PREJUICIOS

Hay dos líneas de significado respecto al concepto de prejuicio en la tradición filosófica. La primera viene de la Ilustración y considera a los prejuicios como obstáculos o límites infranqueables para el desarrollo de la razón humana:

Un prejuicio siempre es

algo peyorativo

Otra tiene su mejor ejemplo en la tradición hermenéutica, en ella los prejuicios son constitutivos de cualquier saber o perspectiva de conocimiento. Como nos enseñó el maestro Gadamer, un prejuicio no es algo negativo, es un componente con el que hay que contar y revisar su pertinencia en cada interpretación. Dos tradiciones, dos significados de prejuicio.

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En el debate educativo la existencia de prejuicios es muy evidente. Desde INED21 en nuestra línea de realismo educativo, queremos dar transparencia y claridad en esa trama que no se explicita, de lo que denominamos prejuicios educativos. Hoy iniciaremos esa línea reflexiva con dos prejuicios que aparecen constantemente en los comentarios y debates, tanto presencialmente como en la Red.

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Primer prejuicio

Defender la excelencia o el mérito es minusvalorar la igualdad. Repetiremos un enunciado que sintetiza nuestra posición: igualdad de oportunidades no es lo mismo que igualdad de mérito. Hacer esta afirmación no supone decir que la igualdad de oportunidades no sea necesaria, lo es. El prejuicio consiste en esas posiciones apresuradas que solo escogen una parte del enunciado, una parte y no el todo. Un sistema debe recompensar a aquellos que hacen un buen trabajo, no igualar sistemáticamente aquello que no es igual. ¿Por qué? Porque no recompensa y no mejora al individuo ni al sistema.

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Segundo prejuicio

Defender la competencia evaluativa es no tener en cuenta los fines sociales de la educación. No conocemos ningún sistema social que haya mejorado sin competencia entre los componentes que lo estructuran. Evaluar no es fiscalizar, evaluar es reconocer los puntos fuertes y débiles de nuestras prácticas individuales y de grupo. El prejuicio consiste en afirmar que lo anterior es una crítica y un ataque a la educación pública. Es lo contrario: en una sociedad del conocimiento cualquier sistema implica una cultura evaluativa. Lo repetimos: no es el problema cultura de la evaluación sí o no, el verdadero debate es qué sistema de evaluación elegimos.

DEBATIR

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Es el lector el que tiene la libertad crítica de asumir si es ilustrado o hermeneútico en su acercamiento a los prejuicios. Sea cual sea su posición, sacar a la luz estos prejuicios, es un ejercicio de claridad que aquellos que venimos de la tradición filosófica, le debemos a Ortega y Gasset. Claridad para construir un debate educativo con argumentos, no con prejuicios.

Las posiciones ideológicas, siempre legítimas en cualquier debate democrático, no pueden ser una coartada para anular un debate educativo con argumentos. Defender una posición y línea educativa no es, simplemente, adscribirse a un partidismo cortoplacista. Dicho de otro modo: argumentar educativamente es algo más complejo y realista, que posicionarse desde una ideología concreta.

Sigamos con nuestro ejercicio de análisis. Los diferentes prejuicios que vamos enunciando tienen dos fuentes principales: la Red en su multiplicidad de opinión y comunicación y, segunda fuente, los diferentes foros presenciales y mediáticos ( tv, radio, periódicos…), donde el debate educativo se desarolla y se amplifica. El análisis filosófico es un oasis de pensamiento en esta velocidad informacional, un análisis que se pide provisional y abierto al debate. Debatir es un verbo democrático, tan necesario en nuestra memoria educativa.

PREJUICIOS

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Tercer prejuicio

Los principales factores de cambio educativo son las leyes educativas. Este prejuicio político y social tan extendido, se podría resumir de este modo: la promulgación y aplicación de una nueva ley educativa, es el principal factor de cambio para la mejora de los resultados educativos. Un espejismo de explicación por el siguiente argumento. Como indica la evidencia científica y de investigación, el principal factor de calidad educativa es quién da clase y cuál es su trabajo de aula: el quién y el qué. Hemos dicho el principal, matizando que hay otros factores importantes. La proliferación de legislación educativa en nuestro país tiene como consecuencia, lo que denominamos el síndrome lampedusa: que todo cambie, para que todo siga igual. Lo importante no se identifica o se obvia

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Cuarto prejuicio

La responsabilidad educativa nunca es del que la enuncia. En nuestra línea de contenido hemos analizado las dos estrategias principales para evadir nuestra responsabilidad concreta. Primera estrategia: la responsabilidad principal es del otro. Son los demás siempre quien son los culpables de la situación educativa: partidos políticos, profesores, padres, sindicatos,la tradición cultural…Segunda estrategia: la responsabilidad difusa. Se asume la responsabilidad, pero con un matiz: todos somos igualmente responsables. Consecuencia: nada cambia, ya que todos hemos sido los causantes del problema educativo. Dicho de otro modo: decir la sociedad es un universal vacío que no tiene ninguna consecuencia.

Frente a lo anterior, reivindicamos la única responsabilidad realista, la responsabilidad concreta: es autocrítica y difícil, pero la única que empieza el verdadero cambio. La otra opción desemboca en una paradoja:

Los problemas educativos se construyen

sin que nadie tenga responsabilidad directa