Los sistemas educativos son los sistemas sociales más anacrónicos que existen en la sociedad del conocimiento. La aceleración del conocimiento ha superado la estructura y génesis principal del mismo. Enseñamos currículos fijados entre finales del s. XIX y el s. XX, con metodologías tradicionales en gran parte, que solo reproducen una inercia entre generaciones de profesores. Lo hemos dicho varias veces, el síndrome lampedusa: que todo cambie, para que todo siga igual.

Fíjemonos en un acuerdo que cualquier corriente sociológica suscribiría: las sociedades del conocimiento son sociedades individualistas. Nuestro tiempo de trabajo y de ocio, nuestros gustos y opiniones, nuestro consumo y nuestras libertades en las sociedades del primer mundo, están moldeadas sobre esta frase: yo quiero. Gran parte de nuestras oraciones empiezan por el yo. Individualismo lingüístico, reflejo de esa modernidad donde nos hemos construido como individuos.

La educación formal nos ofrece otra fotografía social diferente. Aulas de treinta o más alumnos, donde gran parte del tiempo se ofrecen los mismos contenidos de la misma manera a todos. Currículos desfasados, metodologías tradicionales basadas en la clase magistral de arriba abajo, y un mundo digital ausente. Dos o tres horas de tecnología en clases sin infraestructura la mayoría de las veces, para aprender un word y un powerpoint que los nativos digitales saben utilizar mejor que la mayoría del profesorado. Una fotografía de gran parte del sistema educativo. Maticemos: gran parte, no todo.

Aún nos preguntamos por el fracaso escolar: desde INED21 queremos afirmar que no hay alumnos fracasados. Hay un sistema fracasado, un aburrimiento infinito para generaciones que no quieren lo mismo. Cuando vuelvan a hablar de alumnos que no quieren estudiar en este sistema, acuérdense: los alumnos son también individuos.