Mejorar la convivencia en las aulas,

un reto para la escuela inclusiva

RESUMEN DEL ARTÍCULO

No cabe duda de que los valores éticos impregnan el hecho educativo y lo orientan, están presentes durante todo el recorrido de un alumno por el sistema educativo, y a la vez reflejan las aspiraciones y necesidades de la sociedad. Todas las elecciones que deben hacerse en educación -desde los contenidos, la metodología, la formación de los docentes- están basadas en una escala de valores.

Los conflictos en las escuelas no son generalizados pero son reales. Los alumnos disruptivos – con su carga habitual de problemas personales-  constituyen un reto creciente en una escuela que debe ser inclusiva también con ellos.

El artículo analiza las causas del auge de las conductas disruptivas en el entorno escolar, incidiendo en las dificultades de las familias, en la confusión de modelos éticos, en la importancia de las normas de convivencia y en la relevancia de la tarea docente. En su conclusión hay lugar para la esperanza: lo que hace que valga la pena vivir juntos es que compartamos palabras y hechos. Es la definición de buena convivencia en una escuela que trabaje por la inclusión.


 

INTRODUCCIÓN

Hace tres siglos un profesor, don Emmanuel Kant, de la Universidad de Köenigsberg, afirmó que el motor que hacía progresar la sociedad humana era la insociable sociabilidad del hombre: esa competencia con el vecino que nos hace aguzar el ingenio y da origen a los inventos y a las máquinas. Pero aunque el ilustre profesor Kant tenía buena parte de razón, no logró atinar con la verdad completa porque los conflictos que no se solucionan bien terminan impidiendo cualquier avance. Son, al fin y al cabo, disfunciones en la comunicación personal, ese diálogo del rostro humano frente al rostro humano que, según los paleontólogos, justifica nuestra posición erguida.

En el terreno de la educación, todos sabemos que el clima de un aula condiciona completamente el proceso de enseñanza y aprendizaje. Sabemos que, cuando encontramos conductas disruptivas, la motivación de los docentes y la del alumnado decrecen y se ven sustituidas por una ansiedad que termina por transformarse en desgana e impotencia.

Los conflictos en las escuelas no son generalizados pero son reales. Los dos o tres alumnos disruptivos por aula que todos los profesores contamos como “nuestros”, esos chicos o chicas que nos llevamos puestos a casa y sobresaltan por la noche nuestros sueños, tienen nombres y apellidos. Han estado hoy en clase y volverán mañana porque la escuela los incluye también a ellos. Sus constantes llamadas de atención, la impulsividad descontrolada o la inmadurez que se alarga más allá de cualquier prudencia pueden constituir los síntomas, visibles en la escuela, de una enfermedad que se produce fuera del aula, en el hogar y en el barrio, producida por la falta o el exceso de cuidados, por el desamor o por las dificultades de los padres para educar en una sociedad tan materialista y despersonalizada. Por eso la mejora de la convivencia escolar trasciende las paredes de la escuela y se convierte en un reto para toda la sociedad.

Sin embargo, desde mi primera fila de aula, estoy notando cambios esperanzadores. El primero es que estamos siendo capaces de desmontar poco a poco lo que el filósofo alemán Jürgen Habermas denominaba estructura de prejuicios. Él afirmaba que esa estructura deja de funcionar cuando se vuelve transparente, y estamos perdiendo el miedo a la transparencia.

El segundo síntoma esperanzador es que cada vez más son los propios alumnos quienes rechazan el acoso escolar, son los centros quienes organizan la prevención y las familias quienes abordan en sus hogares estos asuntos que siempre fueron tabú.

En este sentido, no cabe duda de que hablar sobre los conflictos en la escuela supone desafiar los prejuicios. Y al abordar las soluciones, debemos partir de la certeza de que únicamente una escuela inclusiva contiene la respuesta a la mejora de la convivencia escolar porque solo ella es capaz de potenciar la autonomía de actuación y de pensamiento de los alumnos, enseñando el valor de la tolerancia y la necesidad de buscar acuerdos a través del diálogo. Cuando cada miembro de la comunidad escolar adquiere, a través de la interacción y la información, recursos sociales que le sirven para desenvolverse con respeto ante lo diferente, los conflictos naturales que produce nuestra insociable sociabilidad, se convierten en una fuente de nuevos valores y de enriquecimiento.

