HUMANIDAD

Andaba pensando en este artículo, cuando voy y leo otro. En El País, de 4 de febrero, Vicente Carrión escribe “Aristóteles y las hojas del recreo”:

“Para mi sorpresa, apenas un alumno de entre muchas decenas se ofreció a ayudar de buen grado. Los demás miraban, se reían, decían que menganito quería ayudar y se sorprendían cuando les pedía colaboración, como si fuera una humillación inaceptable agacharse y meter las hojas húmedas en sus bolsas. Sólo cuando les amenazaba con algún tipo de sanción o perjuicio a quienes, además de no colaborar, se chanceaban de la situación, fui consiguiendo una cierta respuesta.”

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Profesor de Filosofía y de Valores Éticos (eso que necesitan los que no “tienen religión”), descubre que los valores adultos y los jóvenes no coinciden en todas partes. Y reclama más filosofia y humanidades en la escuela para solucionarlo. Como si el espíritu humano fuera una suma de compartimentos donde añadiendo una parte de sofware faltante en alguno de ellos se solucionaran las cosas.

Me temo que más que añadir filosofía y humanidades a la escuela habria que filosofizarla y humanizarla. Porque, ¿qué es lo que se hace en la escuela? O profundizando más, ¿qué demonios es la escuela? ¿Una institución reglada y graduada? Dios mío, no me extraña que sientan repelús y les pille lejos, sobretodo, después de dejar un limbo calentito donde no sabían nada del mundo real.

Yo creo que la escuela es la plaza púbica donde se encuentran las generaciones. El maestro es el delegado oficial de la adultez. Cada niño en particular tendrá las relaciones que tenga con los adultos que le rodeen. Pero si quisiéramos hacer una abstracción de lo que representa socialmente la escuela, yo diría que es, o debería ser, un diálogo intergeneracional. Allí donde los adultos cuentan a los jóvenes cómo es el mundo que deberán tomar en sus manos.

Habría que

filosofizarla y humanizarla

Los jóvenes no pueden hacer el currículo, ni que se trabaje por proyectos, porque el mundo es el que es y uno apenas empieza a cambiarlo cuando le salen canas. Pero lo que más se hace en las escuelas, por lo que uno oye, no es en realidad un diálogo. Independientemente de que ese o aquel profesor sea muy dialogante y escuche a sus alumnos. La sociedad como tal, dialoga poco y ordena mucho. Por eso la escuela es reglada y graduada. Independientemente de que los alumnos entren a su aire en clase e interrumpan al profesor o se nieguen a colaborar pese a lo que diga Aristóteles. Casi preferiría que entrasen a clase en fila y escuchasen silenciosamente media hora al maestro, si después pueden moverse a su aire y para sus intereses.

Me entero de que en las banlieues francesas algunos jóvenes se dedican a incendiar bibliotecas de barrio. Es evidente que muchos jóvenes no se sienten concernidos por esa empresa que llamamos sociedad. Y lo que a nosotros nos parecen regalos, a ellos se les cae al retrete. Lo que para nosotros es cultura, para ellos puede ser combustible. Posiblemente para algunos no colaborar sea casi un acto de heroísmo. Eso es entender muy poco, por supuesto. Pero ¿estamos seguros de que son ellos solamente los que “entienden muy poco”?

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Primero hablamos mucho de La Sociedad, luego actuamos como si no existiese. Y montamos una escuela basada en horario y contenidos, como si fuera un negociado con oposiciones. Y de todo ese calado de recién llegados y supervivientes vamos tomando lo que hace falta aquí y allá. Emplearlos, se llama. Y por todo acto de amor les imponemos unos libros de texto con muchos colores y ejercicios con ilustración. ¿Se parece eso a un diálogo entre generaciones?

Raramente uno tiene ideas interesantes sobre lo que se podría hacer en el mundo antes de los veinte años. La mayoría no las tenemos en toda la vida. Lo trágico es que hacemos todo lo necesario para que eso siga así. La educación podría parecerse más a que los adultos explicasen el mundo a los jóvenes para después poderles pedir consejo. Pero parece que los adultos no necesitamos consejo. Si la sociedad fuera una abstracción, creo que podría decirse sin titubear que los adultos no aman a los jóvenes. Afortunadamente podemos trascender las abstracciones.

Afortunadamente Vicente Carrión rescata una de las citas más bellas de la filosofía de Aristóteles:

Cuando los hombres se aman unos a otros

no es necesaria la justicia

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Licenciado en Prehistoria e Historia Antigua. Profesor de EGB y Primária entre 1980 y 2000. Redactor de textos escolares y enciclopedias juveniles para la editorial TEXT/LA GALERA. Autor de novela juvenil. Postgrado de Edición en la UOC. Autor del proyecto Biblioteques d'Investigació Jove y del blog LLIBRE DE TEXT: L'ANCIEN RÉGIME. Miembro de la Societat Catalana de Pedagogia y del grupo "Narració i pedagogia". Actualmente retirado.