En la anterior entrada se planteaba el modelo de dirección escolar desde la experiencia en el cargo, pero dejaba abierta el planteamiento social y educativo que se debería tener en cuenta desde la misma.

Como dice Manuel Castells, estamos en un cambio de época y no en una época de cambios. Estamos ante una situación muy compleja y cambiante, marcada por la inestabilidad económica, social, laboral y formativa y en un contexto, en definitiva, de una crisis profunda en la que hay que tener en cuenta varios elementos:

  • Nos encontramos en una situación de crisis económica que está derivando en una crisis de valores y del modelo social que, ineludiblemente, afecta a la ESCUELA. En este contexto, la escuela, a pesar de ser una institución algo monolítica y reacia a cambios rápidos, está cambiando de funciones y de objetivos, posiblemente, arrastrada por una sociedad muy inestable que ha perdido referencias y que necesita encontrarlas. Y, precisamente, la escuela, es una de las claves para encontrar esas referencias y para intentar lograr una mejor sociedad y unos ciudadanos competentes, formados y preparados.
  • Por otra parte, estamos viviendo en un mundo cada vez más globalizado y en un mundo cada vez más conectado, donde la realidad y la inteligencia colectiva se ven aumentadas de manera casi ilimitada por las redes sociales y profesionales que se tejen en ese mundo conectado y virtual. Esto supone que el aprendizaje es ubicuo y permanente, es decir, se puede aprender en cualquier momento y en un número prácticamente ilimitado de fuentes. Esto ha roto definitivamente el monopolio formativo de la escuela, la educación formal, para dar más peso al aprendizaje informal y no formal y al aprendizaje durante toda la  vida. Lógicamente, esto afecta sobremanera a la institución escolar, que debe elegir entre la opción de obviar esa realidad y quedarse estancada en métodos tradicionales de transmisión del conocimiento o adaptarse a esta nueva e inestable situación y dar la oportunidad al alumnado de enlazar su aprendizaje informal y su creatividad con la institución donde se forma de manera oficial. Esto supone un cambio de rol muy importante para la escuela y este cambio será menos traumático y más eficaz mientras menos tiempo se tarde en aceptarlo. En definitiva, la Escuela no puede dar la espalda a la realidad porque se juega en ello, a lo mejor no su futuro, pero seguro que sí su éxito.
  • También podemos observar otra paradoja: se acepta mayoritariamente la importancia de la educación y la formación mientras que los resultados no mejoran y se desconfía de la formación que se ofrece a los/ciudadanos. Básicamente, esto se debe a que no ha quedado demasiado claro para qué está formando la Escuela, qué formación es la más adecuada y qué intereses se defienden para decidir las bases de esa formación. En definitiva, no hay unas líneas comunes consensuadas, no hay consenso educativo, ni unas bases sólidas sobre las que defender con resultados la importancia efectiva, y no simbólica, de la Escuela.
  • Finalmente, la Escuela debe ser un lugar de encuentro y no de enfrentamiento con la familia. La Familia y la Escuela o educan juntos o no habrá educación efectiva. Pero este encuentro y colaboración debe ser real, no retórico, puesto que se acepta como principio válido pero sin atreverse a cumplirlo de manera efectiva porque hay resistencias que alejan más que acercan y, por eso, en realidad, se practica muy poco. Este axioma, de la necesidad de colaboración entre Familia y Escuela, siempre ha sido así y ahora, si atendemos a los elementos anteriores, más que nunca, es una verdad más incuestionable. En estos momentos de crisis, recortes y peores condiciones educativas, la colaboración debe ser mayor porque las dos instituciones se necesitan más que nunca para buscar alternativas y soluciones válidas. Por otro lado, la extensión del aprendizaje informal y no formal y la pérdida del monopolio del saber de la Escuela  hace también más necesaria esta colaboración puesto que la Escuela puede orientar a la Familia sobre la validez de esos aprendizajes y aprovecharlos para darle un giro a una enseñanza formal excesivamente tradicional y fomentar la red para conectar de manera más efectiva a las dos instituciones. En definitiva, que la Escuela debe aprovechar lo que el alumnado aprende fuera de la institución y la Familia debe saber valorar esos aprendizajes para poder colaborar con la Escuela. Y, finalmente, si uno de los problemas detectados es la falta de objetivos comunes, de consenso educativo, el establecimiento de una colaboración abierta y sincera entre estas dos instituciones deben favorecer el planteamiento de esos objetivos y esos consensos, al menos en el ámbito de un centro comprometidos con esta colaboración y, por lo tanto, con una educación de calidad e integral.

