Me doy cuenta de que “educación de autor” es una etiqueta pretenciosa. Se me ocurrió el otro día. Pero tiene su explicación.

Yo diría que la educación que tenemos es bastante industrial. Quien haya escrito para libros de texto tendrá que haberse peleado con el número de caracteres, palabras y páginas. La maqueta manda mucho. Después están la tradición y la corrección. Si no se las impone uno ya se las impondrá el editor. El “texto” ha de ser intachable, incuestionable, será mirado con lupa. Si tiene éxito se le seguirá a pies juntillas. Si el maestro que da con él tiene una fuerte personalidad, el “texto” pasará a segundo plano y las familias le requerirán porque lo usa poco con el gasto que comporta. Sé que muchos no estarán de acuerdo pero yo veo una cierta lucha de personalidades o “voces”.

Yo lo que propongo es que en la educación haya todas las personalidades, todas las “voces” posibles. Creo que es la única manera de que no destaque ni la editorial ni el profesor, sino que destaque el alumno como juez último. No porque mande el alumno. No porque el alumno sepa lo que es bueno. Sino porque el contraste haya sido tan intenso que el sentido común se abra camino, que hasta los adolescentes lo tienen con ayuda del profesor. Modestas editoriales y modesto profesor.

Empezaré por las editoriales. Les cortaré el presupuesto para libros de texto (60.000 € poner uno en marcha, me dijo un editor en 2000). Les asignaré una nueva tarea.

TAREA NUEVA DE LAS EDITORIALES

Poner el currículo oficial en mural o cartilla para el aula o para el alumno. Tal vez 5 € por mural y 1 € por cartilla (que podría incluir todas las asignaturas del curso (para ir marcando y tachando, ya saben, pocas páginas y papel barato, que hay que educar a los jóvenes en la conservación de lo importante).

Publicar libros para el currículo. ¿Qué clase de libros? Aspectos del currículo motivados y motivadores. Con ideas, sentido, argumentos, humor (leve) y problema o modestia. Breves, que un joven no se compromete mucho si no sabe si vale la pena, el libro ha de ganárselo. Con un pelín de aparato y apéndices, para que se acostumbre al rigor y la documentación. Se pueden editar pequeñas bibliografías para un tema (pongamos la prehistoria) o libros singulares que muestren aspectos nuevos, perspectivas nuevas o avances científicos. Todos ellos se contendrán en la Biblioteca de Aula. La biblioteca será el “libro de texto” común para toda la clase. Tal vez un cincuenta por ciento del tiempo escolar consistiría en ir leyendo, discutiendo en grupo o en clase y ordenando. El contenido de la biblioteca se difundiría entre iguales al tiempo que se discuten las cuestiones. El resto, moverse, componer, explicar en voz alta o por escrito, en solitario o en grupo, autopublicarse y todo lo que el maestro, ahora auténtico director de orquesta, juzgue mejor para que sus alumnos se vuelvan competentes en todo. Pero volvamos a los libros.

¿Qué clase de libros? Me temo que los maquetistas y especialistas en artes gráficas perderían algo de peso de momento, pero sabrían reencontrarlo. Serían libros de autor. Lo explico un poco festivamente en un post de mi blog.

Libros escolares de autor. Señores editores, piensen en la cultura, no en el currículo ministerial. El mundo no cambia porque suba un ministro nuevo. Está ahí y avanza por su cuenta. Hay mucha gente capaz de explicarlo con brío y rigor. Científicos que antes sólo se acordaban de los jóvenes y los niños cuando se jubilaban y entonces publicaban un librito infantil. ¡No señor, su trabajo es en realidad para ellos! Periodistas cuya profesión les hace estar atentos a los avances de la ciencia. Profesores de instituto o de escuela que llegan a dominar temas y saben mejor que nadie cómo hacerse entender. Profesionales implicados en procesos económicos, sociales o culturales que, además, aman a los niños y a los menos niños. Y empresas, ¿por qué no?, que quieran divulgar su proyecto a la comunidad. Todos ellos capaces de ser magníficos ejecutores de una melodía cultural joven dirigida por editores expertos y amantes de la pedagogía (se supone que ya lo eran). Editores que cuiden su marca de estilo y que se singularicen por los temas que ponen en circulación o las perspectivas que aporten al saber de las futuras generaciones (me hubiera gustado saber por mis libros escolares que la pata de un caballo no era, en el fondo, tan distinta de la mía). Pequeñas editoriales: La educación ya no sería un coto privado de los grandes grupos editoriales. Los pequeños sellos podrían aportar sus granitos de arena y el saber y la creatividad social saldría ganando. Y de paso, los profesores también estarían al día con poco esfuerzo. Porque, ¿es a los adultos a quienes hemos de explicar cómo puede ser el mundo futuro?

¿Por qué se divulga tanto para adultos que ya tienen profesión y tan poco para jóvenes que necesitan vocación? De estudiar lo que el Estado y la industria diseña para los jóvenes a leer y discutir lo que la sociedad tenga que decir a todos los jóvenes. Estoy seguro que ese saber más “liberal” tendrá más permanencia y más recorrido en las mentes que toda la “prescripcion curricular” que intenta embutirse ahora. Y tal vez empezaremos a hacer bueno el dicho de que “toda la sociedad educa a un niño”.

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Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.