La noción de humildad está demasiado asociada al menosprecio de uno mismo, a una falta de confianza en nuestras capacidades, a la depresión ante nuestra impotencia, incluso con complejo de inferioridad o a un sentimiento de indignidad. Ello supone subestimar, considerablemente, los beneficios de la humildad, pues, si la suficiencia es patrimonio del necio, la humildad es la virtud fecunda de quien calibra todo lo que le falta por aprender y la extensión del camino que todavía debe recorrer.

Se dice que la humildad es una gran virtud, y que implica un conocimiento de las propias limitaciones y debilidades que acompañan a nuestras aptitudes y/o virtudes.

Es algo así como el contrapeso de nuestras ambiciones, aspiraciones, deseos, metas y propósitos. Igual que en Física la fuerza centrípeta «equilibra» y posibilita una trayectoria circular ajustada, la humildad equilibra otras fuerzas de la Naturaleza humana como la codicia, la necesidad de poder, la ambición o la adicción al éxito.

Los humildes no son personas bellas e inteligentes que se afanan en convencerse de que son feas y tontas, sino seres que hacen poco caso de su ego. Puesto que no son el ombligo del mundo, se abren a los demás y se sitúan en la correcta perspectiva de la interdependencia.

Hay quien dice que la humildad, sencillamente, consiste en callar nuestras virtudes y permitir a los demás descubrirlas por sí mismos. Es cierto, pero la dimensión de la humildad va mucho más allá.

Se trataría en primer lugar de una sencilla invitación a ver nuestras limitaciones y a saber reconocerlas. Para aprender, por ejemplo, primero hemos de asumir nuestro desconocimiento mediante el cual, asentar esos nuevos aprendizajes, esas nuevas experiencias. Si aceptamos nuestros propios límites tomaremos conciencia de todo aquello que nos queda por hacer o aprender. Quien cree que ya lo sabe todo no irá más allá, la soberbia engulle a la humildad y origina personas engreídas a la vez que resentidas.

Ser humilde no es ser débil o ingenuo, al contrario, nos aporta lucidez y una fuerza particular para ver las cosas en toda su realidad.

El humilde no tiene nada que perder ni nada que ganar. Si lo alaban, considera que es una alabanza de la humildad como tal, no de él. Si lo critican, considera que expones sus defectos a la luz del día es el mejor regalo que se le puede hacer.

La humildad es también una actitud esencialmente dirigida hacia los demás y su bienestar. Estudios de psicología social han demostrado que las personas que se sobreestiman presentan una tendencia a la agresividad superior a la media. Asimismo, se ha observado una relación entre la humildad y la capacidad de perdonar.

Humildad  desde la psicología positiva

Dentro de las 24 fortalezas de la Psicología Positiva tenemos la humildad. Quienes la poseen no necesitan llamar la atención, simplemente dejan que sus hechos hablen por ellos. No se creen especiales ni son pretenciosos, los demás valoran esto.

Las personas humildes consideran sus propias aspiraciones, sus victorias y derrotas como situaciones sobre las cuales no hay que alardear. Estos sujetos se caracterizan por la ausencia de preocupación propia, una sensación de que nadie es mejor ni peor y que ninguna persona es el centro de atención.

Entre sus características también encontramos que la persona humilde es capaz de tener una perspectiva que busca el beneficio de todas las partes involucradas en una situación, mejora las relaciones interpersonales, y quien es humilde siente un grado de conexión muy importante con todos.

La humildad nos permite evaluar nuestras fortalezas y defectos de manera apropiada, son personas con mentalidad abierta hacia quienes piensan de un modo distinto, no intentan imponer su punto de vista.