El miedo como emoción universal tiene muchas funciones. Hay miedos que nos alertan, hay miedos que nos hacen huir. Nuestra crisis económica y social ha dado la oportunidad política de escenificar un miedo patológico: el miedo que paraliza. Hay muchas denominaciones de nuestras sociedades: sociedad red ( M. Castells), sociedad líquida ( Z. Bauman). Hoy somos sociedades del miedo.

Dos mecanismos fundamentales utilizan la clase política y económica. El primero: la aceptación inevitable del presente y de las acciones que implica ese presente. La alternativa es un futuro de caos y desorden, de ahí que nadie deba poner en duda esas acciones. El segundo: todos somos igualmente responsables de nuestro presente crítico y peligroso. Nadie puede ni debe eximirse de la culpa social.

Las consecuencias son claras: cada acción política y económica es necesaria, nadie es responsable individualmente de nuestra situación. Aceptar unas premisas es aceptar un lenguaje político, un lenguaje del miedo. Una sociedad que se respeta a sí misma, es una sociedad que elige el lenguaje en que quiere vivir. La educación en democracia y nuestra realidad actual empiezan a distanciarse: educación y miedo son términos incompatibles.