Sé que la experiencia no es siempre un argumento, también sé que hay experiencias que descuentan. Pero para escribir este post nos permitirán que apelemos a muchos años de convivencia con adolescentes y entre adolescentes.  Muchos momentos intensos, a veces complicados, casi siempre obligados a vivir fuera de la “zona de confort” como adultos, como padres y madres, como educadores.

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VIAJE POR LA ADOLESCENCIA

Este será el primer post de tres que formarán nuestro viaje por la adolescencia.

@nereatts 

La belleza no tiene límites. Por eso, hacemos nuestras las palabras de Kafka, la mirada es la persona, nuestra actitud, nuestro comportamiento son una consecuencia.

¿Hasta dónde esta percepción de las cosas (para ellos oportunidad), para nosotros (riesgo), marca con letras de fuego la distancia generacional?

Pero, la belleza no tiene límites.

¿Por qué son tan raros los adolescentes? Hemos recuperado este título del sugerente libro de Bárbara Strauch, editora de la sección de ciencias médicas y de la salud del New York Times.

Todos los que estamos en contacto directo con los adolescentes nos preguntamos con frecuencia cómo podemos crear un clima positivo entre adultos y adolescentes. “Mi hijo se hace adolescente” es más una voz de alarma que se corre entre los padres de boca en boca, que una oportunidad para descubrir, escuchar y acompañarles en su crecimiento.

Claro que no es un camino fácil, ni para ellos y ellas que se transforman a mucha velocidad, ni para nosotros los adultos, que ya no nos sirven las normas y las pautas de antes, porque entramos en otra fase, en la que ellos están cambiando, y nosotros también.

Mi hijo se hace

adolescente

El ser adolescente se hace y se construye en un conjunto de prácticas. Bien estéticas (en su manera de vestir, peinarse, tatuarse); comunicarse (modo de andar, moverse, mirar, gesticular; palabras, giros, frases);  gustos y preferencias (música, cine, tecnología, deporte, moda).

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En este conjunto de tendencias y prácticas tiene especial relevancia el entorno tecnológico. Buckingham sostiene “que las relaciones entre los jóvenes, los medios de comunicación y la educación están experimentando un cambio muy relevante. La proliferación de tecnologías de comunicación, la comerciacización y globalización de los mercados de la comunicación, así como la fragmentación de las audiencias y el aumento de interactividad están transformando nuestras relaciones diarias con los medios”

La vivencia de los tiempos es un factor que caracteriza el “tempo adolescente”. Un hiperpresentismo que se reduce con frecuencia al tiránico “aquí y ahora”. “Le he mandado un email esta mañana para tener la tutoría” me dice un alumno que se presenta dos horas después en mi despacho.

El pasado no es un referente, y el futuro es incierto. El pánico al aburrimiento es un piloto rojo que enciende el programa de la agenda de cualquier adolescente. Y una tarde de un día de fiesta que no han podido quedar, o en la que sus amigos están fuera, supone a veces una pequeña dosis de ansiedad. Aunque las pantallas puedan ofrecer su carga vicarial. Pero las pantallas, sus usos y gratificaciones, sus interacciones, ofrecen a golpe de clic la suficiente satisfacción para que desaparezcan esos “tiempos muertos”, en lo que no ocurre nada.

La vivencia

de los tiempos

Esta intensa vivencia del tiempo produce también otro tipo de atención. De una atención  lineal, continua, persistente, fija, forjada en la lectura impresa, la abstracción y el libro; se ha pasado a una atención dispersa, discontinua, fragmentada, débil y flotante. Se trata de un capital cultural distinto, que cuestiona muchos modelos educativos y de aprendizaje.

Si abrimos nuestro análisis a lo que ocurre entre ellos y el escenario multipantallas, la preocupación y la complejidad aumentan. La relación que se representa en los social media  entre los adolescentes y las pantallas es un intenso claroscuro: víctimas o virtuosos de la seducción tecnológica.

Víctimas en sus rincones multipantallas de ver y/o jugar, donde se recluyen o aíslan sumergidos en horas y horas de respiración digital. Se anuncian medidas de control y protección. Peligros que nacen de una visión determinista, que atribuye a la tecnología y sus prótesis una serie de causas y consecuencias, que no valoran ni a los sujetos, ni al contexto, ni a las mediacionesAdolescentes frágiles porque no tiene defensas, ni estrategias de gestión con el mensaje recibido. Pasivos porque son incapaces de responder e interactuar con el medio.

O virtuosos porque son los “nativos digitales,” “la generación net,” precoces en sus aprendizajes y con una disposición natural para desenvolverse en el nuevo entorno con facilidad y seguridad. Los padres y madres se maravillan de cómo sus hijos con apenas 15 meses ya cogen la tableta o el Smartphone, los encienden y procuran no meter los dedos en la pantalla cuando no es necesario.

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Si el cliché de “adolescente-víctima” y “adolescente-virtuoso” funcionan muy bien es porque el canon moral y paternalista, en el primer caso, y mercantilista en el segundo tienen sus intereses. En la medida en que los adolescentes necesitan al padre estado y su autoridad, se mantiene el sistema (todo igual para que nada cambie). Y en la medida en que lo “nuevo siga siendo lo bueno”, la venta está garantizada.

Los adolescentes, tal y como señalamos en “Televisión y adolescentes, una mítica y controvertida relación” gestionan su identidad, sexualidad e intimidad en el escenario multipantallas, y conceden una notable importancia al placer social y al placer lúdico. Ambos se encuentran en los espacios no formales, “no educativos”, libres y de ocio; en contraposición a los obligados, marcados por el estudio y las tareas.

Identidad, sexualidad e intimidad

en el escenario multipantallas

Epadre Moral y el padre Mercado tasan la capacidad de los jóvenes como seres preadultos que necesitan protección o regalos. Estamos ante una construcción en la que la infancia y juventud son excluidos, (Buckingham, 2002), pues se les considera como los que no son, como los que no han llegado a adultos, porque no han madurado, porque no han conseguido el nivel adquisitivo pertinente. Desde el control y la protección, se les impide ser personas a estos niños y jóvenes pre-sociales.