LOS TÉRMINOS

Nuestra primera tarea, sin embargo, debe ajustar los términos del lenguaje para, siguiendo el mandato de Habermas, volver un poco más transparente la estructura de los conflictos de convivencia en las aulas.

Desde el momento en que los niños abandonan el mundo protegido de la primera infancia deben enfrentarse al conflicto con los iguales: la discusión, el enfrentamiento o la mera cesión de derechos inevitable en cualquier laboratorio de convivencia, es decir, cualquier lugar donde un ser humano desenvuelva su vida, porque lo hará siempre junto a otros.

Dando la razón a Kant, debemos reconocer que los conflictos son imprescindibles para la socialización plena del pensamiento, para ver a los otros en cuanto que son otros que yo y tenerlos en cuenta. El conflicto enseña al niño a ajustar las relaciones con los miembros de su grupo, a percibir claramente tanto los sentimientos que le inspiran los otros – con quién conecta y con quién no- como los que él inspira en los demás. Se realiza de esta manera y de forma natural la selección entre afines que es consustancial a la amistad.

Ahora bien, con la denominación “conflicto” nos referimos a los hechos que se incluyen en su definición: pelea, problema, diferencia de opinión, discusión. Es decir, una situación en la que hay bandos y contendientes, natural en el enfrentamiento entre iguales; algo muy diferente a la agresión, o al acoso escolar, en los que hay verdugos y víctimas, es decir, situaciones de violencia.

Esta primera distinción entre conflicto y violencia es fundamental para mejorar la convivencia escolar, porque la escuela debe aumentar en cada alumno los recursos precisos para resolver de manera constructiva los conflictos; y debe enseñarle también los mecanismos necesarios para rechazar de plano la violencia. A este reto puede responder, mejor que ninguna otra, la escuela inclusiva.

LOS VALORES

Las dos últimas décadas del siglo XX vieron nacer a un movimiento filosófico e ideológico denominado posmodernidad, cuyo axioma principal, tomado desde luego de la filosofía anterior,  fue la relativización de los valores. Al comenzar el milenio, la sociedad occidental se había creído completamente el lema de la globalización: las cosas sólo pueden ir a más y mejor. Hoy, después de la crisis, con aquellas estructuras que parecían eternas en estado de ruina, escuchamos una demanda por la ética que apela perentoriamente a la escuela.

La profesión docente, que debería establecer sus requisitos deontológicos ya en el periodo de formación inicial, es la tarea más profundamente vinculada con la ética. Ser profesor es sinónimo de ser– en esencia- ejemplar, dentro y fuera del centro de trabajo. La vinculación con una generación siguiente a la nuestra a través de la educación es una de las experiencias más transformadoras y bellas de la vida, pero sobre todo es un compromiso existencial, eminentemente ético, con los niños y jóvenes sobre los cuales influimos.

Por otra parte, la clave de la aventura de educar está en conseguir personas completas, equilibradas, felices y capaces de hacer felices a los demás; es decir, personas con valores. Favorecer la formación, abrir las ventanas del conocimiento y la cultura, constituyen partes importantes de la educación pero no son el todo. Educar es transmitir el modo de empleo de la vida, dar a conocer las posibilidades de la inteligencia humana pero también del alma – los sentimientos – y del espíritu – la capacidad de juzgar, ejercer la fuerza de voluntad y decidir libremente-. Los ingredientes que forman parte de ese modo de empleo son los valores, porque nos permiten empoderarnos, una bella y antigua palabra castellana que significa dar poder a las propias capacidades. Por eso no podemos  tratar a la ética como algo que se pone y se quita, o que se imparte en una hora determinada de la jornada lectiva, o en un curso de la Primaria o de la ESO; por eso educar en valores es, lisa y llanamente, educar.

La escuela es un lugar de comunicación privilegiada del rostro humano frente al rostro humano, vinculado a los demás, nunca aislado. En primera fila de la responsabilidad social, los docentes debemos promocionar esta cultura de los vínculos y las obligaciones. De ahí la importancia de fomentar una escuela verdaderamente inclusiva, donde estos vínculos personales adquieran un protagonismo definitivo.

