Hoy finalizo la serie de lenguajes antididácticos, abordando el lenguaje oscuro y/o desordenado. Con este último post, termino esta serie que constituye una breve panorámica sobre un tema apasionante. La oscuridad y el desorden en el plano de la interacción lingüística, constituyen dos de los grandes obstáculos que, seamos conscientes o no, limitan toda tarea de enseñanza-aprendizaje. Desde esa idea, desarrollo estas modalidades de lenguajes antididácticos, con el objetivo de identificar y poder cambiar esas dinámicas que se cronifican en nuestras prácticas educativas. También con una modesta esperanza: todos podemos y debemos mejorar, y ese inicio se llama autocrítica. No nos escondamos en la experiencia, esa realidad que si no está fundamentada en buenas prácticas y en una constante actualización, puede ser un obstáculo y no una ventaja en este oficio complejo y lleno de matices. Cuando lo está, alumbra y podemos acudir a ella.

Un lenguaje oscuro es un lenguaje que no sabe adaptarse didácticamente al alumno y/o grupo. Algo que, tantas veces, se confunde: conocimiento de una materia, y conocimiento didáctico de una materia. Utilizar un tecnicismo innecesario que aleja al alumno y al grupo del proceso de aprendizaje; no diferenciar claramente las diferentes jergas que pueden darse en la tarea de enseñanza-aprendizaje, creyendo que hay un dominio de ellas que no es cierto; o presuponer niveles lingüísticos del alumnado que no son reales, y que precipitan nuestras dinámicas en círculos viciosos, porque estamos utilizando un lenguaje que les resulta inalcanzable. Todo ello, desemboca en un lenguaje fracasado a través de un lenguaje oscuro que podríamos evitar. Un lenguaje oscuro, aparte de otras características, es un lenguaje descontextualizado.

Un lenguaje desordenado es un lenguaje que no tiene una secuencia lógica y/o pedagógica respecto al alumno y/o grupo. Hay que saber estratificar la complejidad de la materia que impartimos, y en esa tarea saber secuenciar es un elemento principal: ahí el lenguaje debe corresponder a nuestra planificación lógica y pedagógica. Cuántas veces nuestro lenguaje va delante de aquello que le corresponde; cuántas veces se mezclan secuencias con un vocabulario que habría que diferenciar; cuántas veces no identificamos el nivel lingüístico y psicológico del alumnado, iniciando una dinámica perjudicial. Todo delata, entre otros errores, una falta de planificación de aula y el no dominar didácticamente nuestra materia. Volvemos a lo enunciado: un lenguaje desordenado es un lenguaje descontextualizado. Ocurre muchas veces, más de las que quisiéramos admitir.

Con esta última entrega, termino esta serie de lenguajes antididácticos. Una formación actualizada debe basarse en un programa de evaluación individual y en grupo que, junto a este factor, valore otros que están entrelazados con él. Es necesaria la distancia crítica de un profesional formador, aunque estemos llenos de voluntarismo. Que la formación esté basada en investigación mundial y en evidencias, con referencias y material contextualizado, que la formación tenga un realismo y operatividad que sea eficaz y eficiente, es imprescindible. Esta temática de la formación docente tiene su propia complejidad, de ahí un homenaje hacia esos autores que nos acompañan en este proceso, ese aprendizaje continuo que son autores de diferentes procedencias, tradiciones y perspectivas: José Gimeno Sacristán, Ángel I. Pérez Gómez, Miguel Ángel Santos Guerra, Carles Monereo Font, Jaume Sarramona, Carlos Marcelo, Juan M. Escudero Muñoz, Sergio Tobón, F.A. J. Korthagen, P. Perrenoud, L. Darling-Hammond, D. A. Schön, A. Hargreaves, L. Shulman, J. Kounin, E.T. Emmer, C. Everston, C.H. Renne, C. Weinstein y A. Magnano. Ese pluralismo formativo siempre me alimenta y condiciona en lo que comparto en este rincón. Recibimos, con una mezcla de asombro y de alegría por la confianza que se deposita, constantes casos de dudas, quejas y críticas que justifican lo que decimos. Perdonen por la insistencia: de poco sirve la formación simulacro, esa formación burocratizada para alcanzar determinados objetivos, pero casi nunca el principal. Todo lo anterior, nos ha llevado a una decisión profesional: en INED21, sólo llevamos a cabo planes de formación a medio y/o largo plazo, con una evaluación previa, un seguimiento, y una evaluación final que haga explícito el trabajo desarrollado. Esto nos ha llevado a decir no a propuestas puntuales que no tienen la perspectiva adecuada, según nuestro criterio. Algo que, inicialmente, puede parecer sorprendente, pero que cuando se explica tiene una lógica y una intencionalidad que creemos necesaria: el cortoplacismo no cambia nada, y cronifica aquello que se quiere evitar. Pero hay otra forma de trabajar, y el cambio es posible. Ojalá esta serie pueda ayudar, es su objetivo. Gracias por toda esa confianza: su fidelidad es una motivación constante.