La palabra “distopía” ha sonado mucho durante esta crisis del COVID-19. La Real Academia de la Lengua (RAE) la define como:

“Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”.

Si hace justo año alguien nos fuese a decir que en un futuro próximo en un país como España iba a poder irse a las playas y a los bares, pero los estudiantes de todas las etapas no podrían ir a sus centros escolares, bien podríamos pensar que estaríamos hablando de una distopía.

En estos últimos meses han ocurrido muchas cosas de las que podría decirse fácilmente que pasarán a la historia. La pandemia y el confinamiento de casi todo el planeta han generado muchísima literatura en la Red en muy poco espacio de tiempo. Han surgido voces de personas expertas en casi todas las disciplinas científicas, sociales y económicas que pudieran tener relación con el impacto del virus en el planeta, pero de todas ellas, tal vez la que ha generado una controversia mayor tras lo relacionado con la seguridad sanitaria es la del ámbito de la educación.

distopía

La polémica que se ha focalizado en el mundo educativo durante este tiempo, sin parangón en la reciente historia, tiene que ser motivo suficiente para que entre todos los agentes implicados en él se haga una reflexión profunda y una autocrítica contundente. Que hayamos llegado a finales de mayo de 2020, momento en el que se abren al público multitud de actividades de ocio, deportivas, lúdicas, culturales, de consumo y divertimiento variado, aún con un océano de dudas sobre lo que podría ser la incorporación del alumnado a las escuelas, no es que sea ni malo ni bueno, ya que la dicotomía del mal y del bien es, a mi juicio, imprecisa e inapropiada para lo que está ocurriendo; simplemente, lo que está ocurriendo en la educación española da mucho que pensar.

Y no solo da para que sigan vertiendo ríos de tinta digital los sectores sociales que cargan con lógico malestar en sus espaldas con esta incertidumbre (sindicatos, asociaciones representantes de familias y alumnado, equipos directivos, profesorado…), sino que debe servir de lección para todas las personas que en esferas de poder hayan estado tomando decisiones o dejándolas de tomar por cualquier motivo en estos últimos meses. Y es que, reitero: que las escuelas sigan cerradas para la actividad lectiva con el alumnado de la mayor parte de las regiones de España mientras la población puede ir a las playas o al cine no es ni mejor ni peor porque eso siempre dependerá del opinólogo que emita el juicio y la óptica desde la que se vea una realidad que siempre es plural y compleja: sí que creo, sin embargo, que es un toque de atención sin precedentes para los poderes públicos encargados de gestionar un segmento crucial al que se destina en este país más de 50.000 millones de euros al año.

Fracaso de la colectividad

Y ojo, no hablo de vencedores ni de vencidos; de triunfadores o de derrotados. Lo que está ocurriendo con la educación española es un fracaso de la colectividad, y ahora no son los estudiantes lo que están arrojando resultados preocupantes en sus pruebas de nivel estandarizadas y homogeneizantes: ahora quien está dando una imagen negativa es el propio sistema, entendido este no como una entelequia, sino como la suma de muchos esfuerzos colectivos en una sociedad que aspira al desarrollo pleno, y en la que sus máximos responsables son los que más poder económico y político tienen.

Y no creo que, con esta idea, haya que echarle la culpa y “arrojar a la hoguera” a las personas que controlan con sus competencias la estructura educativa de un país o región; considero que gobernar en esta situación de una complejidad sin precedentes es una tarea tremendamente complicada que también necesita de cierto respaldo -hasta ahí llega el compromiso de la ciudadanía, eso que llaman ahora “disciplina social”, hacer lo que nos dicen que hagamos porque es lo mejor-. El problema está en el propio esqueleto de la estructura, en su identidad y en su construcción como entramado jerárquico en el que las redes digitales y los medios son configurados como altavoces ideológicos de quienes ostentan el poder, y no como la suma de voces que construyen de forma coral los distintos papeles de la res pública en sus vértices de la educación y la sanidad.

La costumbre humana de aferrarse al sillón de poder y amplificar el sonido de los aparatos controladores del estado en momentos difíciles (guerras, catástrofes…) ha vuelto a hacer su aparición en los tiempos de la COVID-19. Y lo ha hecho en su afán por dictar normas, órdenes e instrucciones variopintas y nacidas muchas veces del “corta y pega”, que en el terreno de la emergencia sanitaria sirven para alertar a la población -aspecto fundamental, no debe negarse-, pero que en el entramado de la educación, su eficacia y valor es discutible. Y lo es porque la educación es un acto profundamente humano y diverso, no una batalla contra nadie ni una prueba que superar; un acto plural en el que las voces que menos se oyen son las que más necesitan ser escuchadas, por su propia condición de minorías silenciadas. Y eso, creo, no ha ocurrido en estos últimos dos meses.

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Soluciones

¿Soluciones? Complicado. Complicado sobre todo si la reconstrucción que necesita el mundo educativo no pasa por un resquebrajamiento de la propia estructura tradicional, que sigue siendo herencia del enciclopedismo ilustrado: unos hablan y enseñan mientras que otros escuchan y aprenden.

Entidades educativas como las universidades de Harvard o Cambridge ya han anunciado propuestas innovadoras para el año que viene, propuestas que pasan por desterrar el presentismo, favorecer la conciliación de la comunidad educativa o construir modelos de enseñanza semipresenciales que atiendan más a las necesidades del mundo actual. Sin embargo, esta transformación vuelve a llegar desde instituciones con tremendo raigambre y solera, mientras que lo público, en educación, sigue a la espera de los dictados de las voces iluminadas que dicen desde fuera cómo tiene que actuarse mientras, desde dentro, docentes, familias y alumnado se afanan por intentar solucionar sus problemas de la cotidianeidad, porque es desde ahí, desde lo que ellos y ellas piensan, sufren, padecen o idean, desde donde se construye la vida, se alienta el progreso y se mantiene la esperanza.


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Licenciado en Filología Hispánica y en Ciencias de la Información (Rama Periodismo) por la Universidad de La Laguna, ejerce como profesor de Lengua Castellana y Literatura del cuerpo de docentes de Canarias desde 2006 y dirige en la actualidad el IES San Benito (Tenerife). Se ha formado principalmente en los campos de las Tecnologías de la Información y la Comunicación aplicadas al enfoque de la enseñanza competencial, métodos de la adquisición de la competencia en comunicación lingüística y aplicaciones didácticas de los medios de comunicación. Participó en el Plan Canario de Evaluación de Diagnóstico de la Competencia en Comunicación Lingüística y tiene diversas publicaciones para la Consejería de Educación de Canarias sobre la elaboración de situaciones de aprendizaje en la materia de Lengua Castellana y Literatura, además de ponencias y comunicaciones sobre competencias clave, metodología de la enseñanza de la lengua española y la literatura, así como sobre la radio y el periódico escolar como recursos didácticos. En 2018 crea el programa educativo internacional El Español como Puente, un hermanamiento intercultural entre multitud de docentes y estudiantes de español de todo el mundo que pretende convertir la diversidad en una forma de aprendizaje permanente. El proyecto fue presentado en la Real Academia Española y en la Delegación Española Permanente en la Unesco en 2019. El 19 de junio de 2019 es condecorado por el Rey Felipe VI con la Cruz al Mérito Civil por su labor en el campo de la enseñanza.