La diversidad es una realidad humana. Curiosamente, para los antiguos latinos, vivir era sinónimo de estar entre los hombres, inter homines ese; y morir, dejar de estar entre los hombres: inter homines esse desinere. La escuela capaz de atender la diversidad es aquella capaz de atender la realidad de su alumnado, de responder adecuadamente a las diversas necesidades y  capacidades y por tanto, de mejorar la convivencia inter esse. Atender la diversidad supone valorar y acoger a cada alumno dando valor absoluto al hecho de que sea quien es, sin ningún tipo de discriminación ni de abuso, en el marco del respeto a los derechos humanos fundamentales, de los cuales la escuela es depositaria. La convivencia escolar, en la escuela inclusiva, ayuda al progreso en aprendizajes académicos y en actitudes personales, vincula a los niños con la sociedad y les ayuda a discernir con criterios éticos, en busca del desarrollo de lo que ha venido en llamarse “inteligencia moral”.

EL RETO DE LA CONVIVENCIA

Ante la escuela inclusiva también se abre hoy el reto del deterioro de la convivencia. También en un marco de diálogo y respeto parece difícil, en ocasiones, educar en valores democráticos. ¿Por qué?

El hombre de hoy está convencido de que el mundo entero es suyo y cabe en su casa. Consideramos todo el artificio que nos rodea –desde el agua del grifo a la velocidad del coche- como mero fruto silvestre de un árbol, sin plantearnos al esfuerzo de quién se debe, o el daño irreparable que tal vez supone para la naturaleza o para otras personas. Esclavos de todos los objetos humanizados que hemos fabricado, los seres humanos comenzamos a estar reificados, es decir, convertidos nosotros también en cosas. Así vamos sustituyendo las realidades de orden metafísico por todo lo que nos llama la atención desde la tecnología y el consumo, realidades nuevas con sus dogmas y sus mandamientos.  Tenemos la tarea de educar pero vivimos en una sociedad que se mueve en parámetros absolutamente relativos, sin comprender que la convivencia exige acuerdo sobre algo que sea relativamente absoluto: lo que llamamos valores. Una sociedad así, en la que nada tiene verdadera importancia, es el caldo de cultivo idóneo para la violencia, que es el desprecio al otro en cuanto persona. Y la escuela lo refleja, como no puede ser de otra manera.

Entre los elementos sociales que configuran el origen de los problemas más graves que se dan en las aulas, encontramos la tendencia a permitir – incluso a convertir en modelos- las actitudes violentas. Hay situaciones extremas que, tranformadas en imágenes de impacto, entran cada día en casa, pero entre ellas y nosotros se interpone una pantalla que nos impide diferenciar la realidad de la ficción. Algunos estudios recientes sobre la violencia por exposición mencionan que, al terminar la Enseñanza Secundaria, un joven puede haber registrado, entre películas y videojuegos, las imágenes de 150.000 episodios violentos y 25.000 muertes. Es decir, en pocos años habrá desarrollado un sentimiento de indiferencia ante la violencia. Se habrá acostumbrado a verla.

Otro factor es la manera de educar hoy, tan sobreprotectora y a la vez con tan escaso contacto real entre padres e hijos. La desestructuración familiar en alza, la familia “mercurial”, convertida en agrupación de organismos unicelulares cada uno propietario de su ordenador y su tele, la difícil conciliación de la vida familiar y laboral… Las dificultades de las familias inciden en el elevado número de desequilibrios que afectan hoy a la infancia.

Asistimos también al auge de fenómenos sociales muy difíciles de controlar: las bandas organizadas, la presencia constante de las drogas en todos los ámbitos, las exigencias desmedidas de la sociedad de consumo;  las leyes educativas que se suceden sin que ninguna de ellas muestre confianza en los profesores… Y nosotros mismos, que sufrimos una crisis de identidad con respecto a nuestro rol. Pero no es justo que sigamos por este camino: la responsabilidad de todos termina por serlo de nadie.

Es preciso tomar tierra. No es necesario que exponga la importancia de la inversión en recursos humanos, imprescindibles en toda educación de calidad, pero también son medidas a tomar todas aquellas que favorezcan la conciliación de la vida escolar y familiar, la apertura de los centros educativos a su entorno, la entrada en la escuela de nuevos profesionales, las ayudas a la familia, el seguimiento por parte de los servicios sociales de aquellos hogares con condiciones de vida menos favorables, la gestión del ocio, con la inversión en áreas de deporte, de música, de cine de las que tanto tienen que decir los ayuntamientos…

Porque si lo pensamos bien supone una enorme injusticia conformarse con creer que la conflictividad en la escuela es un mero reflejo. La escuela está imbricada en la sociedad real, por supuesto, pero es, sobre todo, el laboratorio de la sociedad futura, donde se prepara una nueva generación, por ello debe mostrar la posibilidad real de conseguir un mundo mejor. Un mundo que no excluya a ninguna persona en su periferia. Y esta consideración, sin duda utópica, un “deber ser” al estilo kantiano, se encuentra en el corazón de todas las escuelas inclusivas.

