Se ha convertido casi en un género escribir sobre lo faltos que están nuestros jóvenes de contacto con los clásicos. Lo leo ahora mismo en el libro de conferencias de Gregorio Luri titulado La obligación moral de ser inteligente:

Entiendo por «humanismo blando», esto es, débil, fláccido o desganado, ese refugio fácil contra los rigores de la ciencia que se reduce a saber cuatro cosas del latín, dos del griego, algunos relatos sobre mitología grecorromana, un poco de historia de la literatura, historia de la filosofía e historia del arte y cuatro esquemas rápidos de historia universal.

Es decir: entiendo por «humanismo blando» todo cuanto hemos estado ofreciendo en gran medida a nuestros alumnos, porque nos sentíamos más preocupados por mantener nuestros puestos de trabajo que por educarlos de manera humanista.

Proliferan desde hace más de una generación los libros sobre «por qué leer a los clásicos» que ya nos van dejando una especie de eco de los lamentos de Jeremías. Es cierto, tenemos la sociedad que tenemos y aún estamos ocupados en que coman siete mil millones sin perjuicio del lujo y abuso del 1 %. Y es curioso, siendo como es tema de la mayoría de los «clásicos» ese lujo y abuso. Será tal vez que el 1 % se las arregla para impedir esa «Gran conversación» de la cultura por la que aboga Luri. ¿Y cómo lo hace ese 1 %?

Probablemente, luchando por dos dudosos ideales: todo es producto y negocia quien puede y no quien quiere. Sin duda, debe haber ecuaciones matemáticas que deriven de ellos el suceso de los disturbios de Londres de 2012 en los que, se sorprende el autor, los jóvenes exaltados robaron de todo y rompieron cristales de todas las tiendas menos los de las librerías. El magro consuelo es que no se robaron libros.

Es cierto, creemos más en Jeff Bezos, capitoste de Amazon, que en Montaigne. Y la verdad es que viendo fotos del primero y escuchando declaraciones suyas, no logro explicármelo. Hay en los retratos de Montaigne mucha más profundidad de joven y mucha más ironía de viejo.

Bromas aparte, es cierto que estamos obnubilados por nuestro presente. Nos parece que han pasado tantas cosas en 20 años que los tres mil anteriores son prescindibles. Y creo que los cambios recientes, siendo brutales, no son profundos. Sabemos que el ser humano apenas ha mejorado.

Y es cierto que los defensores de las Humanidades tienen toda la razón. Pero no saben cómo hacerlo. Son la punta de un iceberg docente que apenas logra sacar la cabeza sobre un océano de mediocridad utilitaria (La utilidad de lo inútil). ¿Por qué los clásicos no llegan a la mayoría? Yo creo que porque en realidad los tomamos como una simple opción y vivimos como si fuéramos la última generación del mundo. Y no siendo fácil comunicarse con los contemporáneos, imagínenese con gente tan lejana (aparentemente).

La «Gran Conversación Humana» que promueve Luri no es tan fácil como parece, hoy día. Lo sabe cualquiera que haya pretendido meter la nariz en una conversación sesuda entre gente elevada. Y describe bien la situación:

«…cuatro cosas del latín, dos del griego, algunos relatos sobre mitología grecorromana, un poco de historia de la literatura, historia de la filosofía e historia del arte y cuatro esquemas rápidos de historia universal».

Los clásicos no son siempre gente popular y hablan todas las lenguas del espacio y del tiempo. Y ofrecerlos en resúmenes, traducciones, adaptaciones y fragmentos no les hace en realidad visibles para los niños. Y de entre esos niños que memorizaron a los clásicos saldrán los maestros que no los comprendieron y no sabrán hacerlos comprender. Y los niños notan la falsedad de todo el juego.

CUESTIÓN DE CONVERSAR

Antes de que toda la cultura humana se convierta en un surfeo de apps, debemos aclarar qué les debemos realmente a los clásicos y reconocerlos como a antepasados nuestros. Cierto que saqué la mejor idea pedagógica que de ellos me parece tener de la lectura del autor de «La utilidad de lo inútil», el italiano Nucio Ordine.

