera docente.

No contar con una política educativa sólida, basada en los fundamentos de una sociedad democrática, nos ha conducido por parajes inhóspitos, especialmente en las últimas décadas, cuando, una vez colmada la necesidad de generalización del sistema educativo, las exigencias y las demandas, sobre el mismo, han aumentado. Dando bandazos, palos de ciego, y parcheando, con cada nueva Ley Orgánica, un sistema que requiere un modelo coherente, lógico, con capacidad de evolución, pero con cimientos sólidos en los aspectos fundamentales, uno de los cuales es el profesorado.

También, en una política decente, debería tenerse en cuenta que el docente no está aislado y que su influencia sobre el sistema no es independiente de otros factores. Indudablemente, si está bien formado, con buenas capacidades y orgulloso de su profesión, siempre va a redundar en una mejora de la formación de sus alumnos. Pero las condiciones sociales y económicas, la organización de los centros educativos, la cultura tanto profesional como de las instituciones escolares, van a influir en sentido positivo o negativo en el quehacer de la enseñanza.

No es del todo cierta, la rotunda afirmación del informe Mckinsey del 2007, reiterada hasta la saciedad en los últimos años, con sentido de verdad absoluta: «La calidad de un sistema educativo tiene como techo la calidad de sus docentes»Por supuesto, los docentes son un factor clave, pero entendidos y analizados en sus contextos de trabajo, con sus circunstancias, en una organización determinada y bajo estructuras poderosas que condicionan enormemente su trabajo. Por tanto, en el análisis de la cuestión, debemos adoptar un enfoque sistémico de la situación, aunque para el estudio del problema abordemos de manera segmentada los distintos elementos del mismo, pero conscientes de la interacción de todos ellos.

En definitiva, una política docente, requiere una política educativa de Estado, dicho de otra forma requiere que la educación se convierta, de una vez por todas, en una cuestión de Estado democrático.

Por otra parte, en relación con lo anterior, la función docente y su futuro, no debe entenderse como un conjunto de profesionales aislados que todos sumados componen un sistema. Desde el origen, en los inicios de su formación, hasta el desempeño profesional debe tenerse en cuenta el trabajo compartido, la función docente como red analógica, en la que mediante múltiples conexiones presentes y futuras, compartiendo el saber, se colabora al desarrollo de los ciudadanos de una comunidad.

Esa visión de red analógica, integra, pero va más allá, los conceptos de trabajo coordinado y en equipo. Ya que supone tener en cuenta la interacción de las prácticas, las influencias mutuas, la construcción de entornos inteligentes (centros, zonas educativas), que son mucho más que la suma de las partes.

En este sentido, una política que pretenda vigorizar la docencia, debería basarse en la estrategia de fortalecer el concepto de centro educativo, como núcleo esencial en el que se desarrolla el trabajo docente. Con proyectos sólidos, con prácticas compartidas y con mayores garantías de continuidad de la buena enseñanza.

Abordar la función docente implica, tras tener diáfanos los principios, diseñar la formación previa, seleccionar a quienes van a recibir esa formación, determinar quiénes se van a dedicar a la profesión docente, y proponer un desarrollo profesional que permita continuar con la formación necesaria, además de incentivar o reconducir durante el desempeño.

Sin embargo, nos encontramos sin marco de referencia claro y, por consiguiente, al arbitrio de los vaivenes a los que las circunstancias del momento conducen, o bien a intereses de parte que nada tienen que ver con el adecuado funcionamiento de un sistema de enseñanza para todos los ciudadanos. A continuación, como pistas para esa, más que necesaria, política docente, reflexionaré y aportaré algunas ideas, sobre las claves de la función docente: qué deben saber los docentes, cómo deben ser seleccionados e incorporados al oficio, así como los mecanismos para articular el desarrollo en la carrera profesional, incluido la formación durante la misma.