La educación es el pilar institucional más trascendente para estudiar cómo una sociedad decide organizarse ante el presente y proyectarse hacia el futuro. Por ello es tan relevante el grado de consenso y de conflicto que generan tanto el diseño y regulación del sistema educativo como la prescripción de contenidos culturales que ha de transmitir la escuela en cada coyuntura. La estructura y el contenido de lo que ha de ser la educación sigue sin resolverse en España mientras otros países mantienen un consenso básico que aquí es envidiable. La LOMCE (2013) es la séptima reforma educativa en los últimos treinta y cinco años de vida democrática, precedida por la LOE (2006), LOCE (2002), LOPEG (1995), LOGSE (1990), LODE (1985) y LOECE (1980).

La inestabilidad institucional en materia educativa es una característica ya clásica en España, no sólo por el vaivén de leyes sino también por la rotación de 16 ministros en el actual período democrático que corresponde a una media de mandato de poco más de dos años, gobiernen derechas o izquierdas. El continuo carrusel de ministros, reformas y contra-reformas educativas refleja que España no ha resuelto aún el consenso básico sobre qué es y qué futuro quiere para sus hijos. Todo un problema de identidad y de proyecto que denota debilidad institucional y ausencia de un relato compartido como país o como comunidad. Ningún país parecido tiene ese problema de identidad.

“Las transformaciones profundas que han padecido o que están padeciendo las sociedades contemporáneas exigen transformaciones paralelas en la educación nacional. Ahora bien, aunque sentimos la necesidad de cambios, no sabemos exactamente cuáles han de ser éstos. Sean cuales sean las convicciones particulares de los individuos o de los partidos políticos, la opinión pública permanece indecisa y ansiosa”. Esta afirmación es del sociólogo Émile Durkhéim y la dejó escrita en 1902, reivindicando la necesidad de la sociología pública como herramienta de conocimiento y de toma de decisiones.

Más de un siglo después, la cita mantiene toda su vigencia y actualidad pero en un contexto mucho más complejo con una economía capitalista más sofisticada, acelerada y globalizada. Un contexto de sobre-información y de aparente sobre-conexión que chocan con un mundo real de burocracias y reglas institucionales muy trabadas que limitan y  dificultan la construcción de nuevos consensos alternativos. Por sintetizar, la opinión pública que permanece indecisa y ansiosa en tiempos de Durkhéim es hoy una sociedad defraudada con sus élites y su clase política, indecisa y perpleja ante una crisis económica e institucional que anuncia un nuevo escenario donde nada será como antes. La cuestión clave es si la mayoría ciudadana quiere ser activa/innovadora o pasiva/cautiva ante los grandes cambios y cataclismos que están cambiando sus vidas. De momento, va ganando la opción cautiva.

La bonanza económica a partir de la entrada en el euro (2000-2008) impidió abrir debates serios sobre los desafíos y debilidades de España ante la globalización, la gobernanza multinivel, las soberanías compartidas, la posdemocracia o la flexiseguridad. ¿Hemos tenido líderes políticos, empresariales y periodistas capaces de plantear ese tipo de debates transcendentales para nuestras vidas? ¿Conocemos las implicaciones de estos nuevos fenómenos? ¿Nos hemos interesado como ciudadanos en leer pensamiento y prestigiar el rigor analítico o hemos sucumbido en el deporte del tertulianismo opinativo? Seguramente la sociedad española se enfrenta a un “cambio de época” de forma abrupta y con cierto retraso por haber obviado lo que eminentes sociólogos y pensadores (Touraine, Castells, Beck, Giddens o Crouch) ya enunciaron a inicios del 2000.

La España del 2013 tiene poco que ver con la España del 2000, del 1994 o del 1978. La sociedad española ha partido de muy abajo en todos los ejes troncales (gobernanza, competitividad, bienestar, educación, ciencia y virtudes cívicas) pero su salto relativo y su avance en las últimas décadas ha sido espectacular. Un avance a trompicones en unos casos, constante en otros y errático en cuanto a consolidar una sociedad civil potente e independiente. Ahora, en cambio, vivimos un exultante renacimiento de colectivos y foros de debate que reclaman la apertura de una segunda transición o un nuevo proceso constituyente para acometer una regeneración real de las instituciones y modernizar España de nuevo. ¿Cuándo se abrirá el debate sobre el modelo educativo alternativo que ha de acompañar y visualizar el nuevo proceso constituyente al que está abocada España?

La actual crisis económica y de gobernanza plantea a la escuela y al sector educativo enormes dudas y encrucijadas de envergadura que no se resolverán desde Ministerios ni desde sindicatos ni desde el mundo académico. Hoy más que nunca, la reestructuración educativa ha de emerger desde las bases del profesorado más activo, creativo y disconforme que sigue teniendo pasión por educar y transmitir conocimiento en un nuevo ecosistema digital 2.0 que lo cambia radicalmente todo. Pasadas las huelgas y protestas continuas ante la política de ajustes y de privatización que va desplegando el Partido Popular, conviene una catarsis reflexiva desde la práctica cotidiana y desde el realismo crítico.