LAS PREGUNTAS CLAVE

Las preguntas entonces son:

¿Quién educa?

¿Quién transmite valores?

¿Cómo educar hoy?

¿Cómo hablar de valores de la convivencia en una sociedad tan deshumanizada?

¿Cómo abordar la violencia sin alterar la utopía que constituye el impulso de la escuela inclusiva?

La primera respuesta es sencilla. Todos los que estamos en contacto con un niño lo educamos de alguna manera, pero no todos con la misma responsabilidad. En el proceso educativo actúan tres agentes principales que presentan modelos de conducta, valores. El modelo familiar, en el que uno nace, es la primera y principal referencia. Más tarde entra en juego el modelo social que representa la escuela, como espejo y proyección de futuro de la sociedad. La dinámica escolar educa en los valores de la convivencia, la ciudadanía y la cultura, y aborda desde un lugar privilegiado, la certeza de pertenecer a una sociedad rica y diversa.

Es importante, todos lo sabemos, que encontremos coherencia entre ambos escenarios educativos, escuela y hogar, que la familia respalde nuestras decisiones y que consigamos una colaboración con ella estrecha y frecuente.

En estos momentos, es prioritario recuperar el valor de la educación como sustrato de cada proyecto personal de vida y como garante de la buena convivencia. Sin embargo, esta verdad precisa de una convicción previa de los poderes públicos que se traduzca en las leyes; del compromiso de los padres ante su derecho y su deber de educar; y en el rechazo de los ciudadanos hacia todas las formas de manipulación y consumo cuya ética sea sólo “la audiencia”, como escuché decir una vez al director de una famosa cadena de televisión. Porque los medios de comunicación y las redes sociales son el tercer, y cada vez más influyente, modelo educativo, y a través de ellos entran en la vida de nuestros alumnos la mayoría de los valores que imperan hoy. Es exigible que reconozcan y asuman las responsabilidades inherentes a su poder e influencia.

La segunda cuestión – ¿Cómo educar hoy?-  es más compleja. No estamos en un laboratorio, sino en una sociedad concreta que prima unos valores sobre otros, y que se define, ya ha quedado dicho, por su escala de valores. La ética de la posverdad se mueve en parámetros alejados de la vinculación con otros que es inherente a los valores.

Por tanto, es preciso reconocer sin miedo a los prejuicios, que la escuela recibe problemas complejos cuyo origen se halla en la construcción social. Y no puede impedirles la entrada porque los seres humanos somos eminentemente sociales y nos construimos en una dinámica de intercambio con los demás. De ahí la certeza de que solo puede convertirse en un elemento transformador una escuela donde se vivan a diario los valores del respeto y la inclusión, con un esfuerzo consciente de toda la comunidad educativa. Donde, al modo de un organismo depurador, se devuelva convertido en inclusión todo lo excluyente que se reciba.

LOS PROTAGONISTAS

Cuando una situación de violencia penetra en un aula, sus consecuencias afectan a los alumnos víctimas, a los agresores, los espectadores, los profesores, la dirección del centro, la familia y el barrio mismo en el que esté situada la escuela. Por ello no cabe duda de que datos como la exposición de los niños al acoso escolar, que se sitúa en mayor número, y contra todo pronóstico, en la enseñanza Primaria, ofrecen un diagnóstico preocupante.

De los profesores se sigue hablando poco. Sin embargo, día a día, mañana a mañana de trabajo, cientos de ellos viven una sensación de indefensión en las escuelas, no sólo referida a su propia situación, sino a la protección que deben asegurar a los alumnos. Esta indefensión ha hecho necesaria la figura de un Defensor del Profesor, impulsada por el sindicato ANPE en el año 2005.

Así como el acoso escolar tiene ya numerosos estudios de referencia, no son muchos los estudios que abordan este problema desde  el punto de vista del profesorado. Tal vez los más rigurosos estén elaborados precisamente por el Defensor del Profesor.

