Días atrás la Directora Gral. de Personal de la Consejería de Educación Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, en televisión, habló sobre la falta de docentes de Secundaria en las aulas canarias y afirmaba que no se iba a baremar a los docentes, sino a comprobar que tuvieran la titulación correspondiente.

Con todos mis respetos a la Directora General –que me consta que es profesora de Secundaria–, afirmaciones de este tipo no hacen más que poner en entredicho la calidad de la educación pública canaria.

Los que somos padres lo sabemos por experiencia, que no es fácil elegir centro educativo, y buscamos el mejor en la medida de nuestras posibilidades. No solo esperamos que sea un centro que forme a nuestros hijos para superar, curso a curso, sin problema; sino que también buscamos que haya un proyecto educativo interesante, y que los docentes sean profesionales de calidad. Porque el día que dejamos a nuestros hijos por primera vez en la escuela sentimos cierto desasosiego –por lo menos a mí me ocurrió que estuve unos cuantos días con el estómago revuelto–. Porque a nadie se le escapa que dejamos a nuestros tesoros más preciados en manos de personas que no conocemos y en cuyas manos depositamos lo que más queremos. 

Los padres nos fiamos de unas personas que no conocemos de nada, que en la mayoría de los casos no hemos visto nunca, ni sabemos cómo es su vida fuera del aula, ni su formación. Tampoco sabemos cómo es en su práctica docente, ni el seguimiento que se les hace desde las instituciones públicas.

El sistema de acceso a los cuerpos de profesores debe cambiar radicalmente. Los docentes sabemos que este no es el mejor modelo, porque una oposición no deja ver al buen maestro.

Muchos opositores, y lo sabemos bien en el gremio docente, están entrenados para decir lo que el tribunal quiere escuchar; sin embargo, donde, verdaderamente, se ve la aptitud de un buen profesor es en el aula. Por ello, los docentes deberían empezar por la práctica en el aula, por una práctica supervisada por otro docente –con experiencia– que actúe de mentor, de acompañante y que sea capaz de evaluar su desempeño; donde se vea, no tanto los contenidos que domina –que está bien–, sino lo más importante para la profesión: el verdadero docente debe emocionar a su alumnado. Es decir, que se sienta realmente que el alumnado está feliz en clase, que quien profesa tiene empatía, que sabe descubrir los talentos de cada uno y que la atención a la diversidad –para él o ella– sea una asignatura imprescindible. Que sea capaz de trabajar en equipo de manera colaborativa y que esté dispuesto a que el aprendizaje sea competencial; esto es, que verdaderamente prepare a los alumnos para ser ciudadanos del Siglo XXI. 

Las comparaciones son odiosas pero si comparamos a los docentes con los médicos, a nadie se le ocurre poner a un médico recién titulado al frente de una operación quirúrgica, por muy buenas notas que haya tenido en la carrera.

¿Por qué con los docentes sí? Los médicos curan el cuerpo, pero los maestros son los encargados de poner los cimientos de esos futuros médicos, enfermeros, fontaneros, dependientes… y tendrán que desenvolverse en el mundo, rellenar instancias, leer facturas, hacer la compra, conducir vehículos, etc, etc. El maestro es el que marca a las personas, cualquiera que sea su vocación y, en muchas ocasiones, son DETERMINANTES para el futuro personal y profesional. 

¿Por qué no pedimos la reforma del Real Decreto 84/2018, de 23 de febrero que modifica el Real Decreto 276/2007, de 23 de febrero, por el que se aprueba el Reglamento de ingreso, accesos y adquisición de nuevas especialidades en los cuerpos docentes?

Muchos docentes están de acuerdo en el MIR docente, pero no ese MIR que te da la llave de entrada y sin retorno, sino te da el acceso a la formación, remunerada, y donde se detecte a los profesionales incompetentes para que no puedan «destrozar» el futuro de nuestros hijos e hijas. 

Quiero terminar con una frase del profesor Francisco Mora: «La educación, la verdadera educación, es el único instrumento humano capaz de ayudar a alcanzar mejores seres humanos. Humanos más honestos, más profundamente capaces de ver «al otro» como a uno mismo. El ser humano es lo que la educación hace de él. Pocos son los que lo escuchan».