Quisiera recordar, en el arranque del nuevo curso escolar, aquello que es el núcleo de nuestro quehacer. Me serviré de una metáfora: la docencia: un puente social. Más allá de los diferentes contextos donde maestros y profesores desarrollan su tarea, más allá de las decepciones y frustraciones que siempre nos acompañan -¿hay algún trabajo donde no sea así?-, sigo pensando que esa afirmación tiene un potencial que justifica todo ello. Sólo desde la conciencia del poder de influencia que tenemos, puede iniciarse cualquier verdadero cambio educativo. Un poder ambivalente, de ahí la responsabilidad que implica toda docencia. Desde esa convicción, todo lo demás cobra sentido. El porqué es lo que les propongo compartir.

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La docencia es un puente social donde se empiezan a formar los futuros ciudadanos. No vivimos solos, y esa convivencia siempre nos lleva a una palabra griega: democracia. Una ciudadanía crítica construye una democracia exigente y alerta frente al poder político, y económico. Si no lo hace, no puede reivindicar aquello que ignora, o peor, sabiéndolo, nunca ha echado de menos. Ciudadanía y responsabilidad concreta son realidades que se necesitan mutuamente. Y la educación está en esa tarea. El vigente Paulo Freire lo sintetizó mejor que nadie: Si es verdad que la ciudadanía no se construye apenas con la educación, también es verdad que sin ella no se construye la ciudadanía” (Pedagogía del oprimido, Madrid, siglo veintiuno). Todo ello debería empezar en nuestras escuelas e institutos, más cerca de ese otro que, ética y políticamente, es la mediación para todo pensamiento y acción. Una educación crítica, creativa, y emocional donde el otro no es una abstracción, es una realidad concreta. Una educación de personas, frente a una educación de consumidores. Sí: los docentes, unos puentes sociales decisivos, algo más importante que ser expertos de un conocimiento específico en nuestra sociedad de la información.

La docencia es un puente social donde se empiezan a moldear las futuras vocaciones.  Tan importante como los profesionales necesarios en este sistema económico, hay una posibilidad que debe ser prioritaria en toda educación: elegir aquello que, en el lenguaje de la psicología de la creatividad de Mihaly Csikszentmihalyi, nos hace fluir. Esa actividad que nos llena por sí misma, y que un alumno reconoce en unas clases que nunca olvidará. Lo sabemos, no se cumple a menudo en nuestra realidad diaria. Pero no hay ingenuidad en lo que digo, Richard Sennett tiene páginas esclarecedoras sobre esa corrosión del carácter en el capitalismo contemporáneo: ¿puede un sistema económico sobrevivir produciendo tanto malestar en todos los sentidos? Hay un bucle de desigualdad socioeconómica y amputación psicológica que, en esta crisis de fundamentos, nos puede llevar a escenarios imprevisibles. O no, la inercia tiene una fuerza que muchas veces no valoramos. Otro día volveré sobre ello: educación y cambio social, están entrelazados inevitablemente. Un cambio social que puede tener muchas direcciones, desde un reformismo inteligente. No me cansaré de repetirlo: cuando la pasión educativa guía un aula -desde esas tres realidades: motivación, formación, y compromiso-, pocas vocaciones y profesiones tienen una amplitud y profundidad en lo que hacen como este complejo oficio. Debemos reivindicarlo, nadie lo hará por nosotros. Desde la libertad de la metáfora: un buen maestro, un buen profesor son unos puentes sociales insustituibles. Es así mismo una lección invisible para todas las políticas educativas: respecto a la docencia, exigencia y reconocimiento deben ir juntos. La calidad de una democracia tiene un camino educativo siempre. Escondido en mi memoria,  John Dewey sonríe con estas palabras.

Vuelvo a ideas escritas. Este oficio sinuoso y fascinante a la vez, es una tarea que necesita desarrollarse continuamente. Un país que cuida a sus docentes, es un país que sabe quiénes son algunos de sus más importantes creadores de futuro. No caigamos en la demagogia, ni en el corporativismo fácil: eso incluye la exigencia de lo que lo que hacemos cada día. Ninguna ley educativa da clase, somos nosotros. Un buen maestro o profesor es un puente social por donde las sucesivas generaciones se forman y se moldean. Dicho de otro modo: una influencia proporcional a su responsabilidad. Desde el Magazine INED21, en nombre de Víctor González y del que les escribe en este rincón: gracias a todos esos maestros y profesores, unos puentes sociales invisibles, necesarios, y que dignifican tantas aulas cada día. Gracias: os necesitamos.