“Hemos asistido a muchas reformas educativas, pero los cuadernos del alumnado siguen igual” 
Juan Carlos Tedesco

En el último informe PISA 2012 se incluye una evaluación de la capacidad de los estudiantes para resolver problemas. ¿Qué mide esta competencia? La capacidad del individuo para comprender y resolver situaciones en las que la solución no resulta obvia de forma inmediata. Las puntuaciones medias obtenidas por los alumnos españoles se ubican por debajo de la media de la OCDE. Este resultado se explica por el gran porcentaje de alumnos (28%) que se sitúa en los niveles más bajos de competencia (frente al 20% de la OCDE), ya que el 8% que alcanza los niveles más elevados (5 y 6) es muy similar al porcentaje de la media OCDE (11%). La mediocridad es preocupante. Entre todos estamos haciendo un sistema educativo que no genera ni calidad, ni equidad.

Es evidente. Hay que cambiar las metodologías en las aulas para orientarlas hacia un saber aplicado, hacia un conocimiento puesto al servicio de la resolución de situaciones habituales. Si aceptamos que lo importante no es lo que se sabe, sino lo que se sabe hacer con aquello que se sabe, ¿por qué no lo trasladamos a las aulas? Es cierto que a pesar de lo que publica la prensa, la enseñanza es una profesión llena de personas extraordinarias y comprometidas. Pero es igualmente cierto, que un número significativo de docentes, debe y tiene que reciclarse totalmente.

Es inútil buscar fuera del aula, la raíz de los males de la educación, del éxito o del fracaso. El aula es, mejor dicho, debería ser, el centro de la verdadera reforma; y aquella tendría que someterse a un riguroso diagnóstico al constituirse en la célula básica de la planificación educativa. Por lo tanto, cualquier innovación que no pase por la gestión del aula, es inocua, estéril, árida, improductiva. Nos deberíamos preguntar continuamente lo siguiente: ¿qué aula hay detrás del alumno que fracasa?

El sistema de acceso a la función pública docente y selección del profesorado, junto con la formación inicial y continua, de maestros y profesores y el ejercicio de la función directiva, son claramente deficientes. Mientras esto no cambie, y los mejores talentos de la sociedad no sean los que se sitúen en las aulas, de nada servirán más medios materiales y humanos. Esto se conoce perfectamente a través de dos informes transnacionales solventes y basados en evidencias científicas: Infomes Mckinsey 2007 y 2009. Estos estudios resaltan la importancia de tres aspectos: 1) conseguir a las personas más aptas para ejercer la docencia, 2) desarrollarlas hasta convertirlas en instructores eficientes, y 3) garantizar que el sistema sea capaz de brindar la mejor instrucción posible a todos los niños. (Atención a la diversidad y personalización de los procesos de enseñanza-aprendizaje) Los sistemas que actúan así, demuestran que las mejores prácticas para alcanzar estos tres objetivos no guardan relación con la cultura del lugar donde se las aplica. Asimismo, también dan fe de que pueden lograrse mejoras de importancia en los resultados en el corto plazo, y de que la aplicación universal de estas prácticas podría tener enorme impacto para la mejora de los sistemas educativos con dificultades, donde quiera que estén. Resumiendo: la calidad de un sistema educativo tiene como techo la calidad de sus docentes.

Para solucionar los problemas de la educación no es necesaria una mayor financiación. Todos los informes internacionales establecen que, a partir de un mínimo de inversión, no hay relación significativa entre el gasto por estudiante y los resultados académicos, incluso teniendo en cuenta otros factores como el contexto familiar y el tiempo de instrucción. El gasto en educación pública en España ha pasado de representar el 1,8% del PIB en 1975, a algo más del 5% en 2010.  La clave no es cuánto se invierte en educación, sino en qué tipo de educación se invierte.

Los docentes no son los únicos culpables; en realidad son rehenes de una formación inicial ineficaz, mal orientada y obsoleta, ya que un licenciado en ciencias exactas (matemático)  o un biólogo, son científicos, no profesores. De ahí que, tanto la formación inicial universitaria, como la selección del profesorado para el acceso a la función pública docente, deban dirigirse hacia un enfoque centrado en las aulas: la caja negra del sistema. No es cuestión de saber mucha geología, sino de saber evaluar y enseñar la geología adecuada a cada enseñanza y etapa educativa. Si a esto le añadimos que la formación continua de los funcionarios es voluntaria aunque se les detecten deficiencias en su labor, el despropósito aumenta. ¿Alguien se imagina que un cirujano no se forme constantemente? Pues si un profesor no quiere formarse durante toda su carrera profesional puede hacerlo sin que tenga consecuencia alguna puesto que la Administración se lo permite. Además, existe una resistencia a hacer públicos los resultados del alumnado. ¿Por qué esa cerrazón a la información y a la transparencia? Lo pernicioso no es la claridad de los datos, sino el uso que de estos se haga. Si los datos no se utilizan para mejorar, asesorar, orientar y capacitar al profesorado y directivos, sino que se despliegan como armas arrojadizas sin argumentos y sin contextualización, entonces mejor no publicarlos. Si los recursos públicos no mejoraran la cohesión social y la empleabilidad de los ciudadanos, cabría poner en duda su sentido y eficacia. Nos sobra especulación ideológica.

Pongamos la lupa en la caja negra de nuestra escuela: inadecuada formación inicial y continua del profesorado, poco riguroso sistema de acceso a la función pública docente y escasa profesionalización de la labor directiva, en vez de enredarnos y tergiversar una y otra vez en la hojarasca especulativa y retórica que hace que, tras 7 reformas integrales desde 1.980, los cuadernos del alumnado sigan igual.