Por ello, y desde mi punto de vista, la escuela debe cumplir una serie de condiciones que analizo ahora. Seguramente, habrá muchos/as que no estén de acuerdo con lo que aparece a continuación y eso no es más que otra prueba de la dificultad de alcanzar el tan ansiado y necesario consenso educativo.

  • La Escuela no puede ser excluyente, no puede permitirse el lujo de abandonar en el camino a nadie y debe, por el contrario, intentar ofrecer soluciones formativas de calidad para todos y todas con alternativas válidas para cualquier tipo de alumnado. Es decir, no debe buscar la excelencia apartando a aquellos/as que no tienen condiciones sociales y académicas para alcanzarlas, sino que debe poner los medios para que todos/as los/as estudiantes alcancen el máximo de sus posibilidades formativas según sus capacidades. La excelencia no es obtener buenos resultados a costa de la equidad, sino obtener los mejores resultados con la máxima equidad posible. La OCDE en su estudio sobre “Equidad y calidad de la educación”[1] concluye que una población con niveles reducidos de enseñanza mina la capacidad de producir, crecer e innovar de sus países, además de perjudicar la cohesión social e imponer gastos adicionales a la Administración pública.
  • La Escuela debe mirar al futuro, aunque no nos guste o no sepamos a ciencia cierta cómo va a ser. Si es que de verdad queremos una educación con perspectivas de futuro, con las miras puestas en una mejor formación y no en un pasado que ya no va a volver, no podemos, para resolver problemas actuales, utilizar recetas viejas, obsoletas y periclitadas que pudieron servir hace unos años pero que la evolución social han dejado desfasadas. No podemos negar la realidad, ni los avances en las TIC y en la WEB SOCIAL. No podemos, en definitiva, negar la evidencia de que la Escuela ya no puede formar como antes y que debe abordar de manera rápida la introducción de metodologías colaborativas y las tecnologías que lo facilitan y no darle la espalda a posibilidades de mejora educativa por el simple hecho de no conocer lo que está ocurriendo fuera de los muros de la Escuela. En un mundo y en una sociedad en cambio y evolución constante y con unos conocimientos cada vez más numerosos y cambiantes, no se puede cometer el error de reducir la formación al mundo escolar sino que debe integrar el aprendizaje informal y debe integrar ese mundo conectado y en red, ese mundo aumentado, en su cultura, en sus hábitos de trabajo y debe hacer cómplice de todo este cambio a la familia, para que entienda por qué y para qué se produce.
  • La Escuela debe ser más abierta y participativa. La Escuela debe estar abierta a su contexto, de barrio, de localidad, de sociedad, debe estar abierta a los cambios sociales y culturales, para adaptarlos e integrarlos, no para rechazarlos. La Escuela debe ser un lugar de encuentro y reflexión sobre lo que su Comunidad Educativa quiere para la mejor formación de su alumnado. La integración de las familias en la gestión de la escuela es algo necesario no sólo para hacerla más democrática sino, sobre todo, para hacerla más eficaz. Como dijimos antes, si Familia y Escuela convergen en sus objetivos la calidad de la educación y de la formación del alumnado aumentará y, por supuesto, los resultados mejorarán.

Como podemos comprobar queda mucho por hacer para cumplir esas condiciones y en la medida que las direcciones, los claustros, las familias, el alumnado, las instituciones, en definitiva, las Comunidades Educativas, vayan asumiéndolas podrán introducirse cambios significativos para la mejora educativa.

Pero mientras más tardemos, más difícil será.

¿Y qué necesitamos para ello? En la próxima entrada podemos analizarlo.


[1] INFORME DE LA OCDE “Equidad y calidad de la educación. Apoyo a estudiantes y escuelas en desventaja”.

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Licenciado en Geografía e Historia (año 1985), profesor de Secundaria desde 1987 y desde 2003 director del IES Virgen del Castillo de Lebrija. Sus intereses personales son la innovación educativa (PBL, Flipped Classroom, BYOD), la metodología 2.0, la organización escolar, el desarrollo de competencias básicas, la aplicación de las nuevas tecnologías y las redes sociales en el ámbito formativo y la preocupación por la institución escolar. Ha publicado dos libros y diversos artículos de demografía histórica y otros sobre temas educativos en Cuadernos de Pedagogía y Escuela Española.