“-¿Leyó alguna vez alguno de los libros que quema?
Montag se rió.
-Lo prohíbe la ley.
-Oh, claro.”
Ray Bradbury. Fahrenheit 451 (1953).

Mis padres me inculcaron la mejor educación

Mis padres me inculcaron la mejor educación. O eso creía yo. No hablábamos de los derechos humanos, de la Constitución, ni de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, pero las palabras respeto, tolerancia, compañerismo y perdón estaban presentes en muchas de las conversaciones que manteníamos entre nosotros. En casa, sí, y también en la escuela.
La educación que recibimos en casa mis hermanos y yo era importante, con sus defectos y sus virtudes, pero siempre iba al timón de lo dictado en la escuela por nuestros maestros y maestras: ellas y ellos eran las personas que ejercían el magisterio en nuestras vidas, ni más ni menos.

Hoy las cosas han cambiado: familias y escuela parecen ir por derroteros diferentes desde hace ya un tiempo, más que nunca, pero lo más preocupante de todo es que instituciones y escuela también parecen navegar en travesías distintas: la falta de consenso ante lo que es bueno o no es bueno para la infancia y la adolescencia provoca aún más desconcierto que en épocas pasadas, cuando pocos discutían la autonomía de la escuela a la hora de dictar una forma de autoridad moral sobre las personas que hoy en día se tambalea, hasta tal punto que la palabra autonomía debe ser explicitada en las leyes educativas para que nadie se olvide de que confiar en el sistema educativo es necesario en el desarrollo de las sociedades.

Censura parental

La censura parental que intenta propagarse en determinados lugares de España pone en jaque esa autoridad educativa que existe precisamente para evitar el autoritarismo, y enfrenta de una manera inusitada la autoridad familiar y la escolar, algo con pocos precedentes en una historia marcada por la falta de consensos. El discurso de la propiedad o no de los niños o niñas, repleto de tergiversación y manipulación, encierra una macabra lucha por el control del poder de la educación, una lucha forzada por determinadas mentalidades radicales que ha avivado un peligroso enfrentamiento entre la escuela y la familia, cuando lo que se necesita es justo lo contrario: complementariedad y colaboración entre lo que unos y otros pueden ofrecerse y darle a la infancia y a la juventud.

Escuela para combatir la represión

El modelo educativo que sigue imperando en occidente en la actualidad es herencia de la concepción ilustrada de la educación, nutrida de la necesidad de que el Estrado intervenga para solucionar los males de la sociedad mediante la sabiduría y el conocimiento. Y esto no es malo; no tiene por qué serlo, a no ser que no exista acuerdo a la hora de dilucidar cuáles son los males y las carencias de la sociedad, y eso es lo que ocurre actualmente.
Los mecanismos de poder, cuando más opresores son, más necesidad sienten de controlar a través de la prohibición y la censura a los sectores más vulnerables de la población. A veces, esa forma de control se ejerce de manera virulenta mediante fórmulas de represión variopintas, y otras se da de manera indirecta y subliminal, simplemente difundiendo y manteniendo la peligrosa creencia de que todo siempre ha de funcionar de una determinada manera. En este momento, en nuestro país nos encontramos con una serie de personajes públicos del ámbito político discutiendo sobre educación desde fuera, en abstracto: dejan fuera del debate y de la toma de decisiones, por ejemplo, a los y las profesionales de la educación, a sus equipos directivos, técnicos y especialistas que en su día a día ven y viven diariamente, en contacto directo con el alumnado, las necesidades de la sociedad desde sus cimientos, lo que resulta clave a la hora de planificar el presente y el futuro.

A ellas y a ellos que bregan diariamente desde los centros escolares para aliviar muchos de los problemas familiares, a pesar de no haber estudiado para ello, no se les escucha apenas, con lo que se tiende a dársele continuidad a un modelo de construcción hegemónica de la educación y la cultura, que se basa en la categorización mediante criterios culturales, la diferenciación y la exclusión de aquellos que históricamente no han tenido poder. Estos grupos privilegiados, propietarios y difusores de gran parte de la información mediática que llega a las manos de esas familias que sienten que el Estado les usurpa a sus hijos e hijas porque así nos lo han contado que va a ser, evitan a toda costa que se construya una educación desprovista de connotaciones negativas que se base en el respeto y en los derechos humanos, simplemente porque ese respeto exige escuchar, entender, dialogar y apostar por una nueva pedagogía de la alteridad que conduzca hacia el horizonte de la igualdad de oportunidades. Dicho de otra manera: este tipo de personas prefiere no escuchar a quien piensa diferente porque ese pensamiento transformador puede hacer tambalear sus privilegios.

Invitemos, por ello, a todas aquellas personas que creen que es necesario poner en jaque a la escuela por lo que hace con los jóvenes en su día a día, a descubrir realmente lo que en ella de verdad se gesta, a explorar sus espacios repletos de conflictos y dificultades, pero donde se busca sobre todo que los jóvenes entiendan que se puede madurar siendo feliz. Invitemos a los agitadores a fijarse en ese cosmos de heterogeneidad y diversidad llamado escuela, a preguntarles a sus hijos e hijas sobre si, cuando están ella, sienten exclusión, rechazo, acoso o marginación, y si sienten todo esto cuando están en otros contextos, como por ejemplo, en casa. Si sienten que la escuela les ayuda o si, en cambio, sienten lo que les perjudica.

Me niego a creer que, tras pasar una temporada explorando un colegio o un instituto, viendo los privilegios que en ellos se construyen y las relaciones de poder que crean los niños y niñas de forma inconsciente y que conducen a la forja de estereotipos y etiquetas si no se les educa de una manera férrea en valores, esas personas no terminen por entender que los verdaderos males de la educación no se curan poniendo en jaque a la escuela.

Licenciado en Filología Hispánica y en Ciencias de la Información (Rama Periodismo) por la Universidad de La Laguna, ejerce como profesor de Lengua Castellana y Literatura del cuerpo de docentes de Canarias desde 2006 y dirige en la actualidad el IES San Benito (Tenerife). Se ha formado principalmente en los campos de las Tecnologías de la Información y la Comunicación aplicadas al enfoque de la enseñanza competencial, métodos de la adquisición de la competencia en comunicación lingüística y aplicaciones didácticas de los medios de comunicación. Participó en el Plan Canario de Evaluación de Diagnóstico de la Competencia en Comunicación Lingüística y tiene diversas publicaciones para la Consejería de Educación de Canarias sobre la elaboración de situaciones de aprendizaje en la materia de Lengua Castellana y Literatura, además de ponencias y comunicaciones sobre competencias clave, metodología de la enseñanza de la lengua española y la literatura, así como sobre la radio y el periódico escolar como recursos didácticos. En 2018 crea el programa educativo internacional El Español como Puente, un hermanamiento intercultural entre multitud de docentes y estudiantes de español de todo el mundo que pretende convertir la diversidad en una forma de aprendizaje permanente. El proyecto fue presentado en la Real Academia Española y en la Delegación Española Permanente en la Unesco en 2019. El 19 de junio de 2019 es condecorado por el Rey Felipe VI con la Cruz al Mérito Civil por su labor en el campo de la enseñanza.