Niños…

¿sujetos o prolongaciones?

Hay razones para pensar que en el fondo todos los seres humanos somos una sola cosa, incluso cuando nos matamos. Ya conformamos esa mente que preveía Teilhard de Chardin aunque sea esquizofrénica.

Saber de otros que no conocemos pero que intuimos que no son cosas sino sujetos ya nos une de alguna manera. El otro es el reverso del yo hasta que nos unimos a él y formamos un nosotros. Eso en el espacio.

Después está el tiempo,

padres e hijos

Nuestra relación con los niños ha sido siempre nebulosa como si el niño no fuera un ser acabado, sino una prolongación de nuestro yo que –provisional y borrosamente– se ha metamorfoseado en una criatura distinta.

Los adultos somos objetivos y el niño es subjetivo, le hemos de objetivar para que continúe nuestro papel en el mundo. No hablo de la actitud, mentalidad y actuación de cada padre, sino que intento establecer una abstracción que nos resuma. Los indicios los veo en las aspiraciones a que los hijos continúen nuestro oficio, nuestra casa comercial, nuestra monarquía.

Nuestra obsesión por aprobar sus elecciones. Nuestros intentos por influir en sus opiniones y su visión del mundo.

Tal vez hayamos mitigado todo eso en los últimos siglos, pero creo que sigue ahí desenfocándonos el concepto de educación.

Antiguamente, el niño era considerado como un adulto en potencia (aún, creo yo). Vivía con su madre o aya hasta los siete años (si era noble o burgués) y después, si era niño, entraba en el dominio de los preceptores o, si era plebeyo, crecía como un animalillo al que había que domar entre todos.

Las doctrinas pedagógicas empezaron a transformar esa visión desde el siglo XVIII, pero imagine usted un ser inmenso, Leviatán, que se va reproduciendo sobre la marcha, y en movimiento intenta educar el futuro al tiempo que gestiona el presente.

No es que haya que innovar en educación,

es que la Educación es la humanidad innovándose.

Y pese a los intentos de muchos sabios bodhisatvas de la educación de los últimos dos siglos, nuestro movimiento es lento y para la globalidad del mundo (no hablo de familias particulares) el niño sigue siendo esa nebulosa a la que hay que dar una forma conveniente para que siga haciendo lo que nosotros hacemos, tal como lo hacemos o innovando como nosotros innovamos.

¿Y si el niño

fuera un sujeto?

Pero ¿y si el niño fuera un sujeto? Es difícil percibirlo así en la masa informe del MiniLeviatán de cada tiempo presente. Habría que modificar parte de la instalación del mundo para dar aire a esas nuevas personalidades reconocidas. Tal vez más espacio o distinto. Tal vez otros instrumentos. Tal vez otra actitud y otros intermediarios. Porque ¿qué significaría que los niños fuesen sujetos?, ¿no lo son acaso ahora?

Si escribo esto es porque yo no lo creo, o al menos creo que no asumimos todas las consecuencias de que lo sean. Y lo intuyo por nuestra concepción del currículo y por enunciados que emitimos periódicaemente. Y, sobre todo, por la actitud reactiva de niños y adolescentes ante nuestra concepción del aprendizaje.

Aunque muchos profesores jubilados o en ejercicio hayan sabido capearla y mirarles a la cara uno a uno. Cada profesor será un mundo, pero el currículo y la política educativa, no. «Hay que educar a los niños para los retos del siglo XXI».

Ni siquiera manda el ministro sino el siglo, ¿quién habrá detrás de «el siglo»? El futuro también es un producto. ¿Habrá más compradores que creadores de futuro? ¿Seguirá siendo el mundo proyecto de pocos? ¿Para qué libertad pretendemos educar? Crear una app no es necesariamente crear mucho mundo sino inventar un apaño para un mundo que no has creado y que posiblemente te manipula en el mismo acto de crear.

¿Cambia la app el mundo aunque sea un poco o decora el contexto que ya hay?

¿Para qué queremos que sean creativos?

¿Con qué límites?

¿Y si nos cambian la estructura y el rumbo del barco que navegamos?

¿Harán eso con los «mínimos» que pretendemos inculcarles?

Creo que lo que pretendemos enseñar a los niños es lo que somos y por tanto, lo que son. También creo que simplemente acompañándolos y teniendo preparadas las metáforas educativas (materiales) adecuados (ya tienen la tele e Internet), pueden darse cuenta por sí mismos y orientarse.

Si alguno se desorienta, para eso está el maestro, vigilante como El guardián entre el centeno de Salinger. Simplemente, hable con él. ¿No entiende algo? Uno, relajado, saca del cajón didáctico aquello que necesita. ¿Qué se le enseña? Todo. ¿Qué es todo? Eso siempre ha dependido de la imagen que los maestros tienen del mundo. Habrá que mejorarla.

El niño aprenderá todo lo que quiera. El maestro y los compañeros ya estarán próximos para desarrollar su zona. ¿El currículo?… Pues… Había mundo. Llegamos nosotros, vimos y actuamos. Es pronto para saber si estamos venciendo. Hablémoslo con los alumnos. Mundo, personas y ecosistemas artificiales es «LO QUE HAY». Yo creo que el currículo es «LO QUE HAY Y LO QUE PODRÍA HABER». Y siempre todos hemos hecho nuestra cultura en un tiempo limitado. Aprovechémoslo.

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Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d’Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L’ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo “Narració i pedagogia”.
Actualmente retirado.