Una catarsis creativa, crítica y propositiva que acuerde y formule los cambios a emprender y las medidas contrastadas con impacto a tomar en el corto y medio plazo. Nunca como hoy conocemos tanto el sistema educativo, sus resultados y su funcionamiento. Pero ese conocimiento experto apenas llega ni impacta entre el profesorado como profesional reflexivo iniciador de cambios. Al revés, la suma de la rutinización,  la acomodación y la proletarización del profesorado se salda con una mayor involución ideológica: en 2006, el 60% del profesorado añoraba e idealizaba con nostalgia la estructura educativa de los años 70 y 80, la época pre-LOGSE. ¿Qué alternativas plantea ahora ese mismo profesorado?

Debemos plantearnos como sociedad y como comunidad política qué educación poscrisis queremos para nuestros hijos. Nuevos principios rectores, nueva estructura y nuevas condiciones de trabajo en equipo que reflejen la adaptación del sistema, sus reglas y sus formatos al entorno socio-institucional más complejo pero más cooperativo que deparan estos tiempos. El trivium y el quadrivium vigentes parecen superables en plena era digital y de redarquías que aprenden en redes. Ciertamente, el slogan yes, we can ya está gastado por el acelerado paso del tiempo pero el sí, debemos hacerlo augura la necesidad de responder con solvencia y rigor a la colosal encrucijada que vivimos con el desmantelamiento grosero de la sociedad del bienestar como trasfondo y de su escuela pública como símbolo.

La ofensiva neoconservadora de Wert puede convertirse en flor de un día como siempre pasa cuando la derecha española quiere imponer su política educativa (LOECE, 1980; LOCE, 2002; LOMCE, 2013). En los dos últimos casos, las reformas propuestas se han presentado como una “narrativa de salvación” a los presuntos desastres del fracaso escolar o de los resultados PISA. Primero desprestigias la educación pública y contagias un discurso catastrofista para romper el consenso existente y aparecer luego como un tecnócrata salvador y exigente de más calidad con menos recursos. Es la misma estrategia que sigue la derecha global más conservadora desde que en tiempos de Reagan se publicase el informe A Nation at Risk (1983). Ese informe fue la piedra angular de la reacción neoliberal y de la modernización conservadora en el ámbito educativo anglosajón que ningún país europeo continental ha querido copiar, excepto la España del Partido Popular.

La ofensiva Wert puede ser flor de un día si emerge una nueva comunidad discursiva alternativa con un lenguaje renovado capaz de apasionar de nuevo desde el realismo crítico y el rigor contrastado. Aunque también cabe el riesgo que la ofensiva Wert perdure con una larga y lánguida hegemonía de un profesorado conservador que confía en la reforma sistémica fundada en las reválidas y el centralismo curricular. Un modelo de reforma conservador obsesionado por las escuelas eficaces, los estándares, la ingeniería de la evaluación y la anulación de toda innovación pedagógica que se desvíe de los libros de texto y la rígida tradición.

El sector educativo pierde muchas horas en retóricas bizantinas, verbalismos, malestares e idealismos que ni mejoran el nivel de debate, ni logran consensos ni suponen grandes saltos paradigmáticos. Ese archipiélago de voces e intereses carece de una fuerza catalizadora capaz de articular un nuevo consenso educativo que sea viable. Cabe felicitar la iniciativa INED21 como un ejemplo de reflexividad desde la base más necesaria que nunca que debería irradiarse y expandirse como nueva ola de cambio educativo. Si el profesorado crítico logra construir, primero, un ágora deliberativa autónoma y pluralista, más fuerza y autenticidad tendrá después para construir propuestas viables realmente transformadoras de los problemas que se agolpan. ¿Qué educación poscrisis queremos los sujetos como madres y padres, como educadores, como políticos y como ciudadanos? ¿Somos o no sujetos soberanos para definirla y acordarla más allá de ministerios, sindicatos y expertos académicos?

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Profesor de Sociología de la Educación en la Universidad de Barcelona. Doctor en Sociología y antropólogo. Ha sido asesor evaluador de publicaciones en Fundación “la Caixa”, coordinador del Doctorado en Sociología en la Universidad de Barcelona y sociólogo en la Fundación CIREM. Su campo de investigación se centra en la dinámica de las desigualdades educativas y la movilidad social en la economía del conocimiento. Acaba de publicar Crisi, trajectòries socials i educació (Fundació Jaume Bofill, 2012). Colabora en El Periódico de Cataluña como analista de cuestiones sociales y educativas.