LA CONFIANZA

El verbo confiar no tiene modo imperativo en el sentido experiencial. Sí en el plano gramatical, pero no en la vida de las personas. Es decir, nadie nos puede obligar a confiar en nada ni en nadie. La confianza, una construcción relacional humana bastante intuitiva, pero muy compleja, que únicamente se puede construir desde la voluntad de hacerlo.

La confianza es un predicado de las relaciones humanas, una característica que las humaniza más, porque las acerca a los pactos sociales que nos han permitido desde hace miles de años, vivir en grupo, en pueblos, en círculos laborales, en equipos de trabajo, en sociedad.

Confiar no es un acto, es un proceso. Aunque puede haber un momento determinado en una relación en la que alguna persona verbalice el sentimiento o el pacto de confianza, lo real es que los elementos relacionales que le han permitido convertirse en consciente han comenzado mucho antes (incluso de forma no consciente).

La construcción de la confianza no es paralela a la construcción de la relación, le es intrínseca, si los protagonistas de la relación se dan cuenta, optan e invierten la voluntad y el tiempo suficiente para que se convierta en una relación de confianza.

Porque, de entrada, nuestro cerebro (como animales que somos) es desconfiado por naturaleza: sospecha de cada novedad, se incomoda con los cambios y recela de desconocidos. Por eso, cuando queremos establecer una relación de confianza con alguien, necesitamos una voluntad sostenida en el tiempo que dure en esta relación.

BIENESTAR Y CALIDEZ

Un chorro de energía vital

Sin embargo, los beneficios de vivir en un marco de relaciones de confianza son tantos que vale la pena la inversión de tiempo y voluntad que pide. Confiar compensa porque hace posible convivir con los demás en sociedad, porque hace posible la colaboración con otros para alcanzar objetivos que uno solo no podría, porque libera energía creativa (al no tener que estar a la defensiva constantemente) y porque genera bienestar y calidez.

Sentirte depositario de la confianza ajena es una de las mejores sensaciones de las que se puede disfrutar en familia, en el trabajo, a escala social, etc. La confianza de alguien que te considera capaz, te aprecia o te ama es un chorro de energía vital que hace crecer tu autoestima y te abre a posibilidades que puede que ni tú mismo te reconocías, pero que estaban dentro del campo de expectativas de quien ha depositado en ti su confianza.

Llegados a este punto, quizás me diréis que tampoco se puede ir confiando cualquier cosa a todo el mundo. ¡Totalmente de acuerdo! Hay personas maravillosas en las que no confiarías para organizar la cena de Navidad, pero a quienes les has confiado el acompañamiento de los recién llegados a la empresa porque lo que no tienen de sistemáticos lo tienen de acogedores.

Los que tenemos hijos que se van haciendo mayores, sabemos que aún no confiamos en ellos para poner un móvil en sus manos, pero sí les dejamos quedarse solos en casa. Todos tenemos amigos o compañeros en los que no confiamos para orientarnos en una excursión por la montaña, pero sí para animar a todo el grupo de excursionistas si el tiempo se pone feo.

En definitiva, la confianza es un tesoro de las relaciones personales que aparentemente puede parecer espontáneo, pero que elevado al plano consciente produce tantos y tan buenos beneficios que vale la pena dedicarle atención, en la empresa, entre amigos, en la familia y donde sea que nos relacionemos con otras personas.