Unidad de pensamiento. Centro de interés. Atención. Contra la dispersión. Todo eso me lleva siempre a un enunciado que me baila por la mente y me es querido por alguna razón, aunque pueda sonar rancio: «Lecciones de cosas». Posiblemente haga sonreir. Sugiere el título de libros escolares muy antiguos y así es. Veamos:

Por el portal MANES1 me entero de que es un concepto que nace con la Escuela Nueva a principios del siglo pasado, ligado a las ideas de Decrtoly y Dewey. Se concibieron libros con unidades simples en torno a un objeto o una idea que el maestro exponía o se leía y en torno a la cual los niños dialogaban.

Me encantan las cosas simples,

son potentes

«COSAS»

En nuestra época dominada por los proyectos, los casos y los problemas, el concepto «cosas» tiene la gracia de la sorpresa, la universalidad, la simplicidad. Como las piezas de LEGO con las que puede montarse desde un puente a una catedral. Unidad perfecta de cualquier currículo personalizado.

«Cosa» puede ser cualquiera. Un microscopio, una aguja, una nube, los rascacielos, la justicia, la profundidad, el tren, los piojos, el colchón, el aire, el fuego, el vidrio, los cristales, la nariz, los olores, el periódico… Están dispersas por el campo y cada cual puede reunirlas para hacer jardín. La ventaja de las «cosas» es que desde cualquiera de ellas se puede llegar al universo entero. Veamos algún ejemplo.

El colchón

¿Quién lo inventó? Los chimpancés ya preparan algo parecido con hojas y ramas. ¿Qué nos sugiere? La cama, el sueño, la paja, el algodón, la espuma, la espalda, la columna vertebral, los montaditos, la cocina popular y la sofisticada, los cuentos de princesas, los palacios, la intimidad, el dinero, los bancos… Pero vayamos a algo más abstracto.

La profundidad

Tiene que ver con el mar, o los lagos, la respiración, el submarinismo, los peces y su vejiga natatoria, los pulmones (que derivan de aquella), la presión, la fauna abisal, la oscuridad, los gusanos, los topos, las hormigas, las relaciones, los pensamientos, los conocimientos y las investigaciones, las cuevas, los volcanes, Julio Verne… O las acciones.

La costura

Coser es una habilidad prehistórica. Las agujas, el tejido, el vestido, la cestería, las banderas, Mariana Pineda, el bordado, la sutura, la medicina (ver en Apocalypto de Mel Gibson unos sorprendentes puntos de sutura), la mecánica, Singer, el telar, la lanzadera, el patchwork

Tanto en parvulario como en primaria las “lecciones de cosas” son un preludio bastante bueno para el diálogo, la categorización, la lluvia de ideas, la sugestión de proyectos, el descubrimiento de inclinaciones, el cultivo de la imaginación. Pueden ser la fuente de donde salen los proyectos, que trenzan muchas “cosas”. O casos, como el del broche de la reina en la novela de Dumas. El profesor Joan Santacana explora lo fértil que puede ser el estudio de un objeto (cosa) para la comprensión de la Historia (en Geografía e Historia, investigación, innovación y buenas prácticas, Ed. Graó, 2011). O problemas, como la ciudadanía, especialmente la universal, que llevamos siglos intentando resolver. Dilemas y laberintos, físicos y mentales, que también son “cosas”.

La “cosa” tiene también la potencia de lo singular,

de lo contemplado con atención

Es un núcleo de reflexión y una unidad de tiempo. Se enciende un foco por la mañana y se degusta un recuerdo por la noche.

DARLE FORMA

Uno puede, en verano, plantearse un programa eligiendo un número limitado de “cosas” en las que se centrará de entrada, les dedicará un mínimo de investigación y les pensará planteamiento.

A la hora de la verdad

vendrá la interacción

Algunas cosas tendrán poca acogida y quedarán vistas para sentencia en una sola sesión. A los niños les encantan las “cosas” simples que después de una ojeada rápida revelan rincones ocultos y en cualquier caso son una novedad completa que incorporar y no incordia mucho.

Se llevarán el recuerdo a casa. Pero otras “cosas” serán mejor acogidas y hasta con entusiasmo de manera que extenderán tentáculos y relaciones con otras cosas que incluso tal vez haya previsto el maestro. Ahí viene el oficio, no perder nunca de vista el esquema de la totalidad: lenguaje, espacio, tiempo, sociedad, materia, energía. En algún momento el programa cobrará vida propia y el maestro sólo deberá darle forma.

En esa red de “cosas” interrelacionadas, libremente exploradas, el niño encuentra su vocación, aunque sea momentánea y teje sus complicidades. Sin olvidar que el trato con cada “cosa” exige las habilidades y su ejercicio. Las “cosas” son sólo la chispa que enciende el motor. Y recordemos que estamos hablando de parvulario y primaria, en que el niño se enfrenta básicamente con lo singular hasta que descubre que las “cosas” forman parte de un todo.

Eso ni los adultos lo captamos a veces