Me refiero a los saberes que enseñamos y su oportunidad. Haré un poco de historia tal como la he entendido:

Cuando, hace 400 años, el hombre optó por empezar a preguntarle al mundo, florecían los Studia Humanitatis. Y los filósofos se dividieron. Adiós a aquel saber tan bonito y tan falso de Aristóteles. Ya nunca un hombre solo, o mujer, podría ser sabio. El estudio del Hombre progresó lentamente en las humanidades aunque se mantuvo relativamente unido. Pero la Naturaleza empezó a trocearse haciendo que su estudio avanzara exponencialmente. No había más remedio que practicar el obligado y fructífero “reduccionismo” de que nos habla Edward O. Wilson en Consilience, la unidad del conocimiento (Galaxia Gutenberg, 1999). Bacon y Descartes lo entendieron. Aprarecieron la Química, la Física, la Fisiología, la Botánica, la Zoología, la Geología, la Lingüística y hasta la Física Social, convertida luego en Sociología (y muchísimas más ciencias y/o disciplinas como prefiero llamarlas). Y apareció el bachillerato actual.

Al común de los niños se les educaba en la escritura, la aritmética y la religión (los rudimentos de la enseñanza medieval) hasta que decidieran o “les decidieran” a encaminarse por el mundo del saber. La democracia o sus remedos acercaron (ya en el siglo XX) la enseñanza primaria a la secundaria. ¿Por qué habría de privarse a todos de una cierta “bachillería”? Además, según avanzaba el saber troceado, los bachilleratos se volvían más exigentes y requerían cierta preparación. Aprendan pues los pequeños rudimentos de ciencias. Juntas pero no revueltas.

Y ahora que tenemos las ciencias bien troceadas en la educación, van ellas y se revuelven en el mundo adulto para formar preciosos cuadros de conjunto. Ahora que las matemáticas llegan hasta la Psicología y la Política, les entra a los sabios nostalgia de la unidad perdida (según Jeremy Rifkin estamos viviendo la Segunda Ilustración). Al fin y al cabo que és el Hombre sino un “animal sabio” en un mundo vivo con reglas físicas, maniobrando en tres dimensiones físicas y una temporal, dicho en una frase que resumiría todo currículo posible (laico). Hemos pasado los últimos siglos desenterrando las piezas básicas del puzzle del Universo y justo ahora empieza a tener forma de cuadro y se ve el conjunto.

¿Hemos de seguir troceándoselo a los niños y a los adolescentes? Trocear fue sólo un “imperativo operativo”. Hay quien piensa que la mente personal y la social funcionan semejantemente. Lo que fue necesario a la sociedad en su “infancia”, compartimentar en aras del orden, es necesario también en la infancia de la persona, dicen. Cierto que enseñar por asignaturas tiene orden. Pero es un orden ordenancista. Recuerdo cuando los alumnos se me revolvían perplejos preguntando “Pero profe, ¿esto no era de Sociales?” o “A ver, ¿esto es de Naturales o de Lengua?” Y yo sollozaba en mi interior “°°°¡Dios mío! ¡Estoy creando burócratas!°°°”.

Yo apostaría por que en algún momento del futuro, ser humano y ser filósofo fueran sinónimos. Pero mientras tanto tenemos la humanidad dividida entre pensadores y factores (sin que eso impida que los pensadores hagan y que los factores piensen. La cesura la hacemos a los 16. Posiblemente una de las razones es que muchos alumnos, por genética o porque los maltratamos económica y socialmente toda la infancia, a esa edad ya no aguantan más teoría (“¡Algo práctico, por Dios!” deben pensar).

Yo (y perdonen el egocentrismo) sugeriría que la teoría también puede ser muy práctica y que la escuela no tiene porque ser tan teórica. Y que seguir los pasos de la humanidad no es lo mismo que seguir los pasos de los científicos aunque sí dejarnos iluminar por ellos. Ellos fueron profesionales. Cada cual profesará lo que quiera pero todo el mundo deberá tener una IMAGEN completa (que no quiere decir detallada) de dónde y cómo estamos. Y la compartimentación no proporciona imágenes. Pogamos que en una clase ESO se estudian cielos, en otra, aguas, en otra, construcciones, en otra, figuras… Y después que cada cual componga la imagen completa del rompecabezas, si puede. Yo creo que Wert vuelve a eso.

Así que yo dejaría que los libros de texto feos y baratísimos o gratuitos (recuerden, un ‘servicio’ editorial) cargasen con el marrón de compartimentar (el orden oculto) y se dejase a la clase, a las bibliotecas y a los maestros el bello oficio de componer imágenes sobre el mundo y de evaluar a la persona en su conjunto. Después vendrán las compartimentaciones en los bachilleratos, los aprendizajes de la profesión científica o intelectual, pero con personas más sólidas y con una vocación más clara.