El aprendizaje es una experiencia que cualquier sujeto experimentará inevitablemente. Esta necesidad convierte este proceso en un problema público y privado: educar ese aprendizaje en una dirección positiva. Desde la familia, la escuela, los medios de comunicación o el grupo de amigos, nuestra socialización busca modelarse constantemente. La ejemplificación no es una opción en nuestro desarrollo evolutivo, es el mejor argumento educativo que podemos mostrar a nuestros hijos o alumnos. De nada sirve el decir, que no vaya apoyado en el mostrar real de nuestras acciones.

Hoy queremos enunciar dos oportunidades que todo agente educativo, puede desarrollar en su vida cotidiana. Es ese escenario el que queremos elegir como espacio educativo: todo ese tiempo fuera de los horarios formales de trabajo y escuela, donde la calidad de un aprendizaje se juega. No hace falta haber leído a Bandura, para comprender la importancia de la inmediatez de la presencia. Dicho de otro modo: elegir ser modelos conscientes o inconscientes para nuestros hijos y alumnos. Somos referentes, queramos o no.

Una primera oportunidad es el cuidado del lenguaje. Hablamos y esa dinámica tiene una influencia directa sobre ese niño que escucha atentamente. Un lenguaje que se cuida, es un lenguaje que sabe tratar las situaciones adecuadamente. Estamos comprando una camisa, y ese comprar tiene un lenguaje correcto que implica esa acción. Conversamos con nuestro hijo y ese diálogo tiene una modalidad donde se transforma en aprendizaje positivo: conversar implica síntesis de escucha y habla. Cuando digo lenguaje, como nos enseñó F. Davis, es lenguaje verbal y no verbal. Nuestro cuerpo es, también, una fuente de aprendizaje. Modelar tiene una complejidad que no comprendemos muchas veces. Impliquemos nuestra acción en un cuidado de los lenguajes que expresamos constantemente.

Una segunda oportunidad es el cuidado de las emociones. Como A.Damasio nos explica, estamos en una actividad emocional constante. El paradigma emocional que empezó hace más de treinta años, no ha tenido una traducción educativa eficaz. La competencia emocional es la competencia que tonifica nuestra relación con nosotros mismos y con los demás. Todos en nuestra vida cotidiana atravesamos esas emociones universales, que nos conforman evolutivamente. Paul Ekman tenía razón. Reconocerlas, modularlas y hacer de las mismas un control situacional, es una enseñanza que nuestros hijos o alumnos repetirán inmediatamente. Desde el lenguaje a las emociones, la responsabilidad concreta de cada uno puede elegir: vivir conscientemente nuestra relación o vivirla inconscientemente. Educar es la consciencia de mostrar lo que queremos decir.