Hace poco iniciábamos una línea de reflexión que tenía un objetivo: ir descubriendo y analizando lo que identificamos como prejuicios educativos. La buena acogida del mismo nos confirma en una sospecha: las posiciones ideológicas, siempre legítimas en cualquier debate democrático, no pueden ser una coartada para anular un debate educativo con argumentos. Defender una posición y línea educativa no es, simplemente, adscribirse a un partidismo cortoplacista. Dicho de otro modo: argumentar educativamente es algo más complejo y realista, que posicionarse desde una ideología concreta.

Sigamos con nuestro ejercicio de análisis. Los diferentes prejuicios que vamos enunciando tienen dos fuentes principales: la Red en su multiplicidad de opinión y comunicación y, segunda fuente, los diferentes foros presenciales y mediáticos ( tv, radio, periódicos…), donde el debate educativo se desarolla y se amplifica. El análisis filosófico es un oasis de pensamiento en esta velocidad informacional, un análisis que se pide provisional y abierto al debate. Debatir es un verbo democrático, tan necesario en nuestra memoria educativa.

Tercer prejuicio: los principales factores de cambio educativo son las leyes educativas. Este prejuicio político y social tan extendido, se podría resumir de este modo: la promulgación y aplicación de una nueva ley educativa, es el principal factor de cambio para la mejora de los resultados educativos. Un espejismo de explicación por el siguiente argumento. Como indica la evidencia científica y de investigación, el principal factor de calidad educativa es quién da clase y cuál es su trabajo de aula: el quién y el qué. Hemos dicho el principal, matizando que hay otros factores importantes. La proliferación de legislación educativa en nuestro país tiene como consecuencia, lo que denominamos el síndrome lampedusa: que todo cambie, para que todo siga igual. Lo importante no se identifica o se obvia…

Cuarto prejuicio: la responsabilidad educativa nunca es del que la enuncia. En nuestra línea de contenido hemos analizado las dos estrategias principales para evadir nuestra responsabilidad concreta. Primera estrategia: la responsabilidad principal es del otro. Son los demás siempre quien son los culpables de la situación educativa: partidos políticos, profesores, padres, sindicatos,la tradición cultural…Segunda estrategia: la responsabilidad difusa. Se asume la responsabilidad, pero con un matiz: todos somos igualmente responsables. Consecuencia: nada cambia, ya que todos hemos sido los causantes del problema educativo. Dicho de otro modo: decir la sociedad es un universal vacío que no tiene ninguna consecuencia. Frente a lo anterior, reivindicamos la única responsabilidad realista, la responsabilidad concreta: es autocrítica y difícil, pero la única que empieza el verdadero cambio. La otra opción desemboca en una paradoja: los problemas educativos se construyen sin que nadie tenga responsabilidad directa.