No temo equivocarme cuando, desde mi experiencia directa y cotidiana del aula, afirmo que los profesores necesitamos no solamente más medios y recursos relacionados con la orientación escolar y la asistencia a los alumnos con necesidades educativas especiales o de compensación educativa, sino que pedimos también respaldo social, normas claras y  formación específica. En este sentido, creo que todos hemos agradecido los protocolos de prevención, diagnóstico y actuación frente al acoso escolar recientemente publicados por la Comunidad de Madrid, porque funcionan. Como lo hace, en determinadas circunstancias, la consideración de autoridad pública de los docentes. Paso a paso, y no sin dificultades, hemos dado pasos en la buena dirección que debemos seguir afianzando.

Sin embargo, estoy convencida de que el elemento clave para el profesorado es el que podríamos llamar “claustro inclusivo”. Se trata de un verdadero equipo, formado por profesionales que saben ser tutores de todos los alumnos del centro e incluso de sus propios compañeros, en el sentido etimológico de la palabra tutor: el que vela por otros. Un claustro inclusivo es aquel donde ya ningún docente rumia en solitario sus problemas, donde las experiencias se comparten, las decisiones se debaten libremente, y la formación fluye de manera horizontal, en el constante diálogo sobre la mejora de la enseñanza.

Por supuesto, las normas de convivencia y los protocolos de actuación aportan valor, porque su finalidad es garantizar los derechos básicos de la persona. Tienen también una función protectora: permitir las condiciones idóneas para que se puedan desarrollar los procesos de aprendizaje de forma equilibrada y serena; y una función educadora porque la sociedad – y la vida- tienen límites que es preciso conocer. Todos los centros educativos tienen previsto en su Plan de Centro un reglamento de régimen interior y un plan de convivencia que marcan las pautas básicas de la convivencia escolar. Proporcionar a las familias el acceso a conocerlo, y facilitar que aporten mejoras a través de los órganos de participación, hace más inclusiva a la escuela. Informar a los alumnos y sus familias de los derechos y los deberes es acercarlos a los fundamentos de la justicia y constituye un requisito imprescindible para la convivencia en una sociedad democrática.

LA CONVIVENCIA

La convivencia bajo el enfoque de

la escuela inclusiva

Tomo de la profesora Silvia Schmelkes los rasgos de lo que denomina sabiamente “una población educada”: el cuidado del medio ambiente; el consumo inteligente, moderado y crítico; el uso creativo y productivo del tiempo libre; el equilibrio entre una sólida identidad cultural y el respeto y la valoración de la diversidad; la convicción de que la democracia es tanto una forma de gobierno como una forma de vida; el conocimiento y el respeto de los derechos humanos, que valore la vida y la paz; el dominio de la resolución no violenta de conflictos; la creatividad para ser capaz de  entender – incluso de prever – los cambios; la resistencia a las demandas de las estructuras viciadas o corruptas; la capacidad de juicio moral; la capacidad de acogida e inclusión.

No cabe duda de que este catálogo constituye una acertada escala de valores, digna del proyecto educativo en una escuela inclusiva. De ella se infiere que es imprescindible abordar los problemas de convivencia en el marco global de los proyectos de mejora escolar. Por último, conviene subrayar la enorme relevancia que tienen, para una escuela inclusiva, todos los procesos de innovación, las metodologías cooperativas y por proyectos, capaces de aunar en equilibrio los aprendizajes de conocimientos y los de valores. De hecho, aprender a convivir debe ser uno de los primeros y más relevantes resultados del proceso de escolarización. Solo así puede la escuela cumplir con los elevados objetivos que la sociedad le ha confiado.

CONCLUSIÓN

Cuando los antiguos griegos despedían a alguien que emprendía un viaje largo, utilizaban esta expresión: Vayas donde vayas, serás una polis. Vivir en una polis significaba emplear las palabras y la persuasión como instrumentos de vida, en lugar de la fuerza y la violencia. El ciudadano de la polis ya sabía que emplearía el discurso como medio de persuasión, en busca de un espacio donde él mismo y cualquier interlocutor que encontrara en su viaje tuvieran un lugar y un tiempo.

Hay un pensamiento de Hannah Arendt que enmarca muy bien no solo esta idea sino el proyecto de la convivencia en una escuela inclusiva. La gran filósofa alemana lo enuncia así: Si los hombres no fueran iguales, no podrían entenderse ni planear y prever para el futuro las necesidades de los que llegarán después. Si los hombres no fueran distintos, es decir, cada ser humano diferente de cualquier otro que exista, haya existido o existirá, no necesitarían el discurso y la acción para entenderse.

