Ponte mis zapatos y sabrás lo que siento1

La noche anterior a una cita importante, Pablo era incapaz de dormir. Repasaba una y otra vez la posible conversación que mantendría con los padres de Rubén. Debía exponerles todo lo que había averiguado sobre lo que ocurría en su clase y que debían solucionar lo antes posible. “Antes de que sucediera algo más grave”, pensó. No podía demorarlo. Para ello necesitaba la ayuda de los padres y esperaba tenerla, pero la reunión podía dar un giro inesperado. Por eso, Pablo quería controlar todas las posibilidades. Quería ir preparado.

Era en esos momentos cuando Pablo reflexionaba sobre su profesión. Le fascinaba su trabajo. Tenía suerte de dedicarse a algo que le apasionaba. No todos podían presumir de tal hazaña y sabía que acababan amargados en empleos que odiaban. Él daba las gracias cada día por la suerte que había tenido. Aunque nadie le contó las horas que debía pasar en casa preparando actividades, juegos, corrigiendo o llenando su cabeza de preocupaciones… tal y como le pasaba en ese momento.

Era en momentos como aquel que entendía por qué

le decían que la profesión de maestro era vocacional.

Pero nunca renunciaría a compartir aquellas sonrisas (y lágrimas) con sus alumnos, aprender de ellos (casi más que al revés), al reto que supone formar a grandes personitas que se convertirían en futuros maestros, arquitectos, mecánicos, médicos, cajeros o barrenderos… daba lo mismo a qué se dedicaran, siempre que fueran buenas personas, Pablo había cumplido su propósito, por eso le preocupaba tanto el caso de Rubén. Le costaba creer que uno de sus alumnos hubiera podido cometer alguna incidencia.

El día anterior, Pablo había recibido un correo de una madre de un niño de su clase transmitiéndole su preocupación porque, según lo que le había contado su hijo, había varios compañeros del curso que lo intimidaban. Contaba que hacía días que lo creía enfermo y lo llevó al médico cuando vio que no se recuperaba. Tal fue la sorpresa de la madre cuando el doctor le dijo que no tenía nada físico y que eran nervios, que no desistió hasta que su hijo le contó lo que le venía ocurriendo desde hacía varias semanas.

Le sorprendió enormemente aquel hecho porque nunca le había comentado nada, ni él como su tutor había sospechado nada, ni ningún otro profesor le había hecho ningún comentario al respeto. Estaba dolido ya que su alumno no había confiado en él lo suficiente como para contárselo. Aunque sabía que era muy común que los niños que se sentían amenazados lo escondieran por miedo a una consecuencia peor, le dolió por la poca confianza, pero más por no haberse dado cuenta de que algo pasaba. Tenía que solucionarlo.

–Espero que Rubén les haya contado por qué les he citado con tanta urgencia. Hay un asunto que me gustaría aclarar y zanjarlo hoy mismo. Para ello necesito su ayuda. –Les dijo Pablo después de las presentaciones formales.

–Nuestro hijo no ha hecho nada y no entiendo por qué estamos aquí. –Saltó su padre a la defensiva sospechando que Rubén se había metido en algún lío.

–Disculpe, Sr., el “no hacer nada” es relativo y más cuando su hijo ha reconocido que él defendía a un amigo. Si se vuelve a sentar podré contarte lo que he podido averiguar y lo que Rubén me cuenta. –Se detuvo un par de segundos para dejar que el despacho volviera a su estado de tranquilidad y escucha, para después proseguir. –Al parecer, hace un par de semanas, hubo un conflicto entre un amigo de su hijo y un compañero de clase por una jugada de fútbol. Según me cuenta el resto de compañeros, hubo una entrada, digamos, “forzosa” por parte del otro compañero. Pero, este reaccionó rápidamente, pidió disculpas y le ayudó a levantarse del suelo. El amigo de Rubén no se lo tomó bien porque, a consecuencia de la caída, perdieron el partido y la clase no paró de hacer comentarios al respecto durante un par de días.

–¿Y qué tiene que ver Rubén en todo eso? –Le dijo su madre ansiosa por saber.

–Ahora se lo explico. Lo que no he podido averiguar es si fue de manera voluntaria o por petición de su amigo, Rubén, desde el momento del encontronazo no para de incordiar y atemorizar al otro compañero. Le obliga a quedarse en el banquillo y lo amenaza con que acabará en el suelo si juega.

–Hombre, pero eso son cosas de críos. Peleas sin importancia. Yo soy el primero que le digo que se debe defender, ser fuerte y no sentirse ninguneado por nadie. Él no es ningún blandengue que se deje amilanar por cualquiera. –Interrumpió el padre de Rubén con total tranquilidad, orgulloso de las enseñanzas que le daba a su hijo.

–Discúlpeme, pero no estoy de acuerdo con usted. Hay muchas maneras de protegerse si uno se cree atacado y, una de ellas, no es la fuerza. Violencia con violencia no arreglan las cosas. Aquí defendemos el diálogo y el respeto. Y, Rubén, por su estructura física, impone. No necesita intimidar a nadie. Está muy bien que tenga ese sentir de la justicia, ser amigo de sus amigos y luchar por lo que uno cree. Pero eso no significa que deba utilizar la amenaza como arma para la victoria. El otro muchacho se disculpó, ayudó a su amigo y se arrepintió. Ese compañero hace unos días que no quiere venir al colegio por miedo. Miedo a su hijo y a que cumpla sus amenazas.

–Creo que ese alumno suyo es un exagerado. Seguro que son bromas. Todos las hemos cometido y las hemos recibido. –Intentó defenderse el padre de Rubén.

