«¿Por qué es subversiva la historia?

Los seres humanos hacen historia mediante sus acciones sobre la naturaleza y sobre ellos mismos. La historia, por tanto, trata de la lucha humana: en primer lugar, la lucha con la naturaleza como fuente maerial de la riqueza que los hombres crean -comida, vestido, refugio-, y, en segundo lugar, la lucha con otros humanos por conseguir el control de esa riqueza».

Ngûgî wa Thiong’o «Desplazar el centro. La lucha por las libertades culturales», Raig Verd, 2017, p.158 – traducido del catalán.

¿Realmente es honrado seguir explicando la historia de Occidente (sea eso lo que sea) como si fuera la historia de toda la Humanidad? ¿Será útil y beneficioso explicar el mundo únicamente desde el país (rincón) en que nos tocó nacer como si ese localismo fuera a perpetuarse o tuviera que hacerlo?

¿Cuál es la importancia real de Carlos III o de Jaume I en la marcha de la Humanidad? ¿Es el currículo un todo accesible con sentido o sólo la selección que le interesa a alguien? Totalidad, accesibilidad, sentido, selección, interés. Creo que esos son los temas.

Antiguamente, sólo estudiaban los nobles y la historia era la de su linaje y la del de sus iguales. Sólo con la Ilustración empezó a verse mejor el mundo y Voltaire podía interesarse por la Historia de China o sir William Jones tejía un tapiz de lenguas eurasiáticas (indoeuropeas).

La Historia, con mayúsculas era europea, los otros continentes aportaban lingüística, antropologia o etnología. Y el siglo XIX organizó la Universidad.

Y de ella salían los parlamentarios, los primeros ministros y los administradores coloniales. América había sido arrasada, Asia secuestrada y África estaba siendo saqueada. Sólo los saqueadores tenían historia porque podían permitírselo y servia para diferenciarse unos de otros, aunque fueran dolorosamente parecidos.

Se tenía básicamente la Historia de Inglaterra, la Historia de Francia, la Historia de España y, después, se pergeñó la Historia de Alemania y la de Italia. Rusia sigue luchando con su Historia desbaratada, tal vez como el mundo árabe. China había tenido mucha historia escrita, pero no supo hacerla valer para todos.

India hipertrofió su espiritualidad, pero descuidó su historia, algo sacamos de aquella. Sólo Japón supo aceptar el reto y crear su Historia, aunque la torciera y absorbiera los peores ejemplos. El resto de pueblos del mundo se deja historiar o pleitea trabajosamente en este mismo momento por sedimentar una Historia justo cuando sus conquistadores empiezan a fracasar.

Las historias de Francia, Inglaterra o España siguen siendo bonitas, fuente de cuentos y ambiciones, pero ¿seguirán siendo útiles a medio o largo plazo? ¿Sirven las historias nacionales para el futuro de la Humanidad? En una Historia de la Humanidad, los que fueron sabios o pretendieron serlo son incontrovertibles. Sacamos algo de ellos sean de donde sean y vivieran la época que vivieran.

Los personajes de acción, en cambio, empequeñecen y hay que interpretarlos. Cuánto decidieron y qué calidad tuvieron sus decisiones. Qué beneficios y perjuicios recibimos de ellos. En cualquier caso, difícilmente, construiremos una Humanidad si seguimos pensando nuestra historia de manera tribal o nacional.

A los profesores de Historia, no sé si los preparamos para explicar o conducir a sus alumnos en una historia honesta de la humanidad entera. Y tal como están las cosas, me temo que es lo que tocaría. Europa pareció emprender un camino interesante después de sus apocalipsis anunciados y cumplidos del siglo XX, pero ahora mismo está enferma de historias nacionales.

Y no me refiero sólo a las de regiones levantiscas. Tal vez, la de sus imperios fracasados sean las más tóxicas para la generosidad que comporta toda Unión. El «grande» tiene siempre la tentación del veto. El «pequeño» sabe que no puede recurrir a otra cosa que al pacto.

La «grandeza» de China, de India o el despecho de Rusia y la desorientación de América del Norte tal vez nos acaben cocinando algún apocalipsis imprevisto de esos sin los cuales la Humanidad parece que no sabe avanzar. Sin embargo, a la escuela le toca seguir cultivando la sabiduría en medio de la ceguera. Como en la Alta Edad Media o en la ficción de Mad Max 3.

Después de los apocalipsis, todo recomienza con la escuela.

Tal vez, también pueda prevenirlos

La clase de historia es el ejemplo típico de programas curriculares que se desbordan. ¿Quién incluiría además las historias asiáticas, americanas o africanas? No ya para los alumnos sino para los mismos aspirantes a profesores. A no ser que cambiemos de perspectiva.

Hasta qué punto ya se esté cambiando en esta o aquella aula no lo sé. Pero una reflexión general sobre lo que puede hacerse no sobra, creo. Y un principio puede colegirse de los elementos brutos del problema:

El ser humano y su ambiente (circunstancia, que diría Ortega), teniendo en cuenta que el mismo ser humano es ambiente para sí mismo.

Es evidente que en Historia no puede prescindirse de la Geografía. Ni de la Geología, Meteorología o Ecología. Recuerdo que ya en los años 70 descubrí un libro que me pareció curioso de la poliédrica editorial Labor: H. y G. Termier, Trama geológica de la historia humana (Nueva Colección Labor, 23, posiblemente inencontrable).

Por primera vez, fui consciente de que la historia humana quizá tuviera más influencia de los cambios de clima o del curso de los ríos que de los cambios de humor de Felipe II. Con el tiempo, eso ha sido notorio y tenemos documentadas las épocas frías y cálidas (gracias a Brian Fagan y a editorial Gedisa), las epidemias, las erupciones volcánicas y los grandes terremotos (John Withington en Turner, 2009)… y, sobre todo, los esfuerzos humanos por superarlos, victoriosos o fracasados.

Jared Diamond nos ilustra sobre como colapsan las sociedades por falta de conocimiento (Colapso,  debolsillo, 2015) y los desastres que nos causamos nosotros mismos están bien compilados por Matthew White (El libro negro de la humanidad, CRÍTICA, 2013). Pero:

¿Qué profesor puede reunir toda esa información para

una reforma curricular que nadie le facilita?

Ahí estaría la virtud de una nueva edición escolar. Una empresa de los editores que podría poner en pie todas las historias de la Humanidad con sus personajes y sus circunstancias para que cada escuela pueda conocer y discutir su Historia, que es la de sus profesores, sus alumnos y, por extensión, la de toda la Humanidad.

Los mismos libros pensados para los niños o los jóvenes pueden ser fuente inagotalbe de renovación cultural para los maestros. Escritos por personas que no saben la Historia de toda la Humanidad, pero que entre todos tejen una red que la va completando en cantidad, calidad y perspectiva.

Para que los profesores completen su imagen del mundo y los alumnos la comiencen asistidos por la experiencia de aquellos. Y en esa historia podrían verse reflejados todos los alumnos (y también profesores, por què no) vinieran de donde vinieran.

El día que se presenten seres alienígenas, ya improvisaremos otro cambio de paradigma. Pero primero intentemos cimentar éste.

¿De qué se compondría?

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Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.