El presente es el tiempo que nos sitúa constantemente. Por ello la crisis de fundamentos actual, una crisis donde estamos respondiendo en qué tipo de democracia queremos vivir, tiene muchos peligros. Hoy quiero abordar uno de ellos: ese espejismo llamado hipercrítica. Esta se define como la crítica que, llevada al límite, imposibilita cualquier otra argumentación u opinión. Tan usual se ha hecho en nuestra experiencia presencial y digital, que olvidamos los supuestos desde las que se ejerce. Frente a cualquier problema o debate, siempre hay alguien que nos limita imposibilitando seguir en el diálogo o nos niega directamente, desde una hipercrítica que ha resuelto ese problema o debate.

La hipercrítica es un espejismo crítico porque no comprende el carácter abierto e interpretativo de nuestro pensamiento y lenguaje. La hipercrítica no es radical, esta  posición significa literalmente ir a las raíces de algo, es una crítica dogmática que pretende cerrar esa constitución abierta e interpretativa de la condición humana. Quien se pretende hipercrítico desconoce lo que es el núcleo de todo diálogo: todo diálogo es interminable como nos enseñó el maestro Gadamer. Por ello es tan importante que la educación formal e informal esté compuesta de didácticas y situaciones donde el conflicto, inevitable tanto individual como colectivamente, sea encauzado desde una interiorización y ejercicio del diálogo.

La hipercrítica es, por su propia naturaleza, una antesala de la violencia verbal y física. A menudo, cae en ella con impunidad o menosprecio. Dialogar es escuchar al otro. Escuchar es incompatible con su negación conversacional. Cuántas veces esa actitud, falta de educación y sensibilidad, se hace patente desde argumentos falaces que pretenden legitimación: la sinceridad o el grito, no son justificaciones de una perspectiva equivocada. Nuestros colegios e institutos son un síntoma del equilibrio emocional de la sociedad en que se desarrollan. Cada lector tendrá su opinión al respecto, nuestra experiencia es que hay un largo camino por recorrer: fracaso escolar y emocional van juntos siempre.

La hipercrítica se muestra como un fracaso individual o social desde la que se ejerce. Nuestra situación de crisis de fundamentos, que afecta al plano político, económico, social y cultural, no necesita de redentores o sofistas de bajo vuelo. Es más complejo, sólo una autocrítica que revise y cambie los supuestos de nuestras estructuras, puede construir un presente y futuro que merezcan ese nombre. El debate educativo es una parte de un todo: docentes, padres, administraciones y alumnos deben concretar su responsabilidad y ofrecer soluciones para lo que se critica o quiere reformar. La hipercrítica desde su espejismo, es una coartada que nunca se enfrenta con esa palabra llena de incertidumbre: realidad.

No hay debate o diálogo que merezca una sola opinión, esto no quiere ser una justificación de un relativismo donde todo argumento tenga igual validez. Significa que ese  pluralismo que nos conforma a nivel individual y social, tenga un espacio donde pueda ser pensado y expresado. Significa que el pluralismo es una tarea difícil y llena de peligro, frente a la tentación de tanta hipercrítica. Allá donde un maestro o profesor establece un diálogo con sus alumnos, está realizando una vieja palabra griega: democracia. Estemos atentos, es una palabra frágil pero llena de esperanza. Que nadie nos la arrebate.