La escuela juega un papel compensador muy importante en nuestra sociedad. Hemos pasado de unos centros, en el s. XX, a los que el alumnado iba a «recibir  enseñanza» pura y dura, a una escuela del s. XXI  que tiene que asumir otros roles, una escuela a la que la propia sociedad ha obligado a ir comprometiéndose poco a poco. El alumnado no es el mismo, las familias tampoco y la escuela, tanto de lo mismo.

En el ámbito de mi comunidad autónoma, la propia Ley Canaria de Educación, en su Título I, referente a  la configuración del sistema educativo, la corresponsabilidad social y la cooperación institucional, afirma que, y repito literalmente:

«Las familias recibirán las ayudas y los apoyos precisos para compensar las carencias y desventajas de tipo personal, familiar, económico, social y cultural, en el caso de presentar necesidades específicas que impidan o dificulten el ejercicio de este derecho».

Desgraciadamente, en Canarias, no es lo mismo vivir en una isla como Gran Canaria o Tenerife –ambas capitalinas– que en Fuerteventura, La Gomera o El Hierro –no capitalinas–. Como tampoco es lo mismo vivir en La Aldea –municipio de Gran Canaria– que en Las Palmas de GC –capital de Gran Canaria–. Y peor lo tenemos si comparamos a los ciudadanos de Canarias con los de Madrid. No somos iguales por mucho que nos lo pinten así o quieran hacérnoslo ver; como tampoco es lo mismo vivir en una familia que se ocupa y preocupa por la educación de sus hijos, que vivir en otra a la que le da igual lo que haga su hijo y a la que lo que le interesa es que esté «entretenido», que «haberlas haylas».

El artículo 20 de la propia Ley Canaria, en su punto 2, referente a los servicios educativos complementarios, nos habla de que la escuela tiene que compensar las desigualdades sociales y económicas facilitando el acceso y la permanencia del alumnado en el sistema educativo en condiciones de equidad, además de contribuir a la conciliación de la vida laboral y familiar.

La Consejería de Educación del Gobierno de Canarias junto a la Dirección General de Salud Pública, entre otras medidas, y habiendo detectado un alto porcentaje de alumnado que vivía en zonas desfavorecidas y que venía sin desayunar al centro, ha desarrollado el Programa de Desayunos Escolares y, recientemente, las Ayudas a la escolarización de 0 a 3 años para las familias más desfavorecidas .

Así mismo el punto 4  del CAPÍTULO V  de la Ley, referente a la atención a la diversidad y la compensación educativa, habla de que el sistema educativo en Canarias proporcionará a cada persona el tipo de atención que necesita para alcanzar el desarrollo integral, el máximo nivel de dominio de las capacidades esenciales para la vida, así como en las competencias básicas y de los diferentes objetivos de etapa.

¿Pero no se sale todo esto de lo estrictamente educativo? Por supuesto que sí, pero la Educación tiene y debe intervenir porque es el alumnado que nos llega a los centros, ellos y sus circunstancias.

El Proyecto Educativo sobre el uso adecuado de los videojuegos entre el alumnado de Canarias es lo que pretende, compensar estas deficiencias y educar al alumnado en el empleo responsable y equilibrado de su tiempo de ocio, instruyéndole sobre la necesaria presencia de actividad física y otros hábitos de vida saludable en su tiempo libre, cómo tener una buena higiene postural, cómo se diseñan los videojuegos con los que se entretienen y muchos otros contenidos. Y, además, tutelar el uso que el alumnado hace de los videojuegos y los e-Sports, con una labor de acompañamiento, con la que se enseñe a navegar de forma segura, respetar las reglas de etiqueta, controlar la gestión de los sentimientos en entornos competitivos, etcétera.

Por ello, a mi entender,  no caben expresiones como «este proyecto no es educativo» o «la escuela no debe meterse con los videojuegos, hay otras prioridades», porque la escuela también debe ser compensadora.