Una de las mejores estrategias para comprender la amplitud y profundidad de la sociedad del conocimiento, es definirla como una matriz. Dentro de ella viven muchas otras sociedades que están aún siendo analizadas en toda su geografía conceptual. Hoy nos detendremos en una que crece dentro de la matriz de la sociedad del conocimiento: la sociedad emocional. Esta quiere ser el primero de una serie de análisis donde iremos descubriendo y detallando esas otras sociedades que habitan junto a nosotros, un análisis que desembocará siempre en nuestra pasión reflexiva: el discurso educativo.

Es paradójico el carácter secundario que en los clásicos de la sociología (Comte, Durkheim, Weber, Simmell…) tienen las emociones. ¿Por qué? En ellos las emociones no tienen un reconocimiento conceptual más allá del lenguaje ordinario, pero también en sus trabajos de análisis las emociones tienen un papel dentro del mecanismo social. Resumiendo, podría ser esta afirmación: están ahí, pero no queremos o podemos conceptualizarlas…

Uno de los logros que la denostada postmodernidad nos dejó, fue el siguiente: la sociedad del consumo que nos ponía delante en su diagnóstico, era una sociedad donde las emociones tenían un papel central. La psicología ya había hecho un trabajo preparatorio de lo que estaba aconteciendo: H. Gardner con sus inteligencias personales en sus inteligencias múltiples y D. Goleman luego en la década de los noventa, explotaron algo que todos vivíamos continuamente: la inteligencia emocional ya estaba ahí. Una sugerencia, el desarrollo posterior de una sociología de las emociones específica ( Thomas J. Scheff, T. D. Kemper…), podemos entenderla como la apropiación sociológica de la postmodernidad. Hegel tenía razón: cada época busca su concepto. No solo filosóficamente, diríamos hoy.

Con la intención de un orden explicativo, valiéndonos del análisis clásico de Paul Ekman, iniciaremos un largo recorrido por nuestras emociones universales: hoy queremos observar la ira y sus modulaciones actuales. La ira como fenómeno privado y público y las consecuencias para el discurso educativo que todo ello pueda tener. Concretaremos dos afirmaciones como punto de partida y una reflexión educativa como consecuencia de ellas.

La sociedad emocional es una sociedad airada. Alrededor de nosotros una fiebre de malestar e indignación nos contagia. Una parte importante no solo está continuamente enfadada, el fenómeno es más sutil: siempre encontrarán causas y motivos para que su ira siga y aumente. La crisis económica ha agudizado una experiencia que se venía vislumbrando hace tiempo: la ira ha venido para quedarse. El peligro, lo sabemos, está ahí: la descomposición del tejido social y la violencia directa como evidencia de la misma.

La sociedad airada es una sociedad victimista. Quien observa este fenómeno, rápidamente percibirá un valor relacionado: una parte significativa de los individuos y grupos sociales que intervienen en la dinámica de la sociedad emocional, es víctima de algo o alguien. Maticemos: sea real o imaginario ese victimismo, lo relevante es esa relación causal entre ira y victimismo. La actualidad política, social y económica está llena de ejemplos de lo enunciado. Todo buen lector tiene los suyos: ¿quién no es víctima en la actualidad?…

Educativamente sabemos las consecuencias. Algunas de ellas: malestar docente y atmósferas de indisciplina en las aulas y los centros educativos; los agentes educativos y su falta de responsabilidad en el fracaso de los resultados; una violencia verbal y no verbal que crece ante nuestra mirada sin que sepamos qué hacer. En medio de la sociedad airada, dos preguntas: ¿se puede educar una sociedad airada? ¿si es así, qué soluciones posibles podemos emprender desde los sistemas educativos? Comprender los contextos que nos sitúan y condicionan, es el primer paso para que los cambios sean efectivos: realismo educativo.