Nuestro sistema educativo está construido respondiendo a las necesidades de una sociedad industrial. Ello implica organización, currículo y otros factores que damos por inamovibles. La inercia es muy peligrosa, cuando lo que te rodea está cambiando aceleradamente. La reforma de todos los sistemas educativos, será una de las cuestiones políticas de fondo en la próxima década.

Asistimos a lo que denominamos una explosión educativa. Concretemos dos factores: anacronismo de una organización escolar que ya no refleja la dinámica social, ese anacronismo implica la división de dos tiempos: tiempo de vida y tiempo escolar; anacronismo de un currículo y habilidades que no adapta a los alumnos para los nuevos retos, esto lleva a la continua degradación de la educación formal como fuente de legitimidad social.

Tenemos un grave problema. Cualquier fractura social y educativa debe reconstruirse sobre un diagnóstico adecuado: el presente de nuestras sociedades de la información se juega en quién produce y qué es conocimiento. El desarrollo político, económico, social y tecnológico de un país, tiene que contestar a esa afirmación. La pregunta es inevitable: ¿tienes un sistema educativo solucionando ese reto? La política educativa será una de las protagonistas en el debate político que se avecina.