Una época llena de ruido necesita de ciertas pistas, huellas o reconocimientos donde el Otro no sea una abstracción. Ese Otro es la condición necesaria para que cualquier diálogo sea posible. Desde ese orgulloso espíritu griego, el diálogo en sus diferentes modalidades, constituye una de las bases de cualquier educación. Quisiera, siguiendo esa interdisciplinariedad, acercar el discurso filosófico y el discurso pedagógico, desde esta pregunta fundamental: ¿por qué dialogar? Esta pregunta atraviesa el núcleo de la pasión educativa, quizás sea su razón de ser. Les propongo una pequeña hermenéutica de este verbo maravilloso, una confesión de todos los autores que entran en nuestras clases, lo sepamos o no. Una confesión de lo que debo a dos tradiciones que, lamentablemente, se han separado tanto en la actualidad.

Dialogamos porque creemos tener una razón que compartir y que, en último término, nos parece convincente y verdadera. En todo diálogo hay una tensión explícita o tácita: nos acercamos con el lenguaje al Otro. Algo ha desencadenado ese fluir comunicativo: una duda, una sospecha o la naturaleza ambigua o equívoca de algo. Quien dialoga se arriesga, ha salido de su soledad inevitablemente, establece un lenguaje común con ese Otro que, muchas veces, no sabemos cómo piensa o si estará de acuerdo con nosotros. Quien no puede dialogar con nadie, está definiendo su fanatismo. Democracia es saber que podemos o no, tener razón. Aún así dialogaremos otra vez porque creemos tener buenas razones: quien dialoga sabe que no hay nada definitivo.

Dialogamos porque sabemos que razonar, es siempre interpretar de nuevo. Somos tiempo, un presente desesperado que intenta justificarse o, a veces, huir de sí mismo. Perderse junto al Otro es, también, dialogar. Una pérdida paradójica que nos da victorias inesperadas: empezamos a dialogar sin saber adónde ir, pero ese Otro con sus preguntas, con sus razones, nos alumbra una nueva interpretación que ahora reconocemos como nuestra. Dialogar es amar la red interpretativa que construimos con el que me interpela. Dialogar es saber que el tiempo es más poderoso que nuestra subjetividad: otro futuro se alimentará de nuestras ideas y opiniones. No tengamos miedo, lo hacemos nosotros continuamente. Interpretar es amar todo lo que te antecede, interpretar es decir a la muerte que no es el último significado.

Dialogamos porque sabemos que el lenguaje, es esa democracia oral y escrita que nos constituye. Hoy esa democracia se escribe con bits. Democracia anónima y de todos, democracia significativa donde nos reconocemos como seres humanos. Esa democracia lingüística tiene historia. Nuestra época digital es una época de explosión comunicativa: lenguaje y red son palabras que se necesitan. Red de redes: cada vez será más importante saber construir diálogos. Lo sabemos: qué tipo de conversaciones fundamentan los diálogos en las diferentes redes, qué tipo de contextos reflexivos nos permite la interactividad digital, augura una nueva constelación de la tradición del diálogo. Cuidar el lenguaje es cuidarnos a nosotros mismos: pocas veces reparamos en ello. La estupidez o la vulgaridad rodean el lenguaje, pero nunca llegan a su esencia. Somos demócratas antes de saberlo: somos lenguaje. Un profesor y un alumno son un ágora continuo, una ciudadanía que necesita reconocerse en una dinámica que llamamos educación. Quien no comprende este espacio, nunca podrá llegar al Otro.

Cuando Vygotsky desarrolla su constructivismo dialéctico, en esa interacción entre factores internos y externos, resuena toda una tradición: nuestro aprendizaje se construye a través de la vida social, internalizando ese aprendizaje desde la regulación externa (heteronomía cognitiva) a la autorregulación (autonomía cognitiva). Cuando Rogoff y su modelo de aprendices del pensamiento, amplia ese diálogo competente al núcleo del aprendizaje, resuena una tradición; cuando Schön nos propone su práctica reflexiva: el conocimiento en acción, la reflexión en acción y la reflexión sobre la reflexión en acción, estamos mediando tradiciones que, muchas veces, han dejado de conversar. Un detalle: cómo se desprecia aquello que ignorándolo, por vergüenza, no se quiere reconocer. Filosofía y pedagogía deben volver a dialogar sin complejos, junto a las otras disciplinas que las enmarcan: sociología, psicología, neurociencias y otras. Lo siento, no amo las disciplinas, prefiero las redes, ¿por qué? Porque pensar es atravesar espacios conceptualmente, las disciplinas me ponen fronteras. Hay demasiadas para que sean ciertas. Pensar en red es un ejercicio interminable, plural, inesperado, multidireccional, donde siempre alguien me acompaña…

Sócrates, Platón, Nietzsche, Heidegger, Gadamer o Habermas, están ahí. Implícitos en esas afirmaciones dan clase con nosotros: no hace falta leer filosofía para estar dentro de una tradición. Pero hemos de comprender que un aula es un contexto complejo donde el equilibrio metodológico que defendemos en INED21 es central: estrategias conductistas, cognitivistas, constructivistas y horizontales que todo profesor debe dominar. El pluralismo pedagógico que, contextualizado, nos permite resolver y mejorar nuestra tarea de enseñanza-aprendizaje.  Un aula es más compleja que cualquier reduccionismo didáctico. Hay una tradición esperando: Skinner, Piaget, Vygotsky, Ausubel o G.Siemens no son erudición. Deben ser prácticas que se introduzcan en nuestro trabajo de aula. No son teoricismo, son estrategias que un profesor del s.XXI debe incorporar. Dos tradiciones que se juntan en este lenguaje: razonar, convencer o equivocarse, interpretar o convivir son verbos que aparecen en nuestras clases diariamente. Dialogar es saber que las preguntas y las respuestas son interminables: lo llamamos vida. Otra palabra para decir educación.