–Lo que puede ser una “broma” para su hijo puede amargar la existencia a otra persona. Y para que me entiendan mejor, me gustaría hacer un ejercicio con Rubén y con ustedes.

A regañadientes y con el apoyo de la madre de Rubén, el padre accedió. Pablo hizo llamar a su alumno para que acudiera al despacho junto con sus padres. Quería hacerles ver lo que estaba sufriendo su otro alumno. Para Pablo, la felicidad de todos sus alumnos era lo más importante. Tenía que conseguir una convivencia sana entre ellos, que se respirara el respeto que él promulgaba y que volviera a aparecer una sonrisa en sus rostros.

Cuando llegó Rubén al despacho miró a su alrededor. Quería comprobar si sus padres estaban enfadados con él. Por la mirada de ellos, “no excesivamente” pensó. “Ese pequeñajo se lo tiene merecido. Así a la próxima no se atreverá a tumbar a mi amigo”, se justificó mentalmente.

–Muy bien, Rubén, toma asiento. He estado hablando con tus padres y estos han accedido a hacer un ejercicio de visualización conmigo. ¿De acuerdo?

No sabía exactamente a qué se refería su profesor pero él estaba tranquilo porque tenía a sus padres de su parte. Por eso, asintió sin más.

–Estupendo. Empecemos pues. Les rogaría que cerraran los ojos y que respiraran lenta y profundamente. Sí, Rubén, tú también.

Pensó que seguramente le tacharían de loco por hacer aquello pero esperaba que resultara como esperaba.

–Bien. Imaginen que Rubén va a por el pan y se encuentra a un hombre allí que está a punto de salir, pero, al ver a su hijo se espera a que termine. Le abre la puerta y se despiden. Su hijo no lo conoce de nada y piensa que ha sido muy amable. Aún tiene que comprar varias cosas que le han encargado y entra en el supermercado. Llena el cesto con la comanda y se pone a la cola. Cuando lleva un par de minutos esperando, le recorre una sensación por la nuca, como si alguien le estuviera observando. Cuando se gira, ve a aquel hombre de la panadería que le saluda y él le devuelve el saludo sospechando que debe conocerlo de algo. Vuelve a su casa y, justo cuando sube en el ascensor, oye una voz que le dice “Espere, por favor”. Abre la puerta sin saber qué vecino es. Cual es su sorpresa cuando se encuentra a ese mismo hombre que le da las gracias y entra en el habitáculo. De repente para Rubén aquel espacio se reduce a la mitad. Intenta disimular leyendo el periódico que su padre le ha encargado. El hombre se acerca para leer los titulares pero no le dice nada. Rubén empieza a hacer respiraciones de corto trayecto, le sudan las manos y se mancha los dedos de la tinta del diario. ¿Cuánto tarda el ascensor para llegar a su piso? En ese momento se da cuenta de que aquel hombre no ha marcado ningún botón. ¿Irán al mismo? Suena la campanilla que indica la llegada a su altura. Rubén baja rápidamente y coge las llaves para abrir deprisa. No sabe ni siquiera si le ha dicho adiós. Está a salvo. Ya está en su casa, con su familia. Aquellas paredes le protegen de… ¿de qué? Ha sido una tontería y no debe de darle importancia, se tranquiliza y respira con normalidad. Cuando termina sus tareas en casa, ustedes le dejan ir al centro comercial con los amigos. Una vez allí, con sus amigos y de risas, Rubén para en seco. Le ha parecido ver a aquel hombre. No puede ser, allí también. Su hijo empieza a hiperventilar. Está muy nervioso y decide irse a casa. Sí, en casa podrá resguardarse. El camino a casa no es mejor. Está muy nervioso y oye pasos detrás de él. Se gira. Hay gente, pero nadie conocido. Tampoco ese hombre. Ya no anda. Empieza a correr por si…

–Por favor, pare. Pare ya. Mamá, dile que se calle. –Chilló Rubén sorprendiéndolos a todos con sus gritos y con sus llantos.

–Sí, por favor. Pare. Ya lo hemos entendido. –Le rogó la madre abrazando a su hijo, intentando consolarlo.

–Discúlpenme, yo simplemente quería que supieran cómo se siente ese niño que no viene al colegio porque está atemorizado por lo que pueda hacerle Rubén. Que dónde se siente protegido es en su casa, junto con sus padres. Y no venir al colegio para no encontrarse con Rubén es su único deseo. De vez en cuando es necesario ponernos en los zapatos de la otra persona y saber lo que sienten con nuestros actos. Porque cada persona tiene sus propios sentimientos, deseos y temores. No todos reaccionamos de la misma manera. Pero, hay que saber lo que podemos provocar con nuestras acciones y cambiarlos.


1 N. de la A.: Cuento sobre cómo combatir el acoso escolar: «Ponte mis zapatos y sabrás lo que siento» donde se trata la empatía, el respeto y el acoso escolar. Lo que una parte de la ecuación piensa que es una broma o «cosas de críos», hay otra parte que sufre.

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Profesora de Secundaria en el C.E. Marni de Valencia desde hace más de diez años, imparte la asignatura de “Valencià: Llengua i literatura”, es Jefa de Departamento de Lenguas Vernáculas y, desde hace tres cursos, profesora asociada en el Departamento de Didáctica de la Lengua  y la Literatura en la Universidad de Magisterio de Valencia. En 2015 publicó su primera novela juvenil en valenciano, Princesa d’Or, con la editorial Tabarca. También ha publicado diferentes artículos de investigación sobre Flipped Classroom.