Cuando Diego Armando Maradona enseñó en Oxford

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Desde los anales de la historia se ha establecido una división bien distinguida entre los conceptos arbitrarios de alta y baja cultura. La primera, asociada a un tipo de construcción artística en la “torre de marfil”, elevada, se opone a la segunda, producida –palabra no casual –para el consumo masivo de los estratos más populares de la sociedad. Este tipo de idea es el de las novelas pulp, producidas con la pulpa sobrante de los árboles para la divulgación de textos morbosos, es también la de las películas de serie “B”, y, cómo no, la del fútbol, el deporte de origen más proletario y dimensiones universales. En este contexto, Diego Armando Maradona, la figura más influyente y carismática de la historia del deporte, logró que, por unas horas, ambos mundos se juntaran en su charla de 1995 en Oxford Union. Como detalle curioso, ¿sabías que la ciudad de Oxford cuenta con el Oxford United Football Club, un club que milita en la EFL League One? Si deseas apostar por este ignoto equipo, así como por alguno de los insignes equipos que defendió el “Pelusa” durante su trayectoria gloriosa, puedes hacerlo en 1xbet Argentina.

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¿Cómo se produjo este encuentro?

Aunque no exclusivamente, Oxford Union es una organización estudiantil integrada por alumnos de la Universidad de Oxford, y entre ellos, un viejo conocido de Diego fue el que posibilitó su conferencia, Esteban Cichello Hübner, oriundo de la ciudad cordobesa de La Falda. Cómo se efectuó esta relación entre ambos parece tan fantástico como todo el halo de cuento de hadas que envuelve la vida de Maradona: un Esteban casi niño trabajaba en el Hotel Conquistador en el que se hospedaban los jugadores de Boca Juniors. La razón de que alguien tan joven se desempeñara en un trabajo formal estribaba en la extrema pobreza que hostigaba su hogar, pues su madre, divorciada, había ido a Buenos Aires a sobrevivir. Allí, Diego compartía con él caramelos, sueños y palabras esperanzadoras con respecto al porvenir. La vida quiso que se reencuentren por una carta escrita con su puño y letra, pues Diego se desentendió de las formalidades frívolas de la invitación de un abogado, con él siendo ya un estudiante de la prestigiosa universidad estadounidense –de la que sería, a la postre, docente –y el pibe de Fiorito ya con ese estatus de leyenda reservado a muy pocos en el panteón absoluto del deporte.  

¿De qué habló Maradona?

Llegó acompañado de su esposa, Claudia Villafañe, y de sus entonces pequeñas hijas Gianina y Dalma. La extravagante raya amarilla en el pelo manifestaba su “otra” procedencia, su alteridad. Con un discurso firme, pausado y que si bien presentaba unas formas que revelaban un evidente trabajo de asesoramiento, mantenían la esencia de potrero del astro, Maradona abordó su propia biografía, pero ensanchándola a la de cualquier jugador sudamericano que, procedente un barrio humilde, debe adecuarse sin ningún tipo de preparación predestinada a su rol fulgurante de estrella mundial. Distinguió entre el fútbol de las décadas anteriores a la del 70 y las posteriores como un lapso de profesionalización del deporte en el que el jugador se inserta en un “negocio deportivo”, en el que, justamente, lo futbolístico se reduce a un adjetivo de lo que realmente prima. Casi contrario de la dadivosa intención que expresó Diego como su principal motor, la de hacer feliz a los espectadores. También habló, de forma asertiva y díscola a la vez, de la necesidad de velar por los jugadores desprotegidos de África subsahariana y de su consecuente proyecto de crear un sindicato de futbolistas junto a Éric Cantona para opositar a la FIFA, presidida por Havelange. A la postre esta idea fue aplastada por el peso ineluctable del poder, pero fue un ejemplo de la más generosa faz de una figura tan controversial como la de Maradona.

Luego de las formalidades…

Tras esta lectura bilingüe y protocolar se inició la ronda de preguntas, en la que la solemnidad de Maradona se disipó para mostrar al hombre, al de sonrisa contagiosa y humor arrabalero. Se le preguntó por la célebre “mano de Dios”, allí, en territorio hostil, y el diez eludió las implicaciones de esta interrogante con la misma genialidad de “barrilete cósmico” con la que apiló jugadores ingleses para convertir el gol más bonito de la historia del fútbol. De todas formas, y sin demeritar su ingenio orillero, el momento en el que consiguió terminar de ganarse el vitoreo ferviente de todos los presentes fue cuando habló con las partes de su cuerpo que más lograron conmover a los argentinos: sus pies. Dominó, calzado con zapatos de cuero, una pelotita de golf, para la euforia de la cantidad desmesurada de espectadores que sobrepoblaron los lugares habilitados para el evento, y luego hizo lo propio con una de fútbol. 

Finalmente, se lo atavió con la toga característica del egreso de la universidad, y se le entregó el título honorífico e inédito de “maestro inspirador de sueños”, marcando un hito significativo para este “héroe de barro”. Si hay un deporte que permita este tipo de anécdotas es, sin ninguna duda, el fútbol, debido a su folclore y transversalidad. Tras la final de la Copa del Mundo de 1950, se cuenta que Obdulio Varela, “El negro jefe”, capitán legendario de la selección uruguaya, bebió en una taberna con los vencidos, y se conmiseró con ellos; Maradona, quien purgó simbólicamente el dolor de los muchos jóvenes valerosos que lucharon en las Malvinas, fue alabado por los propios ingleses en su territorio. El fútbol es más que un deporte, es el intersticio que une al trabajador de la fábrica y al dueño en la horizontalidad sincera de un abrazo.

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