JARDÍN DE INFANCIA

Con el permiso de Flaubert, la educación a que me refiero es mucho más temprana. Apenas uno empieza a formarse idea de a dónde ha venido a parar y cimenta su posición en el mundo.

El sentimiento, creo, es hijo de certezas y seguridades o de sus carencias. Difícilmente, creo, el que asiente su personalidad sobre unas bases firmes, tranquilamente abierto a la crítica, se sentirá del todo inerme ante la desolación y ante la traición.

Incluso su concepto de traición será mucho más moderado. Y debe ser difícil porque muchos adultos no han conseguido asentarla así. Por tanto, hay que comenzar muy pronto. Digamos en el parvulario o el jardín de infancia.

LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL

Porque el machismo parece renacer sería bueno entender lo que nos pasa. Y siendo la educación sentimental, parece, más terreno de la familia que de la escuela, intentaré explicar por qué me parece que la escuela no puede abandonarla.

I

En primer lugar, porque no es seguro que los padres hayan consolidado una personalidad propia, tranquila y empática. Eso puede pasarle también a los maestros, pero es más fácil que la sociedad lo vigile y lo asista en la escuela y en la formación inicial que en cada casa. En cualquier caso aprovecho para reiterar que en este país la asistencia social debería ser mucho más cuidada y solvente (más financieramente dotada).

II

En segundo lugar porque en el jardín de infancia y en la escuela suceden cosas que no pasan en las casas. En la socialización escolar, en el trato con los muchos iguales es donde el niño empieza a formar su personalidad. Es el lugar de las letras y los números, de los animales, las plantas y las rocas, de la materia y de la energía, de los grupos, los personajes y las instituciones, pero precisamente por todo eso, el ser que lo asuma debe conseguir y mantener un equilibrio sentimental, muy necesario para el animal más poderoso de la creación. Imagine cada cual el mal que podemos hacer con sentimientos negativos.

Igual que la materia que sólo se memoriza y se examina un día, se olvida, la emoción que no se discute, y sólo se trata con tópicos, nos fallará en el examen de la vida. Creo, corríjanme si me equivoco, que la educación sentimental consiste en encontrar palabras para lo que nos pasa, perfeccionarlas y que describan la realidad correctamente.

Y que sintamos que en eso, hombres y mujeres hablamos un lenguaje común y profundo. Es terreno de refranero y de tópicos. Pueden ser sabiduría o no serlo, por eso debemos examinarlos contínuamente y comprobar que coincidan  con nuestra experiencia compartida o desecharlos. Puede hacerse en casa, especialmente si hay hermanos, pero nadie nos lo asegura.

¿CON QUIÉN VOY A VIVIR?

Antes que de qué van a vivir, a los jóvenes les preocupa con quién van a vivir. Nuestra sociedad compartimentada, nuestros horarios y nuestros ritmos sociales no casan con nuestros impulsos hormonales. Aún no he conseguido ver un solo programa televisivo en que se trate la sexualidad con auténtica veracidad. Siempre encuentro algo de artificialidad. Conseguir que los jóvenes asocien sus impulsos hormonales y sus deseos inducidos con la sentimentalidad necesaria y profunda y logren harmonizar todo eso debe hacerse allí donde se encuentran.

O sea, en las escuelas y en los centros juveniles que sean. Es obligación de la sociedad promoverlo, porque es el hecho de funcionar como civilización horaria el que provoca el problema. Que el joven no asimile el sexo a un placer semejante al de comer palomitas. Ni que tener un lugar en el mundo propio se asocie a amarrar a una persona concreta, que si te deja ya no eres nadie. Y, parafraseando a las películas de superhéroes, que aprenda que «un gran placer conlleva una gran responsabilidad».

FRACASO DE HUMANIDAD

Tal vez sea un tópico que el maltrato, el control de la pareja o la violencia de bandas nazca de la inseguridad, del miedo, de la envidia, que son formas diversas de inseguridad y de personalidad fracasada. El machismo o el gangsterismo (bullying o mobbing en versiones más cotidianas) se nutren de nuestro fracaso de humanidad. La conciencia de no vivir un mundo de humanos, sino uno de bandas y manadas.

La escuela debe formar humanos que incidentalmente tocarán más la matemática, la mecánica o las relaciones comerciales, pero que básicamente formarán familia y serán gratos a sus conciudadanos.

Sólo en un mundo animal de primates que se autodenominan Homo sapiens por simple costumbre, aparecen las bandas (gangs), los tiburones de las finanzas, los fondos buitres y la violencia doméstica. ¿Estamos seguros de que ser humano es un principio y no un fin? Los sociólogos nos dicen que la nuestra es la época menos violenta de la Historia, en números relativos.

Tal vez sea que estemos refinando nuestra sensibilidad y la poca y puntual violencia que tenemos ya nos parezca demasiada. Pero ¿es imposible reducir a cero los indeseables efectos del azar genético? Que al menos la virtud social sea tender a ello.

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Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.