El otro día leí un interesante artículo de Francisco Javier Fernández Franco publicado en INED21 titulado “Reloj, no pares las horas“. En él, el autor planteaba la cuestión del impacto de la edad del profesorado en los resultados académicos de las etapas de primaria y de secundaria, concluyendo (perdón por el spoiler) que a mayor edad del docente mejores son los resultados de la muchachada. Según Fernández Franco “una explicación probable de este resultado es que los profesores con mayor antigüedad tienen prioridad para elegir colegio. Por tanto, podrían ser capaces de seleccionar los mejores centros dejando los colegios de mayores problemáticas para los maestros más noveles e inexpertos”.

Ante esta situación, el autor planteaba si “los mejores profesionales no deberían impartir clase en aquellos centros más necesitados, precisamente, de docentes con calidad y valor añadido” considerando que la actual situación representa “otra falla del sistema que no centra el interés superior del menor sobre cualquier otro tipo de aspiración legítima”. La verdad es que así, a bote pronto, uno se hace la pregunta y la respuesta inmediata es “¡pues claro!”, “¿cómo no?”. Aquellos centros con mayores dificultades deberían contar con los equipos profesionales mejor formados y preparados. Obvio. No obstante, puede que el planteamiento no sea tan sencillo. Y no me refiero sólo a definir quiénes son los mejores profesionales, cuestión que de por sí sola se las trae. ¿Cómo detectar a los mejores profesionales?, ¿Cómo hacer coincidir los centros más necesitados con los profesionales mejor preparados? Puede que no tener en cuenta las “aspiraciones legítimas” de buenos profesionales que están demostrando su valía resulte ser contraproducente, además de injusto. Así pues, ¿qué hacer con los mejores?

Que-hacer-con-los-mejores

Vaya por delante que, en mi opinión, un simple cambio de cromos difícilmente pondrá fin a  las dinámicas negativas de determinados centros educativos. Poner el acento en la importancia del profesorado (que la tiene, sin duda) sin tener en cuenta los numerosos elementos que condicionan la práctica y el día a día de un centro educativo considero que no se ajusta a la realidad. Creo que para mejorar la situación de determinados centros debemos poner el foco de atención en la administración, no en el profesorado. Es la administración educativa de turno la que debe poner a disposición de las escuelas los recursos humanos, materiales y formativos necesarios para el correcto desarrollo de la práctica docente. Es la administración la que debe tomar medidas para evitar la creación de centros de segunda e incluso de tercera categoría, asegurando la igualdad de oportunidades del alumnado (y del profesorado) de toda la red educativa. Y uno tiene la sensación de que no se está haciendo todo lo posible en este sentido, todo lo contrario. En cualquier caso, considero que una política de recursos humanos seria no puede pasar por obligar a los mejores profesionales a ejercer su profesión en determinados centros precisamente por el hecho de ser los más aptos para el desempeño de su profesión. Al final, aquellos perfiles más profesionales y capacitados pueden sentirse “castigados” ya que, precisamente por su mejor valía, pueden perder derechos laborales que otros profesionales menos cualificados podrían mantener y disfrutar.

Con ello no renuncio a la movilidad estratégica del profesorado, pero nunca desde la imposición sino desde el incentivo. En nuestros claustros conviven excelentes profesionales implicados en mil y un tinglados, que dirigen proyectos didácticos innovadores y creativos y que suman al proyecto colectivo con una energía y esfuerzo encomiables, con otro perfil de profesorado mucho más acomodaticio e individualista. ¿Qué incentivos, aparte de la satisfacción personal, están recibiendo esos docentes que “sudan la camiseta” de su centro?, ¿Cómo valora la administración estas diferentes competencias profesionales? Perdón por llevarlo al terreno de lo económico (está feo hablar de dinero, lo sé) pero ¿cómo puede ser que uno y otro perfiles docentes acaben disfrutando de la misma nómina a final de mes cuando los resultados y la eficacia de su trabajo es tan dispar?

Incentivar, pues, puede ser una buena manera de motivar a ese profesorado a escoger centros y grupos más complicados, a asumir riesgos y a huir de la comodidad para afrontar nuevos y motivadores retos. ¿Cómo? Mejoras en el sueldo, permisos, beneficios sociales… creo que existen muchas maneras de poder motivar al profesorado y, sobre todo, de reconocer el excelente trabajo que muchísimos docentes desarrollan en sus centros a diario. ¿Qué hacer con los mejores? Pues eso, ¡cuidarlos mucho!

  • María Agustina Gómez

    Estoy completamente de acuerdo. Es más, creo que cabe destacar que, al estar los profesores motivados, motivarían a los alumnos a dedicarse con pasión al estudio. Como estudiante, detecto fácilmente a los profesores con vocación y lo que van porque es lo que encontraron, y puedo asegurar que las clases con los profesores “buenos” llaman mucho más la atención de la mayoría de los alumnos. Pienso que profesores motivados dan lugar a alumnos motivados, y eso subiría el nivel educativo del país. En fin, muy buen artículo.

    • Ramón Paraíso

      Gracias, María. La verdad es que la eficiencia de un profesor motivado (o de cualquier profesional, de hecho) sube como la espuma. En fin, creo que es importante cuidar al colectivo y, más si cabe, a aquellos profesionales que ejecutan su trabajo con pasión y ganas. Un saludo.