Entre todas las profesiones –actividades que se profesan, es decir que implican un compromiso vital del que se puede hablar- los docentes somos, sobre cualquier otra consideración, los profesionales del discurso y la acción. En la escuela, maestros y alumnos conectan profundamente sus vidas en un espacio donde todos aprenden: el adulto mira el mundo con los ojos de los niños; estos lo descubren con la mirada del maestro. Actúan modificándose la vida mutuamente, creciendo como personas, en un diálogo que se desenvuelve en la más compleja riqueza de lo humano. Ahora bien, precisamente porque personifica, trasciende las fronteras físicas del aula para modificar la realidad del centro, del entorno y, de manera trascendente, de la sociedad. Por eso merece la pena la apuesta clara por la tolerancia hacia los rasgos que nos diferencian, el aprecio por aquellos que nos unen y el rechazo firme a las actitudes que conlleven violencia. El reto de la mejora de la convivencia en la escuela inclusiva pasa por aquilatar bien estos ámbitos y por abordarlos sin prejuicios.

Termino con Hannah Arendt una vez más: Lo que hace que valga la pena vivir juntos es que compartamos palabras y hechos. Es la definición de buena convivencia en una escuela que trabaje por la inclusión.


NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

ANPE, Informe Defensor del Profesor 2015-16.

ARENDT, Hanna, La condición humana, Paidós, 2005.

HABERMAS, Jürgen, Aclaraciones a la ética del discurso. Trotta, 2000.

HEIDEGGER, Carta sobre el humanismo, Alianza, Madrid, 2004

KANT, Emmanuel, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Alianza, 2005

SCHMELKES Silvia (2002). Los valores de la educación en el nuevo milenio

UNICEF, Informe mundial sobre la violencia sobre los niños y las niñas

VÍLCHEZ, Luis Fernando, Inteligencia moral. SM, 2017

Compartir
POST ANTERIOR¿QUÉ PODEMOS ESPERAR?
SIGUIENTE POSTLIBERTÉ, ÉGALITÉ, FRATERNITÉ
Licenciada en Filosofía. Maestra. Especialista en Ciencias Sociales. Especialista en Pedagogía Terapéutica. Acreditación en dirección de centros escolares. Profesora de la enseñanza pública desde 1982. Es autora de los libros: Cronos va a mi clase (2015), Jilgueros en la cabeza (Novela, 2015), Víctor Ullate, la vida y la danza (2013); Memorias de la pizarra (2012); Cartas para encender linternas (2012); La flor de la esperanza, (2010); Desconocidas, una geometría de las mujeres (2009); Contigo Aprendí, (2008); Los amigos de mis hijos (2007). Es también coautora de los libros: Vaticano II, un tesoro escondido (2014); Autoridad, disciplina y educación, tres palancas del entorno escolar (2011); Apuntes educativos: el lenguaje en la Educación Primaria (1994) y La frustración grupal, (1980). Miembro de la Comisión de Arbitraje, Quejas y Deontología de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, FAPE y de la Comisión de Garantías y Deontología de la Confederación Europea de Sindicatos Independientes CESI. Miembro del Jurado de los Premios Acción Magistral, Investiga, Nacional de Fomento de la Lectura y Nacional de Poesía. Colaboradora del programa La noche en vela de RNE, y de las revistas Escuela y 21RS. Publica artículos sobre temas educativos en revistas profesionales y generales: Magisterio, XL El Semanal, Mujer Hoy, Temas para el debate, Claves de Razón Práctica, suplemento Padres de ABC, El Mundo. Hasta junio de 2014 ha sido vicepresidenta nacional del sindicato independiente de profesores ANPE, miembro de la representación de ANPE ante Consejo Escolar del Estado y de la comisión EDUC. Presenta conferencias y ponencias en congresos y cursos universitarios celebrados en muchas ciudades españolas, en Austria y en Portugal. Colabora desde el año 2009 como directora y ponente con los cursos de verano de la Universidad de Almería. Participa habitualmente en Escuelas de Padres en varias ciudades españolas. Pertenece a la Junta rectora de la ONG Delwende que sostiene proyectos educativos en África, Asia y Latinoamérica.