LA RECETA INFALIBLE

Hacemos más caso al oráculo de Google que al profesional; nos fiamos antes de una columna en un suplemento que de las conclusiones de un estudio; buscamos el resumen; queremos la receta mágica, la fórmula infalible que nos diga, en todo momento, cómo actuar, qué hacer o qué tecla pulsar para solucionar tal o cual problema. Es el signo de los tiempos. Aprendemos idiomas sin esfuerzo, resolvemos las dudas a golpe de wikipedia, lo conseguimos todo en tiempo récord y sustituimos con la píldora milagrosa nuestros anhelos de adelgazar.

No, no es así, aunque a veces parece que es lo que nos gustaría. No es así, y sabemos que hay asuntos para los que no existen atajos. Exagero, lo sé. No nos creemos que exista la fórmula infalible, el sortilegio que todo lo consigue, pero lo buscamos en prospectos, suplementos dominicales, charlas con el tutor y programas de radio. No hay tecla que pulsar, si no es la de la paciencia y la perseverancia, pero soñamos con que alguien la invente.

CONCEPCIÓN SOCIAL

No existe sistema educativo perfecto que todo lo solucione. Mucho menos, que pueda importarse. Es imposible que un sistema asentado en una sociedad desde hace décadas funcione inmediatamente y por imperativo de ley en una sociedad alejada del contexto en el que se originó. Me explico: vamos a los países nórdicos, a Corea o a Canadá y observamos su manera de organizar la educación reglada, tomamos nota de cómo lo hacen, nos deslumbramos con sus ratios o sus instalaciones o el perfil de su profesorado, fotografiamos sus pasillos y los sofás del fondo del aula, copiamos sus rúbricas y nos hipnotizamos cuando vemos que en la puerta del instituto de Halifax no ponen candado a las bicis o que en la escuela municipal de Kiruna el teatro ocupa tanto como aquí las matemáticas. Y nos volvemos convencidos de que tenemos la fórmula, intentando combinar en la coctelera patria todo cuanto hemos visto. El resultado es nefasto o, cuanto menos, insatisfactorio.

No hay receta porque cada sistema educativo responde a la idiosincrasia de una sociedad. Podemos y debemos aprender de los mejores, pero no podemos trasplantarlo tal cual,  a botepronto y sin reflexión; a lo sumo, habrá detalles inspiradores (y no es poco) o recursos o cuestiones prácticas. Nos fijaremos en la cartelería, en el nombre de las asignaturas o en su distribución a lo largo de la semana. Pero lo importante quedará, valga la ironía, como asignatura pendiente. Me refiero al hecho de que el sistema educativo responda a una concepción social (la que tenemos y la que queremos generar).

El principal problema de nuestro sistema educativo es que no está alineado con la realidad social. Alumnos con exceso de trabajo fuera del tiempo lectivo que acaban entendiendo que lo extra es la norma (futuros explotados laborales); currículos grotescamente estancados en si una asignatura ha de tener una hora más o menos (las discusiones de patio de vecindad elevadas a categoría de debate parlamentario); profesorado mal considerado, mal pagado y cuestionado constantemente (como en todo sector, cualquier frase sacada de Internet vale más que el análisis de un profesional); una conciliación familiar imposible que hace que los padres y madres vivan la escolaridad como una fuente de estrés; un concepto basado en el logro (las notas) y no el éxito (la satisfacción por aprender);

un país donde presos, corruptos, tertulianos de medio pelo y famosos del couché tienen más tirón y ganan más dinero que el del máster que ha tenido que irse al extranjero porque aquí no hay becas, trabajos, grupos de investigación o posibilidades de crecimiento (inmediatez versus talento)…

A LARGO PLAZO

¿Verlo todo negro? En absoluto. Las posibilidades son infinitas, como las ganas y la disposición. El diagnóstico no ha de llevarnos al pesimismo, sino a la acción. Somos muchos quienes valemos, creemos, queremos y nos atrevemos. Pero, eso sí, conscientes de que no se trata de copiar otros sistemas educativos, sino de adaptar nuestra sociedad para un XXI global, exigente y con nuevas demandas.

Solo cuando la sociedad crea que lo importante es ser competente (¿pruebas de diagnóstico basadas en conceptos? ¿Modelo de selectividad basado en memorización? ¿PISA?); solo cuando todos los agentes sociales caminen en igual dirección (escuela, sí, pero también familias, medios de comunicación, intereses políticos, administraciones varias, tejido laboral…); solo cuando entendamos que lo que hacemos tendrá su repercusión a largo plazo, generaremos un sistema educativo eficiente.

Hasta entonces, viajaremos a países maravillosos a copiar ideas maravillosas que en nuestro día a día serán solo petachos.

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Tiene una trayectoria de más de veinte años en órganos de gestión, dirección y decisión, pero, sobre todo, con una opción personal decidida por la educación al margen de lo educativo. Eso es lo que él llama educación divergente. Crítico con el sistema educativo actual y con los principios metodológicos habituales, aboga por la educación entendida como acompañamiento, superando la mera instrucción y militando la inclusión, la emoción y los vínculos como marcos imprescindibles para educar. En colegios, sí; en aulas, sí; en la realidad que tenemos, sí. Pero con otras claves. Licenciado en Historia por la Universidad de Deusto, ha impartido clases en esta misma institución durante trece años, tanto en Filosofía y Letras como en el Instituto de Estudios de Ocio, en equipos de docencia y con alumnado de diferentes edades, sensibilidades y procedencias, como reflejan su paso por CIDE (alumnos de universidades de USA). Asimismo, lleva casi veinticinco años como profesor en Enseñanzas Medias, desarrollando su labor como docente en Bachillerato y ESO, así como en Proyectos de Refuerzo Educativo Específico y Diversificación Curricular, además de ocupar puestos de responsabilidad en Dirección. Formado en innovación metodológica, lleva varios años colaborando activamente con Innovación Educativa del Gobierno Vasco (Berritzegune), con la agencia vasca de calidad Euskalit (en donde ha sido evaluador en procesos de gestión integral) y con centros educativos en los que requieren su asesoría. Alvira cree en los vínculos como herramienta educativa, entendiendo que el currículo es la excusa para ayudar a cada alumno a desarrollar sus capacidades. Habitual de foros, cursos y encuentros, el valor añadido de Alvira es su capacidad para comunicar, reconocido como orador, su fuerza está en la pasión con la que transmite, algo que queda igualmente patente en su faceta como escritor, con varios best-sellers en su haber y su reciente “La Novela de Rebeca” (Ediciones-B) presente en España y Latinoamérica.