Fue leyendo su último libro Clásicos para la vida, en  el que comenta fragmentos orientados, cada uno, a un tema humano. Fue después de eso cuando concebí los dos artículos anteriores en que hablo de clásicos. Me di cuenta de que no nos basta que nos animen o nos riñan Harold Bloom, Italo Calvino, Laura Borrás, Nuccio Ordine o Gregorio Luri, lo que necesitamos es que esa «Gran Conversación» exista y se expanda. Que todo el que sea admitido a la mesa de Montaigne, de Cervantes o de Tolstoi, baje al patio y nos los presente. ¿Quién puede conocer, él sólo, a seres tan grandes y extensos?

Los que pueden no nos ayudan escribiendo para los libros de texto o las monografías. La gran plaza de «la Conversación» está en los patios de escuela; y, previamente, en las bibliotecas de aula. Y ya dije que para un niño un clásico no es «una obra» sino una preocupación una peripecia, algo en lo que se sienta implicado y que le lleve a la edad adecuada (la suya) a buscar la compañía de la gran mujer o del gran hombre.

Concretamente, se me ocurrieron dos ejemplos y los trabajé un poco.

Se me ocurrió viendo la versión de cine de Mucho ruido y pocas nueces. Me vi de pequeño odiando para la galería precisamente a las chicas que más me gustaban. Ese era el tema, el amor es una lucha en la que perder es vencer. De hecho, vencerse.

Y Shakespeare lo bordó en el amor / trifulca de Benedicto y Beatriz. Creo que es mejor que presentar una «obra» a palo seco. El autor de la presentación (que no adaptación) saca algo de su vida, lo conecta con una obra, lo ilustra, ofrece un fragmento y menciona al autor. Muchas veces, una mención «de pasada» es más intrigante que una reseña completa. Y los niños son máquinas de intrigarse.

AMOR TRIFULCA

A continuación, me vino a la cabeza un curioso libro que encontré en Amazón cuya autenticidad confirmé después con la Wikipedia. En efecto, Galileo Galilei pronunció un discurso en la Academia de Florencia sobre el tema de  Las medidas del Infierno. Él mismo se lo debió tomar a broma, pero le sirvió para ingresar como profesor entre unos académicos a los que una disputa con la ciudad de Pisa tenía preocupadísimos. Galileo reforzó las mediciones de un libro florentino sobre el tema, calculadas a partir de la obra de Dante, aunque insinuó que con esas medidas, tal vez la cúpula del infierno no se aguantase.

Muchas veces, una mención «de pasada» es más intrigante que una reseña completa. Y los niños son máquinas de intrigarse.

En fin, lo de menos era la ingeniería y Galileo fue aceptado. El caso es que a él le dio los recursos para investigaciones serias y a mí para poner negro sobre blanco una transición entre dos épocas. Y me lancé a suponer que Dante y Galileo se encontraban en el Infierno… o tal vez en el Cielo. Como dice Howard Garner (y de paso cuestiona Luri); tal vez, exista una inteligencia de la trascendencia y los niños la notan.

El tema del infierno es de los que les hace abrir los ojos. Y, de paso, aparecen en su vida dos sabios representativos de una época de transición, en un libro de apenas 20 páginas que se permite contener un fragmentito del canto XXII del Infierno en el que se ve que el clásico también ha llegado a los efectos especiales de las películas del siglo XXI.

Los clásicos lo son porque pensaron y mostraron mejor que nadie su época, que en el fondo no es tan distinta de la nuestra (vean si no el reciente libro de Catherine Nixey, La edad de la penumbra, en Taurus). Pero los clásicos no podemos imponérnoslos, son una cosa de todos y nos los hemos de explicar unos a otros, sin tecnicismos ni erudición. Hay que llenar las bibliotecas de las aulas de libros en los que los clásicos salgan y entren como Pedro por su casa como las personas normales que fueron.

¡Humanistas, lectores,

bajad a las escuelas!