Si la comparación es madre de ciencia, tal vez, estemos enseñando poca ciencia a nuestros alumnos. Un maestro les sirve un tema con una sola perspectiva. Una cosa así sólo se puede contrastar con la experiencia propia sobre el tema, y de eso van escasos los alumnos –incluso en secundaria–. Su única alternativa es aceptar y recordar. La alternativa es que el aprendizaje se convierta en una experiencia.

Dos maestros explicando el mismo tema en momentos diferentes ya es otra cosa. Es hasta una situación dialéctica que permite a los alumnos comparar. No comparar a dos maestros, cosa que será inevitable, aunque ésa podría ser una de las fortalezas del maestro en algún futuro. Sino comparar dos perspectivas de lo mismo, para lo cual es imperativo que los maestros no se pongan de acuerdo ni siquiera sepa uno lo que va a decir el otro. Tarea de los alumnos es hacer síntesis y de los maestros responder de las diferencias que también pueden ser reveladoras para ellos. Para los alumnos darse cuenta de sus profesores pueden tener discrepancias constructivas es una experiencia.

Veamos un ejemplo.

Maestros de dos escuelas (y por qué no, alumnos) se reúnen para diseñar una experiencia compartida. Pongamos que son profesores de Historia y quieren plantear una panorámica del siglo XX y cómo nos ha influido. En lo único que se ponen de acuerdo es en el tema genérico y en los días en que se intercambiarán para explicarlo cada uno en su centro y en el del otro. Los alumnos de un centro y de otro recibirán dos conferencias sobre «Lo que fue el siglo XX y cómo nos ha influído», dos versiones sobre lo mismo. Y en cada escuela, un tercer día, se reúnen los alumnos con los dos «conferenciantes» para hacer un análisis del tema y de las diferencias entre las dos exposiciones.

¿En qué se ha fijado cada profesor?

¿Qejemplos le han parecido significativos?

¿Cuál ha sido el núcleo o argumento principal en cada conferencia?

¿Qconclusiones ha sacado cada cual?

Incluso la manera de soslayar o aceptar la competencia entre ambos conferenciantes es un aspecto educativo relevante. Incluye el supuesto previo de que hasta los profesores están aprendiendo contrastándose. Será inevitable que los alumnos hagan valoraciones sobre quién lo ha hecho mejor, más convincente, mejor expresado, más claro. Se requiere una aceptación previa y un compromiso con el reto de la humildad, la asertividad y el deseo puro de aprender, de tomar siempre en serio el acierto y el error del que habla, porque ambas cosas tienen su valor y no definen al hablante.

Cada participante, profesor o alumno, es un ser moldeable y automoldeado y al final, la verdad será de todos. Todos han de salir distintos del ejercicio. Posiblemente, un tercer profesor ha de ejercer de moderador. Veámoslo como una mesa redonda.

Hemos de ofrecer a los alumnos oportunidades de ser críticos, de ejercer la crítica. Los profesores representamos a la sociedad adulta que se ofrece a ser criticada, es decir, contrastada en todos los aspectos posibles.

Mal les enseñaremos a ser críticos si no nos ofrecemos a ser contrastados. Muy difícil es que aprendan a ser críticos en situaciones monomodales, dirigidas. No se aprende fundamentalmente a ser crítico exponiendo un documento del que nosotros tenemos todas las claves. La sociedad crítica nació abriendo espacio al riesgo. El que manda debe arriesgarse en una democracia. El que critica acepta riesgos y el maestro debe ser en eso ejemplar. Eso de que hay que prepararle para los retos del siglo XXI debe ser matizado.

El mismísimo siglo ha de estar abierto

a ser cambiado

No les educamos para que sigan nuestra ruta tal como la hemos diseñado sino para que sean capaces de cambiarla críticamente. Por tanto, el siglo no tiene retos, los tenemos los humanos que haremos del siglo lo que mejor nos parezca, pese a Jobs, Gates o Bezos o los planes de Telefónica y el Santander. Otro día comentaré los «retos» en que los alumnos finalistas de un concurso de oratoria escolar basaron sus discursos.

Lo que no puede ser un ejercicio de este estilo es una experiencia aislada. Ha de penetrar al máximo todo el aprendizaje. Con las adaptaciones que se quiera, desde el parvulario ya. La crítica y la ponderación son estados de ánimo que mueven hacia el contraste, la evaluación y la síntesis. Eso difícilmente se aprende ya en cuarto de ESO, todos los niños han de crecer con él.

Tal vez los formadores de maestros deberían empezar a dar ejemplo y tomar riesgos conjuntos.